El Último Concierto del Mtro. John Goforth

Circunstancias inesperadas que tuvieron tonos tristes, dramáticos y matices que me enorgullecieron me han motivado a escribir esta crónica de la despedida del profesor John Goforth, quien atinada y magistralmente dirigió durante los últimos diez años la banda de la Escuela MacArthur, institución esta última donde Ani cursa su último año. Hace apenas unos días que nos llegó la noticia de que el carismático maestro había conseguido trabajo en una secundaria vecina de la preparatoria y que dejaría su trabajo al día siguiente. El concierto del lunes por la noche sería su postrer acto como director de la banda sinfónica.


Los directores de las bandas son gente ocupada. La mayoría de los maestros acuden al recinto educativo siguiendo un horario corrido que les permite marchar a casa a eso de las 5 de la tarde después de un productivo día de trabajo. El director de la banda casi nunca puede echar llave a su oficina antes de que den las 7 de la noche. A la época de los ensayos en la explanada bajo el inmisericorde ataque solar le sigue la temporada de los ensayos formales en el solemne teatro de la escuela. Empieza el año con el ciclo de las marchas en los juegos de futbol americano, y termina con los conciertos. “Regreso a mi familia,” dijo conmovido John Goforth, refiriéndose a benigno y agradable horario de trabajo en la secundaria. Menos fatiga y una menor responsabilidad fueron los alicientes que terminaron alejando al queridísimo profesor de nuestra preparatoria.


El concierto del lunes por la noche fue tan corto como emotivo. Incluyó un bonito arreglo de la Bamba que me hizo sentir como en casa en ese teatro tan evocador. En ese teatro acompañé por primera vez a Rafa en un festival de la canción. Fue la primera Granada que cantó ante un público que entusiasmado por el acordeón y sin conocer a Rafa, nos recibió con alentadores gritos al estilo de los conjuntos norteños. No fue hasta que sonaron los primeros acordes con las intrigantes melodías fruto del Genio de Tlacotalpan en las que se confunden los alegres aires andaluces con las exóticas armonías propias de los moros y las voces de las legendarias tribus gitanas de la vieja Andalucía que el público de MacArthur se percató que lejos de una alegre canción norteña, Rafa se disponía a entonar “Granada, tierra soñada por mí…” ¡Qué grato es recordar aquella primera ovación con que de pie la generosa concurrencia nos despidiera! Y qué bien le cae a ese teatro la frase del insigne veneciano y compañero profesor Gianantonio Michelon, “De trionfo in trionfo”, pues a los triunfos de Rafa en ese escenario siguieron los resonados éxitos de David al saxofón y los laureados galardones de Ani con el pícolo.

El concierto del lunes también incluyó selecciones de L´arlesiene de Georges Bizet, quien aunque parece haber volcado todo su genio en Carmen, guardó un poco de su irrefutable maestría para La Arlesiana. Con mucho agrado me gustaría aclarar que fue mi papá quien tuvo a bien informarme que arlesiana es el patronímico de la ciudad de Arles en Francia. Decía el sabio Aristóteles que la curiosidad es una de las importantes virtudes. ¡Celebro que mi papá cultive esa virtud y le agradezco su pertinaz pasión para inculcárnosla a los hijos! Desde aquellas inolvidables tareas de las etimologías de nuestra niñez hasta la fecha, el afán de cultivarse y agrandar su cultura es evidente en mi padre y es sin duda digno del mayor encomio y gran satisfacción para nosotros.


Me permito regresar ahora al tema de Bizet. Carmen, una de las más célebres óperas que aunque francesa, con el estilo de las italianas tiene la virtud de inspirar a los que tienen la singular fortuna de presenciarla. No es raro el escuchar al público insinuar que es Carmen su obra preferida. Lo interesante es que muchos de los que así lo afirman suelen cambiar de opinión al escuchar otras no menos hermosas óperas. Entre estas últimas podríamos nombrar La Bohemia, Rigoletto y la Traviatta. Pero no hay duda de que existe una gran diversidad de opiniones. Me comentaba el Dr. Gene Dowdy, excelentísimo profesor de violín, distinguido director de orquesta, gran amante de la ópera y cuya agraciada batuta podemos observar dirigiendo las óperas de la Universidad de Texas de San Antonio que la ópera que más le gusta presenciar es Aída, pues requiere un extenso elenco y tiene bellísimos coros. A la señora Walker, quien es ávida fanática del inspirado Richard Wagner, le agrada más que nada Don Giovanni, de Mozart. Y nuestro amigo Jack Walker, quien no está emparentado con Charles y Charlotte, prefiere las grandes óperas de Wagner.


¡Qué fácil es “irse por la tangente”! Abordemos otra vez del concierto de la Banda de MacArthur. El concierto terminó con una gran ovación para la orquesta y en especial para el profesor John Goforth. El maestro de ceremonias, el profesor Cliff Croomes, quien es talentoso percusionista, director de orquesta, y además muy simpático, pidió entonces al público que pasara a la cafetería, en donde se ofrecería una recepción en honor de Mr. Goforth.

Merece la pena ser mencionado el Bolero de Ravel, la más popular de las piezas escritas por el famoso compositor francés, quien nació cerca de Biarritz de padre suizo y madre vasca. Leonard Stern, gran amigo de nosotros y quien fuera brillantísimo percusionista de la Orquesta Sinfónica de San Antonio considera el haber tocado el Bolero uno de sus mayores logros. Un gran honor fue el haber sido invitados al cumpleaños 75 de Leonard, pues tuvimos la satisfacción de compartir la mesa con el Rabino Stahl, de gran historial en San Antonio. Pero regresemos al Bolero. En esta monumental creación se repite un patrón de ritmo 168 ocasiones. El maestro del tambor debe comenzar con poco volumen y aumentar gradualmente hasta el fortísimo del final. La melodía se repite varias veces y la cantan en forma sucesiva y obstinada distintos instrumentos. Quizá lo más inesperado es el cambio de tono que ocurre a unos cuantos compases del estridente final. Confieso que me he propuesto aprender a predecir en qué momento va a entrar el cambio tonal pero invariablemente acaba Ravel sorprendiéndome.


Y sorprendido, muy gratamente por cierto, quedé cuando en un estrado provisional que se armó en la cafetería para honrar al profesor John Goforth pude distinguir la grácil figura de Ani. Pensé que como directora de la banda quizá sería invitada a entregarle algún regalo conmemorativo. Empezó la ceremonia con majestuosas y esplendorosas fanfarrias con que las trompetas de la banda anunciaban con señalada pompa la llegada de John Goforth y su familia a la cafetería. ¡Qué emotivo fue el cerrado y caluroso aplauso que les propinamos todos! ¡Qué emocionante fue el ver a este hombre admirado por alumnos, padres y demás maestros y tantas veces aplaudido por todos derramar sinceras y agradecidas lágrimas al sentir el ardor de nuestras palmas!


Indicó el profesor Croomes que las personalidades sentadas en el estrado, incluyendo a Ani, serían los encargados de decir algunas palabras para dar la despedida a nuestro querido director. Ani había sido la elegida para representar al alumnado en tal capacidad. ¡Gratísima sorpresa! A la Dra. Bobbie Turnbo, directora del plantel, siguieron varios de los profesores y una de las madres de familia. Mientras la señora hablaba, uno de los fotógrafos oficiales del evento abandonó su puesto al pie de un gigantesco pilar que incansable sostiene los tres o cuatro pisos del edificio. Aproveché el momento para subrepticiamente ocupar su lugar, pues la gran columna se encontraba a escasos metros del improvisado escenario.


Llegó por fin el turno de Ani, quien fue presentada por el maestro Croomes como “la mejor alumna que he tenido”. Ani, muy conmovida, nos brindó un discurso que brotó del corazón y que dejó a muy pocos de los que ahí estuvimos sin lágrimas en los ojos. Después de sobreponerse a la emoción inicial, e ignorando el micrófono que en el augusto podio tras ella quedó soslayado, pero con voz alta, vibrante, y decidida exclamó: “Mr. Goforth, es imposible expresar con palabras lo que hoy sentimos al contemplar su partida. Voy a olvidar por un momento el hecho de que es usted un excelente maestro y un increíble conductor. Dejemos a un lado el que usted nos ha sabido inspirar y que bajo su tutela hemos ganado mil premios y que nuestra música suena siempre bien.” Hizo Ani una ligera pausa. Una pausa que difícilmente voy a poder olvidar. Una pausa que capturó la atención de todos los presentes. Una pausa en la que se hizo palpable nuestra tan profunda emoción. Una pausa que me recordó los silencios que encontramos en las obras maestras y que preceden a las más inspiradas y sublimes melodías. Continuó Ani con enternecedoras palabras que me estremecieron y que hicieron de esa noche una ocasión muy memorable para mí. Exclamó: “Quiero decirles que para mí es imposible explicar el porqué mi papá es tan bueno para mí. Sólo sé que lo sé y que también ustedes lo saben.” Sentí varias miradas sobre mí en esos momentos y poco hice para contener la emoción al ver a mi hija triunfar y al ser señalado por ella ante tan querida concurrencia. “Y así como tengo a mi padre en casa, Mr. Goforth, aquí en la escuela usted es un excelente padre para mí y para todos mis compañeros músicos. No me alcanzan mis palabras tampoco para explicarlo, pero le reitero que todos estos años hemos aprendido de usted no sólo la música sino también a ser buenas personas gracias a usted y al ejemplo que nos da.” Ahora fue el Prof. Goforth quien abiertamente derramó lágrima. “Gracias, Prof. Goforth. Gracias por todo.” Ante el tupido aplauso del público, un conmovido John Goforth se levantó, dio un abrazo a Ani y regresó lentamente a su silla de honor.


¡Gracias, Ani! ¡Gracias, hija querida! ¡Y mil gracias otra vez! ¡Gracias por tus sentidas palabras! ¡Y gracias a Dios por haberte dotado de tu talento y por todas las bendiciones con que nos ha colmado!