­­­­Tejadillo

(C) Rafael Moras 2018



Rosalinda se muda a Tejadillo

Cuando Rosalinda cumplió los 12 años, su familia se mudó a Tejadillo, alegre y pintoresco pueblecito de casas coloniales, balcones floridos, pardos tejados, coloridas paredes y empedradas calles en las altas montañas veracruzanas. El lugar estaba estrechamente acurrucado entre caprichosos riscos que en el atardecer, con sus afilados y presuntuosos perfiles ocultaban el sol mucho antes que en otros parajes aledaños. Los primeros recuerdos que Rosalinda tenía al haber llegado a esta acogedora población eran los de acudir a la escuela de la maestra doña Ester, que quedaba a unas cuantas calles de su nueva casa.

De edad indefinida, aunque definitivamente más madura que mediana, y con blanquísimo cabello que en algún día ya lejano había brillado por su negrura y que hoy lo hacía con dulces albores que reflejaban la picante luz del tropical sol que diariamente se empeñaba en bañar las irregulares calles del pueblo como presagio seguro de formidables aguaceros, doña Ester era estricta siempre, al estilo antiguo, y no permitía la menor irregularidad en la conducta de ninguno de sus alumnos. Cristiana devota y miembro de varios grupos de religiosas señoras que se reunían una o dos veces por semana para orar, o aunque casi siempre a orar un poco y a platicar mucho más, compartía con sus amigas de toda la vida una mezcla de devociones católicas y creencias populares que aunque no muy apegadas ni a la ciencia ni a fe, casi todos en el pueblo las creían y por lo tanto, nunca nadie osó discutirlas con ella. Así, la maestra aseguraba que en días de eclipse solar, lunar, o “de cualquier otra índole," las mujeres embarazadas deberían ponerse alguna prenda rosada para protegerse de la peligrosísima radiación que en esas ocasiones especiales emanaban peligrosamente de los astros, pudiendo causar terroríficas perturbaciones en nuestro querido planeta.

Doña Ester sabía con seguridad que el ver tres o más conejos de cola blanca corriendo todos en la misma dirección era señal inequívoca de que la buena suerte la acompañaría, al menos hasta el final de la semana. Por el contrario, era un muy mal augurio ver que los conejos se espantaran y corrieran en diversas direcciones. La sabia maestra había observado que los domingos siempre volaban más mariposas que entre semana, y que la densa neblina que a veces cubría al pueblo presagiaba la muerte de alguno de los viejos tejadilleros.

La respetada maestra hacía alarde de un par de cardenales--él vestido de un deslumbrante rojo escarlata y ella ataviada de pardas plumas opacadas por el triunfal y elegante fulgor de su compañero--que habían anidado entre las roñosas tejas de color más bien indefinido que cobijaban su casa. Según la maestra, los cardenales perciben muchas cosas y solo anidan en las casas de la gente inteligente. “¿Cuándo has visto un cardenal construir su nido en casa de algún tonto?," preguntaba a sus amistades. También aseguraba que ver nubes “aborregadas” en la parte norte del firmamento era profecía infalible de temblor de tierra o de fumarolas en el volcán.

Poco importaba a doña Ester al platicar de sus arraigadas creencias el que los científicos de la capital hubieran desmentido categóricamente la leyenda de la pañoleta roja unos años atrás, cuando un eclipse ennegreciera el horizonte por varios minutos. En nada obstaba el que después de una brutal plaga que los exterminara hace varios lustros, los conejos ya nunca se veían en el pueblo, ni el que los frecuentes temblores ocurrieran sin prestar atención a nube alguna o que el volcán, en toda su magnificencia, no hubiera producido fumarolas en cientos de años, ni que en Tejadillo siempre se observaran pasar millares de preciosas mariposas que en su atropellado, accidentado y alocado vuelo en busca de alguna dulce florecilla de la montaña poco prestaban atención al calendario.

Otra de sus antiguas creencias era que si quien hiciera cualquier mal al prójimo indudablemente lo pagaría en esta vida, y en la misma forma en que el original agravio hubiera sucedido. “Con la vara que midas serás medido," exclamaba la profesora, cuando se enteraba de algún robo, atraco, insulto, engaño u similares ofensas. “Róbate las limosnas y en poco tiempo,alguien te privará de tu dinero," “insulta a tu vecina, que alguien te lo hará a ti," y “ríete del vestido que trae tu comadre, que luego tú tendrás uno del que la gente se reirá a carcajadas."

Cualquier desgracia que ocurriera, según doña Ester, era causada directamente por un mal comportamiento en el pasado. Si al hijo de alguna comadre se le rompía el brazo, seguramente era resultado de que quizás el niño hubiera lastimado de la misma manera a algún compañero del barrio. Igualmente, si a la vecina le levantaban algún falso, sería porque la infeliz señora habría murmurado algo en contra de alguien más.

Quique

Enrique Pérez del Gamo, “Quique," había sido siempre tímido. El nativo de Tejadillo, compañero de Rosalinda en la escuela de doña Ester, era pequeño de estatura, de morena piel y de muy tupidos y negrísimos lacios cabellos. Quique era todo un caballero. Había aprendido desde niño a saludar a sus mayores con todo respeto y cordialidad. En la escuela se distinguía por abrirle la puerta no solamente a sus profesores, sino también a sus compañeros. Uno de los pasillos del colegio tenía una puerta a la que se le había adaptado un novel e ingenioso mecanismo que con algún resorte mantenía la puerta siempre cerrada. Como muestra de su gran cortesía y desprendimiento, al cruzar tal puerta Quique la mantenía abierta para dejar pasar a quien viniera, y era incapaz de moverse por temor a que la puerta se le cerrara a algún compañero. Era común, entonces, ver cómo el joven pasaba varios minutos deteniendo la pesada puerta, esperando siempre a que el último de los alumnos cruzara al otro lado del pasillo. Poco le importaba a Quique que después de estar permanecer junto a la puerta, muchas veces llegara tarde a su siguiente clase. El chico tenía una muy marcada afición a servir a los demás y ese tan admirable valor muchas veces ocupaba un lugar privilegiado en su lista de deberes ciudadanos.

Quique recibió su primera invitación a una fiesta de quince años cuando él mismo estaba a punto de cumplirlos. Sentado estaba en la terraza de su casa releyendo viejo tratado de Lengua Castellana de G.M. Bruño en el que a pesar de sus amarillentas hojas siempre encontraba algún tesoro literario cuando lo llegó a visitar su prima Mina. Hacía unas semanas que Quique visitara la biblioteca de la escuela y había hecho una lista de los libros escritos por tan brillante autor. La lista era tan prolífica como variada en su temática, pues los títulos incluían Algebra y Trigonometría (a distintos niveles), Química, Aritmética, Geografía, Atlas, Lengua Francesa, Lengua Española y Lengua Castellana --aunque Quique no entendía las diferencias entre la una y la otra--, Lengua Italiana, Lengua Inglesa, Tablas de Logaritmos, Teneduría, Contabilidad, Ciencias Físicas y Naturales, Física Usual, Cálculo Comercial, Ortografía, Historia de la Iglesia Católica, Historia de España, Historia del Ecuador, Historia de Colombia, Historia de Cundinamarca, Tesoro de Conocimientos Útiles, Cálculo (varios niveles), el Epítome del Párvulo, Zoología, Lessis Agricolo Latino, Aritmética Razonada, Dibujo Lineal (I y II), Anatomía y Fisiología del Hombre, Botánica y hasta un Breve Devocionario. “¿Cómo es posible que haya alguien tan sabio como G.M. Bruño?," se preguntaba Quique, pensando que daría cualquier cosa con tal de conocer a tan célebre personaje. Al mundo quería lanzar muchas otras interrogativas: “¿Cómo le dio tanto tiempo al señor para escribir tan robusta cantidad de libros?” y “¿Por qué nadie más en la escuela se pregunta cómo una colección así puede ser de una sola pluma?”

A más de uno de los docentes había pedido Quique que descifrara el misterio de Bruño. Interrumpiendo la clase de latín, preguntó Quique a don Gustavo de Burgos, “Don Gustavo, usted no sabe cómo es posible que G.M. Bruño haya escrito nuestro libro de latín pero además tenga libros en casi todas las demás áreas de conocimiento que hay en el mundo?” Por primera vez en muchos años don Gustavo no pudo encontrar una respuesta adecuada a la pregunta de un alumno. Algo parecido ocurrió en la clase de matemáticas y en la de literatura, en los que los catedráticos no pudieron articular ninguna solución al misterio de Bruño.

Abandonemos las profundas cavilaciones acerca de G.M. Bruño y fijemos ahora nuestra atención en la terraza de la casa de la familia de Quique, donde en esos momentos se encontraba el estudioso joven hojeando el libro de gramática elemental (también de G.M. Bruño) que él usara cuando tenía nueve o diez años, pero que seguía siéndole fascinante.

Llegó en ese momento su prima Mina, quien en edad aventajaba en apenas un par de semanas al muchacho, aunque siempre había sido mucho más madura. Entró Mina a casa de Quique, y después de saludarlo con un beso en la mejilla, se sentó junto a él en los antiguos muebles de la terraza desde la cual era muy grato disfrutar de la brisa y ver gente pasar. Le dijo a Quique, “Deja ya de leer al viejo Bruño y mejor ocúpate de cosas importantes como la de ir a la fiesta de mis quince años. Vamos a tener mucha gente y sobretodo, muchas chicas lindas. Y te voy a invitar a que bailes el vals conmigo."

“No sé si pueda ir, pues nos dejan siempre mucha tarea. Y aparte, tú sabes que el baile a mí no se me da," contestó Quique, esquivo y nervioso.

“Claro que se te da, y si no, te enseño ahora mismo. Pon el vals a tocar en el tocadiscos de mi tía."

“No te preocupes de eso, prima."

“Pero bueno, el caso es que ya me dijo Rosalinda que sí viene."

“¿Y qué tiene que ver la Rosalinda con todo esto?," exclamó con aparente indignación Quique, sonrojándose visiblemente.

“No te hagas el zonzo, que no lo eres. Te conozco bien y te he observado en la escuela. ¡Solo te falta babear cuando la ves pasar, querido primo! Rosalinda está muy bonita y es de plano simpática. ¡Y te gusta! De poco de valdrá negarlo”

“Pero la verdad es que no me presta la menor atención," concedió Quique.

“Pues aprovecha que estará en la fiesta. Atrévete a sacarla a bailar y a hacerle plática."

Unos días después, armado de valor, y después de practicar en su casa los últimos pasos de un baile que estaba de moda en aquellos años, Quique se presentó a la fiesta quinceañera de su prima Mina con el ánimo de cortejar a Rosalinda.

La perspicacia de Rosalinda

Si en algo era invariable la profesora era en su rancia, acendrada y perenne indignación al presenciar que alguno de sus alumnos se mofara de otros. Era precisamente Rosalinda quien más tenía que restringirse para no incurrir en la ira de doña Ester. Desde pequeñita, la niña había sido pícara, burlona, y muy precisa al poner apodos a compañeros de la escuela--todos ellos atinados--y también para reírse a costa de cualquiera. A sus quince años, a Rosalinda se le había acrecentado su señalada facilidad para inventar sobrenombres. En su grupo fueron irremediablemente surgiendo motes que delataban en forma por demás fiel, detallada, ingeniosa, aunque casi siempre cruel alguna característica de sus compañeros.

Ante la justificada reprobación de doña Ester, la perspicacia de la avispada Rosalinda había resultado en ultrajantes motes que a la maestra parecían por demás intolerables. Entre los apelativos más desagradables a la distinguida maestra estaban el Piernas, otorgado a un niño que caminaba en forma muy curiosa, la Anfibia, endilgado a una jovencita que según Rosalinda “tenía ojos de rana, el Abuelo, feo apodo al que respondía un muchacho que de nacimiento portaba un gran mechón de pelo blanco arriba de la frente, y “la Espátula," enjaretado despiadadamente y con toda falta de respeto a una chica cuya cara, también de acuerdo a la opinión de Rosalinda, asemejaba tan útil herramienta.

Hubo inclusive un penoso incidente en que a uno de los alumnos le gritaban, “Pradito, te toca a ti,” en un juego de pelota. El mote de Pradito había sido ideado por Rosalinda, pues el chaval parecía ser una copia al carbón del estimado Profesor Prado, quien no guardaba parentesco alguno con el niño y cuyas clases de geografía eran las más aburridas de la comarca. Tan de acuerdo parecía ser el aciego y nefasto epíteto con la fisonomía del pobre muchachillo, que otro de los maestros, de apellido Hortones, y quien por cierto no se llevaba muy bien con el Sr. Prado, lanzó una resonante carcajada al escuchar el calificativo por primera vez. Para la mala fortuna del estimable maestro Hortones, doña Ester presenció el penoso incidente y decidió despedirlo en el acto. Inútiles fueron los ruegos de muchos de los alumnos, que imploraban que no corrieran al buen maestro. Poco le importó a doña Ester que al día siguiente se le presentaran en su oficina Beto (que así se llamaba el joven que cargaba el mote de Pradito) y sus buenos padres, pidiendo que el Sr. Hortones siguiera en la escuela pues a Beto no le molestaba en lo más mínimo el apodo. En vano fueron todos sus argumentos, y el siempre recordado maestro Hortones no volvió a pisar la escuela de doña Ester.

La fiesta de Mina

La fiesta de Mina fue la primera que puso de muchos nervios a Quique. Aunque de pequeñín había estado en muchas otras, nunca antes lo hizo como invitado. Cuidadosamente se afeitó su paupérrimo bigote e igualmente desnutrida piocha, se puso su mejor par de pantalones y una buena camisa y partió valientemente a casa de su prima, que estaba a unas cuantas calles de la suya. No podía quitarse de la mente la conversación con Mina, preguntándose: “¿Tan obvio he sido que Mina ya se dio cuenta de que me gusta Rosalinda?," ¿Lo sabrá también Rosalinda?, ¿Lo sabrán mis otros compañeros?" Muchas dudas más se albergaban en su joven entender: “¿Qué voy a hacer cuando la vea? ¿La saludo? ¿Le pregunto de la tarea que nos dejó doña Ester? ¿Le pido que baile conmigo?”

Aunque aquejado por tantas interrogaciones, Quique se sintió un poco mejor cuando se encontró con varios de sus amigos al llegar a la fiesta. El tema de la conversación eventualmente se centró en el asunto del baile. En aquella época aún tradicional, se acostumbraba que el muchacho acudiera a la mesa donde estuviera sentada la jovencita para pedirle bailar una pieza. La sociedad de entonces no aceptaba la hasta entonces inconcebible noción de lo que sucede en muchos de los bailes de hoy, en los que “todos bailan con todos” y ya no es necesario el conseguir una pareja.

El menú fue el típico de las fiestas quinceañeras de Tejadillo: arroz, frijoles negros nadando en un exquisito caldo en los que flotaban pedacitos de cebolla, y pambazos. El pambazo es un pan redondo, espolvoreado de harina, suave y dulzón, muy típico de la región y que puede rellenarse de chorizo, pollo, jamón, guisado, frijoles refritos, queso, y varias otras muy creativas combinaciones. De postre no podía faltar alguna gelatina, aunque la fiesta de Rosalinda se distinguió porque se sirvió un riquísimo arroz con leche, blanco como la nieve del volcán, y con negros trocitos de canela. La receta era la típica de la región, e incluía solamente leche, arroz y una gran cantidad de azúcar morena. A diferencia de otros postres similares, a este delicioso platillo no se le agregaba leche condensada ni evaporada, mientras que las pasitas eran opcionales.

Empezó el baile después de que el arroz con leche se terminara, no sin que todos los concurrentes se hubieran servido una generosa porción del peculiar postre al menos por partida doble. Al final de la primera tanda del baile se partiría el pastel de los quince años. Y después del pastel habría baile hasta la madrugada, según rezaban las tradicionales costumbres de la región.

Fueron los amigos de Quique quienes lo animaron a sacar a invitar a Rosalinda, quien en aquella noche lucía muy guapa. Su blanca tez y grandes ojos cafés acentuaban su muy llamativo perfil, como si quisieran proclamar alguna herencia andaluza, árabe, o italiana en su muy elegante porte.

Sabiendo que la primera sesión de baile dilataría unos tres cuartos de hora, un muy inquieto Quique dejó pasar las primeras tres canciones. Al escucharse la introducción de la siguiente canción, observó la manera un muchacho que aparentemente había llegado de otro pueblo fue rechazado al invitar a Rosalinda a la pista de baila. Le dijo a sus compañeros, “Miren. No quiere bailar, a lo que le contestaron, “Espérate otro rato, Quique, que la noche es larga."

Quique no le había quitado los ojos de encima a Rosalinda. Dejó pasar unas cuantas piezas y pensó que la siguiente pieza sería la apropiada. Sin embargo, Rosalinda se levantó, y acompañada de un par de amigas, se dirigió a la estación en la que se servía las bebidas. Decidió Quique ser paciente y esperar un poco más.

Muy sorprendido quedó Quique cuando unos minutos después recibió la inesperada visita de Marisol, una de las amigas de Rosalinda. La chica, también compañera de la escuela, casi nunca cruzaba palabra con Quique. Sin embargo, se sentó junto al muchacho y casi en secreto le dijo al oído, bromeando: “No te preocupes, que no te voy a sacar a bailar." Sonrió Quique ante la ocurrencia de Marisol, quien continuó, “Si quieres bailar con Rosalinda, atrévete a invitarla en la siguiente canción. Me dijo que ya notó tu interés y que con mucho gusto bailaría contigo. Pero hazlo ya, pues me acaba de decir que ya quiere bailar." Marisol se despidió y alcanzó a Rosalinda en la estación de las bebidas, desde donde el grupo de alegres muchachas regresaron a su mesa. Muy perceptible fue para Quique el ver la manera en que Marisol volteara a verlo y discretamente asintiera con la cabeza, como confirmando lo dicho un rato atrás.

Esperó Quique a que diera comienzo la siguiente melodía. Con un ánimo muy notorio, caminó hacia la mesa de las chicas. En tono casi balbuciente, se dirigió a Rosalinda, “¿Bailamos?”

El baile

La música de la fiesta quinceañera era animada. Los ritmos caribeños de la cumbia permeaban el ambiente. La canción se trataba de dar consejos a una ardilla:

Grítale al señor ardillo,

a ver si así te hace caso,

y si no te quiere oír,

zámbale un buen escobazo.

Esta letrilla se repetía una y otra vez y siempre la gritaban todos los ahí reunidos, haciendo además señas alusivas primeramente colocando las manos en forma de bocina enfrente a la boca, luego poniéndolas junto a las orejas, para después unirlas como si estuvieran agitando una escoba.

Era tan popular el canto que había llegado a los oídos de la maestra doña Ester, quien inmediatamente aprovechó la oportunidad que se le presentaba para dar una lección de idioma castellano a sus alumnos:

“Es una pena que un canto tan común y corriente como éste promueva el mal castellano. En primer lugar, los ‘ardillos’ no existen. A ese curioso y agradable animalito se le llama ardilla, y para referirse al macho de la especie, es indispensable decir ‘la ardilla macho’. Aplícase esta regla a otros animales como la ballena, la pantera y la jirafa, y en sentido opuesto, al gusano, el cocodrilo, el caimán y el jilguero, a cuyas compañeras uno debe referirse como sus hembras. Tampoco existe en la lengua de Cervantes el verbo zambar. Lo más cercano sería zampar, que se puede utilizar como sinónimo de asestar o propinar un golpe. Y si por mí fuera, ese canto sería desterrado de Tejadillo para siempre."

En oídos sordos siempre habían caído los atinados comentarios de la buena maestra, pues lejos de preocuparse de Cervantes, ni de gramática, ni de reglas ortográficas, la gente cantaba siempre la melodía con mucha alegría y naturalidad.

Mas no fue alegría sino una tremenda humillación lo que recibió Quique de parte de Rosalinda al invitarla a bailar. La mayoría de las muchachas del pueblo eran tan simpáticas que siempre concedían cuando menos una pieza a quienes las sacaran a bailar. Otras, un poco más exigentes, declinaban la invitación diciendo que estaban un poco cansadas, que tenían sed, o que les estaba saliendo una ampolla por los zapatos de tacón. Pero nadie jamás hacía lo que Rosalinda a Quique. Cuando el timorato jovencillo preguntara, “¿Bailamos?," Rosalinda exclamó, “¿Contigo? ¡Nunca!” e ignorando a Quique, le comentó a Marisol y a sus otras compañeras, lanzando crueles carcajadas, “Quiere bailar conmigo, cuando debería hacerlo con una escoba." Rieron todas en la mesa, mas aún así pudo Quique escuchar a Rosalinda decirle a Marisol, “!Qué bien nos salió la bromita, y gracias por decirle a Quique que viniera a pedirme. ¿Por qué no lo hacemos de nuevo pero con alguno de los de fuera! Pero a la siguiente yo iré a decirle al muchacho que tú eres la interesada. Nos vamos a divertir muchísimo”

Muy dolido quedó el humillado Quique. Quiso en ese momento insultar a gritos a las insoportables muchachas. ¿Qué se habían creído estas insolentes? Y a punto estaba de hacer algo en serio cuando decidió prudentemente regresar a su mesa. Y ahí estuvo por un rato mientras sus amigos lo consolaban. Aunque no se atrevió a invitar a ninguna otra chica a la pista de danza, terminó por fin bailando una pieza con su prima Mina ya que era costumbre que el padre, los hermanos y los primos de la festejada así lo hicieran.

El Charco

En nada cambió la conducta de Rosalinda durante sus años en la preparatoria, que también cursó en la escuela de doña Esther. La cosecha de sobrenombres siguió creciendo no solo en número sino en agudeza. A su repertorio se habían ya agregado motes cuyos infortunados dueños no podían sacudirse. “Es una desdicha que desperdicie su talento y perspicacia en apodar a sus compañeros,” comentó alguna vez doña Ester a una de las maestras.

“Así es, doña Ester. Y sabe Dios qué nombrecitos nos habrá ya endilgado a nosotras."

“Si me llego a enterar de ellos, soy capaz de expulsarla de la escuela."

“Pues no lo dude, doña Ester de que ya lo haya hecho. Pero lo increíble es que ya curse el penúltimo año en nuestro colegio, y jamás nadie le ha puesto un apodo a ella."

Cuando el grupo de Rosalinda, Quique, Mina y sus compañeros promediaba los diecisiete años, el calendario produjo un típico día de agosto en el que un picoso sol mañanero fue seguido de un espectacular y majestuoso aguacero que lejos de alarmar a nadie con su muy nutrida lluvia acompañada de portentosos y muy aparatosos relámpagos, en Tejadillo servía para calmar, entre otras cosas, el pegajoso calorcillo del mediodía, los moscos y los nervios de las personas mayores. Terminado el maravilloso espectáculo pluvial salieron los alumnos a su clase de educación física, misma que pocas veces era suspendida a pesar de los acostumbrados fenómenos metereológicos de la región. En lugar de los entretenidos partidos de fútbol, después de los aguaceros se les pedía a los estudiantes que trotaran en la pista de gravilla de la escuela. Quique se vio obligado a interrumpir su carrera por habérsele desatado las cintas de uno de sus zapatos. Se orilló un poco para hacerse cargo de su zapato con tan mala fortuna que trastabilló y al tratar de equilibrarse cayó de espaldas en un enorme charco que se había formado a lado de la engravillada vereda. Aunque por fortuna el jovencillo no sufrió ninguna seria lastimadura, sus ropas quedaron impregnadas del oloroso fango.

Las risas de Rosalinda, quien muy cerca del charco se encontraba, y que inmediatamente contagiaron a muchos de los estudiantes que presenciaron el percance, no se hicieron esperar. “Parece un zopilote enjuto,” gritó Rosalinda, ante la hilaridad de casi todos los alumnos y hasta la de algunos maestros quienes lastimosamente luchaban por ocultar su risa por temor a seguir la misma suerte del muy estimable Mtro. Hortones. El sobrenombre era trágicamente perfecto. Fue pronta y puntual la intervención de doña Ester: “¡Rosalinda! No te burles de Quique, pues todo se paga en esta vida y no dudaría de que tú sufrieras un percance parecido, y muy pronto. Hoy tendrás el castigo de escribir cinco cuartillas describiendo la fauna que vive en los charcos que se forman aquí junto al campo deportivo y en toda la región. Y no te irás a casa hasta que no acabes."

Poco efecto tuvo el castigo, pues Rosalinda siguió con su insaciable tarea de bautizar con nuevos motes a quien se le cruzara en el camino. Desde ese día, la mayoría del alumnado se refirió a Quique como el Zopi, en un feo y triste recordatorio de su desdichada caída. Y era visible la molestia que a Quique le causaba el que así lo llamaran.

“Es curioso este asunto de los apodos, doña Ester," comentó alguna vez don Gustavo de Burgos, uno de los excelentes maestros del plantel. “Yo me acuerdo de los apodos que existían cuando era yo alumno aquí en la escuela, unos años antes de que usted lo fuera, por supuesto. Cuando un apodo estaba bien puesto, era difícil quitárselo de encima. Y cuando no lo estaba, nunca pegaba. Hay apodos muy benignos que a nadie le molestan, como a ese niño del apellido vasco que nunca recuerdo...”

“Juan Francisco Mendiguruoechalorza, y ese es solo su primer apellido," replicó doña Ester, con envidiable facilidad.

“No está en mi clase y no sabía que era tan largo. ¿Cuál es su segundo apellido?”

“Que."

“Perdón, doña Ester. Yo le preguntaba a usted que cuál es el segundo apellido de Juan Francisco”

“Que."

Ante el respetuoso silencio del caballeroso maestro, continuó doña Ester: “Ese es su segundo apellido. Q-u-e. Su papá es navarro, de la parte donde hablan el vasco. No sé el origen del apellido Que"

“¡Que!

“Que no se el origen del segundo apellido”. Se percató entonces la maestra de que don Gustavo no había hecho una pregunta, sino que había repetido el peculiar apellido. “Ya le entendí, don Gustavo”.

“¡Vaya que tiene el el muchacho apellidos interesantes! ¿Usted ya sabe, doña Ester, que le dicen de apodo Mendi?”

“Claro, y en nada me molesta. No es nada ofensivo. Es como decirle Licho o Lucho a los luises y Moncho o simplemente Mon a los ramones."

“Pero qué difícil debe ser para estos otros jovencitos sobrellevar el castigo de ser llamados Mono, Gallo, Ganso, y Ombligo. ¡Especialmente porque nada mal les quedan!"

“¿Qué dice usted, don Gustavo? ¿Está usted de acuerdo con tales apodos reflejan algo de quienes ahora los llevan?," con grande indignación exclamó la directora.

Recordando la mala fortuna del profesor Hortones, apresuradamente quiso don Gustavo corregir su error pues no le apetecía el prospecto de ser despedido por celebrar los célebres apodos que se le ocurrían a Rosalinda. Con rapidez aclaró entonces, “Creo que no me expresé correctamente, doña Ester. Quise decir que muy mal les quedan los sobrenombres a los muchachos y que nunca he entendido la lógica de los mismos."

“Estoy de acuerdo con usted, don Gustavo."

“No lo dude usted, doña Ester. Yo no apruebo para nada esto de los apodos, y creo que al que más le duele su apodo es a Quique," exclamó don Gustavo, pensando que el apodo era tristemente muy adecuado pues la figura del pobre muchacho efectivamente recordara la de los zopilotes el día de su caída, aunque se guardó de hacerle este comentario editorial a doña Ester.

“Así es, don Gustavo. Y espero que ninguno de los docentes se atreva nunca a cruzar la raya entre los motes de cariño y los ofensivos."

“Ya sabe usted, doña Ester, que este servidor de usted sería incapaz de hacerlo," contestó prestamente don Gustavo.

Muchos conflictos agobiaron a Quique después de su embarazosa caída. Creció su indignación y enojo para con Rosalinda, pues a la humillación del baile seguían ahora las burlas ante su tropezón y el desagradable mote de Zopi, que tanto le molestara. Lo irónico, sin embargo, era que Rosalinda le seguía pareciendo muy bonita y atractiva, aunque a veces no tan graciosa. “¿Cómo es posible que me siga gustando, si tanto se burla de mí? ¿Porqué es ella quien me quita el sueño y no alguna de las otras muchachas de la escuela?”

En presencia de Rosalinda, Quique se mostraba nervioso. Frecuentemente quería decirle que era una antipática, pero luego recapacitaba y pensaba, “Si le digo que es muy bonita y simpática, quizás dejaría de decirme Zopi” y “Voy a ofrecerle ayuda con la tarea de matemáticas, que bien falta le hace y seguramente me lo agradecerá." De muy poco servían los consejos de su prima Mina, que le pedía no pensar ni siquiera acordarse de Rosalinda: “Nada bueno te trae el tenerla en mente. Lo único que hace bien la Rosalinda es poner apodos y reírse de la gente, como tú muy bien lo sabes."

Dos o tres semanas después de la caída de Quique, Rosalinda pasó junto al charco donde la tragedia había ocurrido, pero al pisar unos resbalosos y pulidos cantos resbaló y cayó de bruces en el fango. Su muy bonito vestido de color crema quedó embadurnado del rancio y putrefacto cieno. Casi todos alumnos que presenciaron el incidente, habiendo en su mayoría sentido alguna vez en carne propia las burlas de Rosalinda, aprovecharon el momento para mofarse abiertamente de ella. Uno de los pocos que permaneció serio que pareció lamentar el incidente fue Quique. En lugar de reír, se apresuró a socorrer a Rosalinda. Sin cuidar para nada de su persona--y menos de sus zapatos-- el noble muchacho caminó en el charco y ayudó a Rosalinda a incorporarse. Se oyó a más de uno decirle, “Ahora sí desquítate, Zopi. ¡Dile algo para que se le quite lo burlona!," “Déjala caer en el charco para que salpique," “¿Para qué la ayudas si cuando tú te tropezaste, ella no hizo más que burlarse?, y “!Se necesita ser tarugo para embarrarte los zapatos por alguien que no vale la pena! ¡Que se seque colgada del tendedero de su casa!”

Pero ningún consejo escuchaba Quique, feliz ante la ocasión de prestar ayuda a Rosalinda, y muy acongojado al ver las lágrimas que entre el pardo lodo resbalaban en la blanquísima cara de la muchacha. Fue él quien la acompañó a la Dirección del colegio, desde donde Rosalinda deseaba llamar a su casa para que, de ser posible, su madre le trajera un vestido para cambiarse. Y fue doña Ester quien al ver a Rosalinda exclamó, implacable, “Te lo dije. Esto te pasa por burlona."

El soneto

Al año siguiente, los jóvenes habían cumplido los dieciocho y cursaban ya el último año de preparatoria en la escuela de doña Ester. De muy poco habían servido las heroicas acciones de Quique cuando ayudó a Rosalinda a salir del infame charco. En un principio, la chica se había mostrado agradecida. No había olvidado Quique las palabras que en la oficina de doña Ester le dirigiera Rosalinda: “Gracias Quique. Fuiste el único que me quisiste ayudar." Imaginaba Quique que “el charcazo” de Rosalinda marcaría el inicio de una promisoria amistad, y que eventualmente, su relación podría ser más seria y alcanzar otros niveles.

Eventualmente, Rosalinda pareció olvidar el incidente e ignoró a Quique lo más que podía. Cuando los primos platicaban, Mina le repetía a Quique que había otras muchachas y mujeres en el mundo y que su obsesión con Rosalinda era una pérdida de tiempo y esfuerzo.

A pesar del evidente desdén con que Rosalinda lo tratara, era un hecho que Quique no dejaba de pensar en ella. En uno de los libros de literatura española de G.M. Bruño encontró las reglas para escribir sonetos y varios ejemplos de los mismos. Maravillado por la belleza y complejidad del soneto castellano, se propuso escribir uno a Rosalinda. No sin mucho trabajo pudo terminarlo y para que no se le perdiera, lo escribió en la contraportada de su releído libro. Esto es lo que decía el soneto:

Soneto a Rosalinda

Perdona que te insista con empeño

pues deseo decirte que te quiero,

y que tengo un cariño verdadero

que he sentido por ti desde pequeño.

Me lastima, ¡Me mata tu desdeño!

Pues me has hecho tu esclavo y prisionero,

Y viéndote tan lejos desespero

Sabiendo que no puedo ser tu dueño.

Tú te burlas de mí, pues soy un necio

Me desairas, dejándome indefenso

Y recibo de ti, solo desprecio

Mi cariño, mujer, todo te entrego

Y yo tu gran desprecio recompenso:

Yo te quiero, te quiero y no lo niego.

Quique quedó muy satisfecho de su soneto y se propuso hacer otros. Pensó que todos debería dedicarlos a Rosalinda. Estaba convencido de que la legendaria locura de don Quijote por su amada Dulcinea estaba justificada, y a veces quisiera que la vida fuera una fantasía como la que unos cuatro siglos escribiera con inigualable estilo y maestría la magistral e inspirada pluma de Cervantes.

El día de San Gabriel

A finales del lluvioso mes de septiembre, en el día de los tres arcángeles, se organizaban las tradicionales carreras de San Gabriel en la escuela de doña Ester. En la justa competían las mujeres y los varones del colegio, en sendas carreras. Rosalinda se colocó cerca de la meta para presenciar la competición de los hombres, que tradicionalmente empezaba al momento en que las campanas de la parroquia terminaban de hacer su puntual llamado a la misa matutina. La carrera consistía en dar vuelta al muy amplio perímetro de la escuela, mismo que albergaba un par de campos deportivos y un gran terreno selvático en la parte más alejada de los salones de clase. El recorrido era sobre una pista de gravilla que se perdía serpenteando entre los innumerables árboles de mango que adornaban con sus generosas sombras y sus regordetes frutos multicolores las instalaciones del colegio y luego entre los árboles tropicales que a diestra y siniestra crecían en la parte boscosa. El campeón de la carrera casi siempre ganaba con un tiempo de alrededor de los diez minutos, mientras que los últimos lugares lo hacían al promediar la media hora. Después de la carrera se jugaba un tradicional partido de fútbol entre los alumnos y los profesores, mismo que precedía a la carrera de las mujeres.

El ganador de la carrera varonil cruzó la línea de meta cinco segundos antes de que se cumplieran los once minutos. Los otros cincuenta y tantos corredores llegaron paulatinamente, entre los aplausos de la concurrencia. Notoria fue la burla que sin disimularlo, profirió Rosalinda al llegar los últimos lugares. Rosalinda no desaprovechó la oportunidad de burlarse del último competidor, a quien gritó: “En las Olimpiadas, lo bonito es competir y no ganar. En tu caso lo bonito es verles las espaldas a todos los demás corredores, pues a ti nadie te las ve." No faltó quien acompañara con sus risotadas el agudo comentario de Rosalinda, quien fue enésima vez amonestada por doña Ester: “No pierdes la ocasión de burlarte de la gente, pero pronto la vas a pagar. Y de castigo, quiero que resuelvas 150 problemas del libro de aritmética de G.M. Bruño sin usar la calculadora."

Habiendo concluido la carrera de los varones, empezó el juego de fútbol, que este año se llevaría a cabo en uno de los campos pequeños y tendría una duración de treinta minutos. Transcurrió el partido; para satisfacción de los jóvenes que ávidamente presenciaban el juego, la selección de los alumnos habían tomado una ventaja de cinco goles a cuatro cuando el árbitro anunció que quedaba un escaso minuto para completar los sesenta del partido. Fue en esos momentos cuando ocurrieron dos sucesos que en un principio dividieron la atención de los presentes. Uno de ellos fue que el árbitro--quien había sido primeramente alumno y luego maestro de la escuela, aunque ahora dedicaba su tiempo a escribir crónicas deportivas--marcó un penalti en favor de los maestros y fue duramente abucheado por el alumnado. El otro, como después veremos, hizo que todos los ahí presentes, incluyendo los jugadores de ambos bandos, el árbitro y todo el público, se olvidaran del apasionante partido de balompié.

La carrera de Quique

“!No puedo fallar!," pensaba Quique esa mañana, cuando escuchó que desde el campanario se llamaba a los fieles a misa y que, por consiguiente, el silbatazo de arranque de la carrera de los varones, en la que él participaría, tendría lugar en un par de minutos más. Aunque en los entrenamientos su mejor tiempo jamás había bajado de los doce minutos, el joven pensó que si varios factores se conjuntaban, por fin podría figurar entre los mejores de la escuela. Se sentía esperanzado porque a los dos mejores corredores los aquejaba un molesto catarro que, aunque no muy grave, les producía dolor de garganta, una molesta tos y cansancio en general. “No es mi culpa que a mí no se me haya pegado esa plaga,” pensaba Quique. Su meta era ganar la carrera y así ganarse el respeto de sus compañeros y en especial, el de Rosalinda. De poco había servido el haberla ayudado a salir del charco, pues la muchacha muy poca atención le prestaba, y cuando lo hacía, seguía llamándolo Zopi.

Quique había decidido que en esta edición de la carrera seguiría una estrategia aventurada y riesgosa. En su recorrido por el perímetro del colegio, en la parte selvática, había un segmento de la pista que visitaba el lecho de un arroyo, por lo que primero habría que bajar una muy pronunciada colina, brincar sobre algunas piedras estratégicamente colocadas en el lecho del caprichoso y pintoresco riachuelo, y luego subir por una muy empinada y prolongada cuesta hasta encontrar el nivel de los campos de futbol. En lugar de estar revestido por la apisonada gravilla que cubría el resto de la pista, las pendientes de este pasaje tenían escalones de muy irregular y traicionera geometría que incluían piedras más o menos planas, retorcidas raíces carcomidas por las plagas, el sol y el tiempo, y unas cuantas vigas que según se decía, eran antiguos durmientes de la vía del tren que los ingenieros ingleses contratados por don Porfirio construyeran en los años dorados de la expansión ferroviaria en México. Hasta los más audaces y atléticos corredores tomaban estas pendientes con extrema cautela, conscientes de que el sacrificar algunos segundos era siempre recomendable con tal de evitar algún serio percance. Quique intuyó que la única forma de aventajar a sus competidores en la tradicional carrera sería hacer algo nunca antes presenciado.

La carrera comenzó puntualmente, unos momentos después de que el sonoro campanario de la iglesia terminara de llamar a los fieles al culto matutino. La primera mitad de la carrera transcurrió de acuerdo al plan de Quique, quien se mantuvo una docena de pasos atrás de los dos muchachos que por ser favoritos, ocuparon desde el principio los primeros puestos. Pasados los cinco minutos, los líderes llegaron a la colina donde el agradable recubrimiento de diminutas piedrecillas daba paso a las disformes losas, las levantadas raíces y vetustos durmientes. La fina lluvia de la madrugada había hecho que el irregular pavimento se tornara muy resbaloso, por lo que los dos corredores que aventajaban a Quique decidieron bajar la cuesta caminando y buscando el apoyo de las ramas de los árboles entre los que se abría paso el extravagante zigzag de la bajada.

El plan de Quique

En ese momento Quique puso en marcha su ambicioso plan. Sin ejercer cautela alguna al bajar el escabroso declive, dio audaces brincos de hasta dos metros, buscando estratégicamente caer con uno o ambos pies en la mejor piedra, raíz o durmiente. Mucho éxito tuvo su bajada pues al momento de llegar al henchido riachuelo cuya corriente parecía rugir dado su gran volumen, le llevaba ya muchos segundos de ventaja a sus contrincantes.

Con igual ambición intentó subir el escarpe que llevaba a los campos en la parte superior de la hondonada. Con determinación aprovechó las ramas de los árboles que como centinelas inamovibles presenciaban la carrera. Como si fuera un gran atleta se columpió en la rama de un roble, lo que le permitió salvar tres metros que a pie le hubieran representado una considerable dificultad. Casi al final de la subida, ocurrió el primero de los percances que le sucedieran a Quique en ese fatídico 29 de septiembre.

Justo al dar el brinco que hubiera sido el último de su aventura en la parque boscosa y que le hubiera significado conseguir una ventaja casi insuperable de unos treinta segundos sobre los competidores que lo seguían, Quique aterrizó en una losa redonda cuyo soporte se había reblandecido ante las incontenibles lluvias de la temporada. Vencida por el peso e inercia del muchacho, la piedra se deslizó en el lodo de la empinada ladera. Habiendo perdido su apoyo, Quique no logró guardar el equilibrio y rodó cuesta abajo.

Los dos competidores que en esos momentos seguían a Quique no presenciaron ningún detalle del incidente por estar la cuesta de la ladera localizada detrás de unos frondosos árboles que con su muy tupido follaje de un color casi negro les obstruían la vista. Ambos siguieron su cauteloso paso y eventualmente resurgieron al nivel de los campos. Pensando que Quique les llevaba una inalcanzable ventaja, y sin percatarse de su percance, siguieron la carrera.

El desafortunado desplome de Quique no tuvo un final satisfactorio. Pudo enderezarse antes de llegar al fondo, intentando caer de pie. Para su mala fortuna, un su pie derecho aterrizó en un traicionero pedrusco que detuvo su caída pero produjo una muy dolorosa torcedura de tobillo.

Sintió Quique un fuerte dolor que como pálida y ardiente llamarada quemaba la parte exterior de su tobillo derecho. Trató de incorporarse, y un poco sorprendido, se percató de que a pesar de su dolor podía aun caminar, aunque con mucha dificultad y torpeza. Lastimosamente subió la ladera. Para entonces muchos de los corredores del pelotón promedio lo habían alcanzado y sin problema alguno lo rebasaron sin prestarle mucha atención. Al momento de superar el abismo Quique fue superado por su compañero el Chipo Gonzaga, quien dotado de un casi nulo talento para el atletismo, tenía monopolizado el último sitio en todas las competiciones deportivas de la escuela.

Con lentísimo paso siguió su camino hacia la meta el indomable Quique. El enfriamiento de sus músculos acrecentó los dolores que como afilados sables se proyectaban desde su lastimado tobillo hacia la cadera. La parte de la pista que ahora transitaba no era visible desde el área donde se había instalado la línea de meta de la carrera, que como era tradición, estaba al costado de la cancha de fútbol en la que se desarrollaría el partido de maestros contra alumnos.

El suplicio de Quique se acrecentaba segundo a segundo. Quiso entonces pedir ayuda, pero quizás debido a la lejanía y el revuelo propio del día festivo, nadie escuchó sus angustiosos gritos. Pensó que quizás alguien lo echaría de menos, pero ningún competidor le había prestado mucha atención y además sabía que sus padres no habían podido acudir al festival por estar ambos enfermos de una tenaz gripe. Pensó entonces en Rosalinda. Se preguntó si la niña se acordaría de él aunque fuera para burlarse. Pero pocas esperanzas albergaba. Siguió su lastimero camino, brincando a veces con su pierna izquierda y arrastrando casi siempre su ultrajado tobillo, mismo seguía doliéndole y se mostraba una visible inflamación. Calculó que de ser seguir así, completaría la carrera en una media hora más.

Final del partido

Con el equipo de los alumnos ganando cinco tantos contra cuatro, el penalti pitado por el árbitro en favor de los docentes provocó una sonora rechifla. El equipo de los muchachos increpó irrespetuosamente al juez, lo que provocó la indignación de doña Ester. La maestra se introdujo al campo de juego y con su consumado don de mando calmó la inminente trifulca. Sugirió al árbitro que les diera a los alumnos del equipo unos minutos para calmarse, y justo cuando regresaba a su lugar de honor en las pequeñas tribunas del campo, oyó los gritos proferidos por muchos de los ahí presentes.

“Miren, parece que es Quique quien viene cojeando allá en la pista," exclamó la secretaria del colegio.

“Se ve que está lastimado," gritó alguien más.

Sin que nadie se hubiera percatado, Quique había logrado penosamente sortear la apreciable distancia que separaba el la zona selvática del campo de futbol. La pista de carreras no era visible desde las tribunas por estar oculta por la exuberante vegetación, sino más bien aparecía abruptamente a unos treinta metros de donde se encontraban los espectadores del partido de fútbol.

“Déjenme llegar a mí solo,” les gritó Quique. “Quiero acabar la carrera."

Fue casi unánime el nutrido y conmovedor aplauso que le dieron a Quique los ahí reunidos. Paso a paso, lentamente, y sin poder ocultar la feroz agonía que su lesión en el tobillo le producía, cubrió Quique los primeros diez metros de la distancia que lo separaba de la ansiada línea de meta. Se detuvo al pie de un muy alto y frondoso árbol de despellejada y llorosa corteza, para recobrar la fuerza.

“Déjenlo que acabe la carrera,” ordenó doña Ester, quien no pudo ocultar su emoción y entre abundantes lágrimas que no pudo contener, animaba a Quique: “Vamos, Quique."

“Ánimo, valiente,” gritó algún profesor.

“¡Vamos! ¡Venga¡ ¡Danos todo, Quique!," vociferaban sus amigos.

El último grito que se escuchó antes de la tragedia que por su gravedad marcaría la memoria de ese fatídico día fue el de Rosalinda: “¡Vuela de una rama, Zopilote, Vuela. Vuela, Zopi!."

Ninguno de los espectadores celebró de manera alguna el grito que de tan mal gusto había proferido Rosalinda, y los que aún recuerdan tales improperios siempre los han condenado.

En la cara de Quique se vio retratada su decepción. Cualquier esperanza que aun existiera de entablar alguna amistad con Rosalinda se disipó. Se seguía preguntando cómo era posible que la chica fuera tan insensible. La miró fijamente, como queriendo reclamarle.

Rosalinda sintió muy de cerca la quemante mirada de Quique. Percibió también la indiferencia y repudio que todos los ahí reunidos sentían hacia los gritos de burla que ella había lanzado. Escuchó cuando alguien en el grupo dijo, “Se te pasó la mano, Rosalinda. ¿Es que no tienes vergüenza?”

Muy avergonzada se sintió Rosalinda. No era este un sentimiento nuevo para ella. En algunas ocasiones había sentido remordimientos al reflexionar acerca de su facilidad para discurrir para burlarse del prójimo. Esta vez se arrepintió sinceramente de su burleta, y no solo por sentir el unánime desdén de los demás, sino al ver el gesto de sufrimiento de Quique. Se percató de que a Quique parecían dolerle más las palabras de burla que su muy adolorido tobillo. Muy consternada, en un momento muy íntimo elevó al cielo unas sentidas y muy sinceras palabras de arrepentimiento, “Señor, siento mucho ser tan burlona. Perdona mi torpeza y que haya hecho sufrir a tantos amigos y, en especial, a Quique con mi veneno."

Apenas había acabado la oración de Rosalinda, cuando se escuchó el seco y enfermizo crujido que produjo una de las retorcidas ramas del quebradizo árbol que, al desgajarse del robusto tronco que por tantos años le diera sustento, cayó rotundamente en las espaldas de Quique.

La visita de la anciana

Fue en la noche después de la tragedia de Quique cuando Rosalinda recibió la visita de una anciana. Estaba la muchacha asomada a la ventana de su habitación que daba a la calle, sin poder dormir y aun impresionada por el brutal accidente de Quique. La pared exterior de la avejentada casa tenía un grosor de un poco más de sesenta centímetros. La ventana empezaba a medio metro del suelo y subía casi hasta el techo; tenía un tradicional enrejado colonial del que alegres colgaban varias macetas, unas rojas, otras azules, otras anaranjadas, algunas verdes y otras simplemente del color natural del barro, aunque todas con alguna plantita que todas las tardes regaba Rosalinda después de comer. La amplia ventana estaba protegida de la lluvia--como el resto de la casona--por un alero cuyas tejas tenían la edad que hoy hubiera tenido la tatarabuela Francisquita si aun viviera. Desde su ventana Rosalinda podía ver la calle empedrada que desembocaba a un costado de la iglesia, justamente al pie de la majestuosa torre que con sus sonoras e infatigables campanas llamaba alegremente al culto y que parecía competir en altura y majestuosidad con los milenarios y riscosos cerros que custodiaban el valle de Tejadillo. La casa de Rosalinda no desentonaba en nada el clásico estilo arquitectónico de Tejadillo. Estaba construida alrededor de un patio colonial cuyo centro ocupaba un necesarísimo pozo del que pródigamente brotaba incólume y cristalina agua, casi tan dulce como la espesa miel virgen propia del valle y tan helada como las nieves del volcán de donde seguramente provenía. Al llegar a la casa, quien la visitaba tocaría una aldaba gigante incrustada en el bellísimo portón que tenía forma de cabeza de león y mientras esperaba que alguien acudiera a la puerta, podría leer una inscripción que en un mosaico de Talavera, rezaba:

Señor, Dios infinito

Sea tu nombre sacrosanto

En todo el orbe bendito

Y todos con dulce canto

Digan levantando el grito:

Señor, Santo, Santo, Santo.

No muchos en el pueblo le prestaban atención alguna al devoto mosaico, mas fue el padre Pepito quien comentó que él había visto esa misma devoción labrada en una de las paredes de la Iglesia de La Profesa, en las calles centrales de México: “¡Claro que sé donde está, que no en balde me pasé mis primeros treinta años de sacerdocio en esa iglesia!," decía el viejo sacerdote, recordando aquellos tiempos en las históricas calles centrales de la gran capital. Era la costumbre del padre Pepito el compartir con quien le encontrara algún detalle interesante de tan magnífico templo. Aunque no muchos habían visitado la iglesia, todos en el pueblo sabían ya, gracias al devoto y muy querido sacerdote, que el nombre oficial de La Profesa era en realidad el de Oratorio de San Felipe Neri. Nadie en Tejadillo ignoraba tampoco que durante la Guerra Cristera, cuando la Catedral de México fue brutalmente clausurada, La Profesa tuvo las funciones de catedral provisional. Todos los tejadilleros sabían que el retablo mayor era obra del valenciano Tolsá, y que la antigua devoción católica inscrita arriba del portón de la casa de Quique era la misma que adorna el imponente muro de La Profesa que corre paralelo a la calle de Madero.

A Rosalinda le remordía la conciencia como nunca antes. Aunque se divertía burlándose de los demás y encontrándoles apodos apropiados, solía arrepentirse. No le impresionaban las palabras de advertencia de doña Ester y menos sus creencias, mismas que a veces le causaban extrañeza y casi siempre hilaridad. Cavilaba: “¿Cómo va a ser posible que por el hecho de ponerles motes a mis amigos ellos me pongan uno a mí? Lo han tratado de hacer pero ninguno de ellos tiene el ingenio para hacerlo y nunca me han podido colgar un sobrenombre que se me quede. Y si tuviera que sufrir la indignación de tener uno que me quedara por cada uno que he puesto, tendría ya más de cien. ¡Sería impráctico tener tantos sobrenombres! ¿Cómo puede ser que si yo me burle de alguien, Dios haga que alguien cometa un pecado y se burle de mí? Esto no parece tener sentido.”

Sentada en el ancho alféizar de la ventana, en donde también habían encontrado un buen lugar varias macetas, Rosalinda estaba pensativa cuando se acercó desde la calle una anciana. La desconocida estaba bien arreglada y vestía los atavíos propios de la región. Su cabeza estaba cubierta por una pañoleta de color azul marino que dejaba entrever su cabello gris obscuro. Era un poco baja de estatura y de complexión más bien delgada. Su perfil y el color de piel delataban la mezcla de las razas española e indígena. Era evidente que la señora no venía a pedir limosna, como tantos otros lo hicieran en estos a veces olvidados pueblos de las altas montañas veracruzanas.

“Buenas noches, señorita," exclamó la desconocida.

“Buenas noches les dé Dios, señora."

“El Padre ve el corazón de sus hijos y hoy ha visto el tuyo."

“Mire usted, señora," dijo la muchacha a través de los viejos barrotes de la ventana, “no sé si sepa qué pasó hoy, pero estoy muy consternada y en este momento no tengo tiempo para bromas."

“Sí. Lo sé. Fue horrible. Nadie sabe por qué pasan estas tragedias," dijo con tristeza la viejecilla.

“Lo dice como si usted hubiera estado en la escuela cuando se rompió la rama."

“Lo único que te digo, Rosalinda, es que el Padre sabe cómo te sientes."

“Señora, no sé cómo sabe usted como me llamo, pero yo no la conozco. ¿Quién es usted? Tampoco sé si va en serio lo que me dice, pero con el padre Pepito yo no he hablado. Creo que ya es un poco tarde y no quisiera que fuera usted a llegar tarde a donde quiera que vaya, no le vaya a dar un resfriado,” dijo con tono cortante Rosalinda.

“No hablo yo del buen sacerdote de Tejadillo. Me refiero al Padre. Y no voy a ningún otro lado, sino que vengo a hablar contigo, Rosalinda."

Fueron punzantes las palabras de la anciana, quien capturó totalmente la atención de Rosalinda. Así, siguió amonestando a la joven: “Hoy en la mañana, después de lanzar el desagradable y deplorable grito del que ahora te arrepientes, viste el gesto desolado de Quique, y te sentiste muy mal. Pronunciaste, muy dentro de tu corazón, una muy bella oración de contrición que aquí te repito:

Señor, siento mucho ser tan burlona. Perdona mi torpeza y que haya hecho sufrir a tantos amigos y, en especial, a Quique con mi veneno.”

Ante la gran perplejidad de Rosalinda, la visitante agregó, “Quiero que sepas que Dios siempre te escucha y que lejos de condenarte, te perdona. Ahora creo que debes ir a ver al padre Pepito y pedirle que te confiese."

Cerró los ojos Rosalinda ante la impresión de escuchar las palabras de la viejecilla. “¿Pero cómo sabe usted eso?," le preguntó. Pero la anciana había desaparecido. En vano se asomó Rosalinda por los vetustos barrotes en busca de la señora, quien se había marchado sin siquiera dar su nombre.

El padre Pepito

Al caerle el leño en la espalda, Quique se había ido al suelo. Habían corrido todos en su ayuda, y los que estaban cerca habían oído que decía, “¿Qué me pasa? ¿Por qué ya no me duele el tobillo?”

Cuando alguien le preguntó cómo se sentía, Quique contestó ya muy débilmente, “Estoy bien, pero no siento las piernas." Le pidieron que se calmara, pero cuando llegó el doctor a examinarlo, había perdido el conocimiento.

Como pudieron lo habían llevado cargado a Dirección, donde utilizaron uno de los muebles como una improvisada camilla. Alguien se comunicó con el hospital de Córdoba para que enviaran una ambulancia. El hospital atendía pacientes de toda la región y quedaba a unos veinte minutos de Tejadillo por carretera.

Aunque un puñado de alumnos insistían en que se llevaran a cabo las actividades deportivas del festival de San Gabriel, doña Ester prudentemente las dio por terminadas. A pocos les importó que el penalti en favor del equipo de los profesores no se tirara, y menos el que los últimos segundos del juego fueran cancelados. Tampoco se celebró la carrera de las mujeres, que de acuerdo a las reglas de doña Ester, hubiera tenido lugar después del juego de balompié.

Habían llegado los agripados padres de Quique a la escuela al momento en que descendía un helicóptero enviado por el hospital en el patio principal de la misma. Del pájaro mecánico salieron un doctor y un enfermero, quienes después de evaluar a Quique determinaron que tenía una posible lesión en la columna vertebral y que debería ser transportado inmediatamente al hospital. Se lo llevaron en el helicóptero acompañado de sus padres, ante la consternación de todos los pobladores de Tejadillo. Al partir dijeron a doña Ester que en menos de cinco minutos estarían aterrizando en la azotea del hospital y que Quique recibiría los mejores cuidados.

Partieron todos a su casa, desconsolados y con una patente preocupación por el futuro de Quique. El padre Pepito anunció que a las ocho de la noche se estaría rezando un Rosario y la Coronilla de la Divina Misericordia por el bienestar del muchacho, y que todo el pueblo estaba invitado a participar.

La parroquia de Tejadillo fue casi insuficiente para albergar a los tejadilleros, quienes al unísono elevaron sus piadosas plegarias al cielo, confiados en la misericordia del Señor. Terminados los rezos, el padre Pepito anunció que el día siguiente, a mediodía, habría una misa para seguir pidiendo por Quique.

Fue esa noche, después del Rosario, cuando Rosalinda había recibido la visita de la anciana. La chica había quedado muy impresionada. Recordaba el momento en que la viejecilla había repetido sus palabras de arrepentimiento y aun no comprendía cómo eso hubiera sido posible. Tan conmovida estaba que decidió acudir a la parroquia en busca del padre Pepito, quien cantaba la misa matutina.

Muy temprano recorrió Rosalinda las calles que, cubiertas por los cantos del río que al correr de los siglos las gélidas aguas del volcán habían pulido trabajosamente, convergían a la parroquia. La recibió el siempre afable sacerdote, quien después de darle los buenos días, la invitó a pasar a la sacristía.

“Padre," dijo Rosalinda, “busco el perdón de Dios. ¿Tendrá usted un minuto para escuchar mi confesión?”

“¡Eso siempre! Los minutos que quieras, hija."

Se colocó el presbítero su estola y pidió a Rosalinda que pasara al confesionario.

La confesión de Rosalinda fue genuina y sentida. Pedía el perdón de Dios por los pecados cometidos en contra del prójimo. Asombrado estaba el padre cuando la muchacha ofreció recitar la lista de todos los apodos que había encontrado, misma que, según ella, llegaba a más de cien e incluía compañeros de la escuela, todos los profesores y personal de la escuela y otra gente del pueblo. Esto último lo dijo Rosalinda en forma titubeante, lo que le hizo sospechar al padre que él mismo había sido víctima de la perniciosa plaga de sobrenombres que se había desatado en Tejadillo desde la llegada al pueblo de Rosalinda y su familia. Lejos de producirle ningún enojo, el padre sonreía y se preguntaba cuál sería su apodo. No le exigió a Rosalinda que recitara la lista, pero sí le preguntó si estaba sinceramente arrepentida.

“Sí, padre. Y sobretodo, de todas las burlas y la indiferencia que siempre he tenido para con Quique. La verdad es que cuando llegué a Tejadillo hace seis años, Quique me parecía un muchachillo insignificante. Usted sabe que es bastante tímido y discreto, y no se me hacía de mi tipo. Al paso de los años, noté que se fijaba en mí un poco más de la cuenta, y traté de no preocuparme por ello. Entre las muchachas siempre se habla de que todas tenemos que conseguir un novio muy apuesto, pero cuando teníamos trece o catorce años no pensaba que Quique lo fuera tanto. Mal aconsejada por mis amigas y con toda mi complicidad, le tendimos la trampa en la fiesta de Mina. Pero pasaron los años y llegó un momento en que sentí interés en su amistad y... en él. A propósito, padre Pepito, de esa trampa en la fiesta de quince años también me arrepiento pues no recuerdo si la traje al confesionario con anterioridad. ¿Usted no se acuerda si ya se la confesé?”

“¡Hija! El Espíritu Santo me ha dado el don de olvidar los pecados de los que la gente se arrepiente. No sabría decirte si ya la hayas confesado, pero no importa, porque en tu anterior confesión fueron perdonados todos los pecados que hubieras cometido, incluso aquellos que hubieras olvidado. Y en la de hoy, también pasará eso.

Te voy a platicar el cuento de una niñita de diez años que decía poder hablar con Jesús. Había descubierto este portentoso poder pero poca gente le creía. Quiso uno de sus vecinos, de nombre Alejandro, ponerla a prueba y le pidió que contestara tres preguntas con la ayuda de Jesús.

Primero le dijo, ‘Pregúntale a Jesús en qué día se casaron mi bisabuelo Obdulio con mi bisabuela Anilú, y también en qué parroquia’. Replicó la niña, ‘En primer lugar me hiciste dos preguntas en lugar de una, pero para Jesús no hay límites. Déjame preguntarle." Alejandro se había preparado para la entrevista con la niña vidente consultando el árbol genealógico que guardaba orgullosamente su madre y sabía que sería imposible que la pequeña supiera ni siquiera los nombres de sus abuelos.

Después de unos momentos de silencio, contestó la niña, ‘Tu bisabuelo se llamaba Obdulio Casas Franco y se casó con tu bisabuela Concha Concejal el 19 de agosto de 1899 en la parroquia de San Sebastián en Córdoba." Asombrado quedó Alejandro pues la información era correcta y dijo que ya no sería necesario hacer más preguntas. Pero la niña insistió en que el trato era que habría tres respuestas.

Dijo entonces Alejandro, ‘Fíjate que yo fui muy buen alumno en la escuela de ingeniería. Mis calificaciones fueron nueves y dieces, pero en una sola clase el profesor me puso un 8 final. ¿Cuál era esa clase y cómo se llamaba el maestro?’

La niña le dijo casi inmediatamente, ‘Dice Jesús que la clase era la de Manufactura, con el profesor Alfonso Sánchez a quien Uds. llamaban Sanchitos, y que si hubieras tenido tiempo de terminar un trabajo extra que el Profe Sánchez les dio al final del semestre, tu promedio se hubiera subido a 9.’

Quedó estupefacto Alejandro, pues la información era correcta. Y le dijo, “La tercera pregunta es de algo que pasó recientemente. Ayer en la tarde le dije una mentira bastante fea a mi novia, pero ya me fui a confesar. ¿Cuál era esa mentira?’.

Contestó la niña, ‘Dice Jesús que como ya te fuiste a confesar tus pecados, ya no se acuerda’."

“Gracias por contarme la historia, padre Pepito. No me imaginaba que parte de impartir el sacramento es saber narrar anécdotas tan buenas como esa. Pero sé que así da usted sus homilías y ya no me extraña. Pero regresando a mis faltas, quisiera decir que el apodo que más me pesa haber ideado es el de Zopi. Aunque mis amigos me dicen que le sienta muy bien a Quique, me he dado cuenta de que en primer lugar, le duele bastante. Y también me recuerda cómo me burlé de él cuando se tropezó en el charco, y cómo él fue el único que no se burló de mí cuando yo me caí. Y me mortifica mucho recordar que nunca le fui agradecida por esa tan buena acción."

“Lo que acabas de decirme es parte de tu confesión, y tú sabes que ante tu sincero arrepentimiento, Dios te perdona. Y así como Dios olvida los pecados perdonados, tú también que saber perdonarte a ti misma. No puedes cambiar tus imprudencias del pasado, pero sí puedes cambiar tu forma de ser en el futuro,” contestó el padre. “Dios te ha otorgado innumerables dones, y uno de ellos es el ingenio y la perspicacia. Te invito a que ya no las uses para reírte de los demás. Que sirvan, mejor, para hacer el bien."

“¿Le puedo pedir a Dios que me quite el don de la perspicacia que me ha dado?”

“No funcionan así las cosas. ¡Dios no acepta devoluciones!," dijo jocosamente el padre Pepito. “La verdad es que Dios no quita los dones que nos da, pero lo que puede hacer es pedirle fortaleza para reformarte y sabiduría para utilizar sus dones en la manera que engrandezcan su gloria."

“Pues yo propongo firmemente evitar las burlas y los apodos ofensivos de aquí en adelante."

Después que el padre Pepito concediera la absolución, le sugirió a Rosalinda que de penitencia ofreciera su siguiente comunión por las intenciones de todos los que alguna vez hubiese lastimado, y concluyó la confesión. Sintió Rosalinda a una sensación de paz absoluta que solo podía provenir de Dios y que la motivó a tomar la formal resolución formal de cambiar su forma de ser.

Rosalinda visita a la familia de Quique

El proceso de estabilización de Quique fue lento. La única constante era la incertidumbre. La familia pasó varios días en Córdoba, sin tener tiempo ni humor para disfrutar del exquisito café local ni de los insuperables dulces de don Pedro, famosos en toda la región. Recibieron incontables visitas de sus amigos y vecinos tejadilleros, quienes no dejaban de ofrecer palabras de consuelo y promesas de oraciones para la pronta recuperación de Quique. La familia decidió guardar un hermético silencio sobre los reportes médicos. Sus caras largas, atormentadas por la preocupación y drenadas por las largas horas de angustia en el sanatorio, no mostraban ninguna indicación positiva.

Quince días después del incidente, una ambulancia llegó a Tejadillo trayendo a Quique con su familia.Los curiosos presenciaron la forma en que dos dependientes del hospital cargaron una camilla donde reposaba Quique, quien parecía estar dormido. Nada se quiso decir del estado de Quique a los lugareños.

La familia se negó a recibir visitas, con las honrosas excepciones del padre Pepito y de una hermana del padre del enfermo, quien era vecina de Tejadillo. Ninguna información divulgaron ni el padre Pepito ni la tía de Quique.

Unos días después de que del regreso de Quique, dio Rosalinda varios golpes a la aldaba del portón de la casa del enfermo. Ignoró la muchacha el aviso que claramente decía, “Gracias por venir a vernos, pero hoy no admitimos visitas." El aviso tenía ya varios días pegado al portón.

Por fin salió a abrir el portón don Enrique, padre de Quique. Con exhausto semblante abrió la ventanilla del portón y al ver a Rosalinda, le dijo, “Hola Rosalinda. Gracias por venir, pero no vamos a dejar pasar a nadie a ver a Quique."

“Don Enrique, vengo a hablar con usted y doña Anilú. Si no me dejan ver a Quique, no importa. Traigo algo que creo que puede ser útil para que se componga la salud de Quique. Regálenme Uds. unos minutos solamente."

Un poco de mala gana, don Enrique contestó: “No tenemos intención de ver a nadie, creo que tu visita será provechosa. Me da pena decírtelo, pero solo te pido que no te quedes por más de diez minutos. Pasa, Rosalinda."

Entró Rosalinda a la casa, que también era del estilo colonial mexicano, y fue invitada a tomar asiento en la terraza interior, desde donde se veían el pozo y las habitaciones interiores, en una de las cuales seguramente estaba Quique. Llegó en unos momentos doña Anilú, quien se sentó en otro de los sillones.

“Don Enrique y doña Anilú, vengo a decirles que siento muchísimo lo que le pasó a Quique, y espero que ya esté mejor."

Contestó la madre de Quique, “Te agradezco el gesto, Rosalinda. Hemos decidido no comentar de su estado médico, y te pedimos que no nos preguntes nada sobre él."

Un poco turbada por no poder satisfacer su curiosidad, contestó Rosalinda: “No se preocupe, señora. Vengo solo un par de minutos, con algunos pendientes."

“Pues adelante, hija,” dijo impacientemente don Enrique.

“En primer lugar, quiero pedirle perdón a Quique y por supuesto a ustedes, porque he sido muy insensible y grosera con él por muchos años."

Don Enrique sabía muy bien del apodo de Quique y doña Anilú le había contado hace unos años de la burla en la fiesta de Mina, pero siempre magnánimo y preocupado además por el bienestar físico de Quique, no pareció darle importancia al asunto. Trató de minimizarlo: “No sé a qué te refieres, pero de todos modos no tiene la menor importancia."

“Ustedes bien saben que nunca lo he tratado muy bien. Me he burlado de él en más de una ocasión y no he sido agradecida ante sus intentos de ayudarme en las tareas de matemáticas ni aquella vez que me caí en el charco. Así es que aunque quizás no pueda decírselo a él en persona, les suplico que me perdonen tan infantil conducta."

Contestó doña Anilú, compungida: “¡Qué daría yo por que le pudieras pedir perdón personalmente, Rosalinda!," exclamó doña Anilú. “¡No ha vuelto en sí desde el día del accidente!."

“¡Anilú! ¡Quedamos en guardar esta grandísima pena en secreto!," arguyó don Enrique.

Contestó la señora: “¡Amorcito! ¡Perdóname, pero ya ves que dicen que las penas compartidas son menos, y ya no aguanto esta situación! ¿Qué tiene de malo que lo sepa esta muchacha? ¿O que lo sepan en Tejadillo? ¿No es mejor que lo sepan y recen por nosotros a que solo especulen?”

Guardó silencio don Enrique por unos momentos. Díjole entonces a Rosalinda, “Viniste en son de paz y con muy buena voluntad."

“Así es, don Enrique. No sabía que Quique no había despertado y le traje estos libros." Y sacó de un bolso que había colocado sobre la mesa varios libros que mostró a los padres de Quique. “Es mi colección de libros de G.M. Bruño. No sé cuáles ya tenga Quique, pero entre los míos están varios que no usamos en la escuela,” dijo, mostrándoles los libros. “Yo pensaba regalárselos a Quique para que se entretuviera en su convalescencia."

Contestó don Enrique, “Te lo agradecemos mucho, Rosalinda. Pero ya te dijo Anilú que Quique no ha abierto los ojos desde... el accidente."

“¿Y qué les dijeron los doctores de Córdoba?”

“No saben cuánto vaya a durar así. No saben si vaya a despertar nunca. Y tampoco saben si vaya a poder caminar. Solo el tiempo lo dirá," dijo don Enrique, en tono doliente. “Por lo pronto te agradecemos el regalo y te pedimos que no digas nada del estado de salud de Quique. Así lo deseamos y te pedimos que honres nuestra decisión."

“Me acabo de confesar con el padre Pepito y vine con el ánimo de pedir perdón y de entregarles mis libros, lo cual ya hice. También les confieso, y solo a Uds., que tengo el propósito de reformarme y dejar de ser burlona.No lo quiero decir a nadie pues creo que no me van a creer, pero Uds. me han confiado algo muy serio y quisiera que me creyeran. Su secreto está a salvo."

“Tenemos que ir a cuidar a Quique. Te rogamos que nos disculpes, pero creo es hora de terminar esta visita que mucho te agradecemos."

Se marchó Rosalinda, dejando solos a don Enrique y doña Anilú en su dolor.

“Se le agradece el gesto," dijo la señora.

“Claro que sí, aunque creo que lo hace como penitencia. Hoy que fui en la mañana a la iglesia a rezar la vi saliendo del confesionario."

“¿Y qué tendría de malo que así fuera?”

“Pues creo que nada, pero yo creo que así es."

Segunda visita

Regresó Rosalinda a su casa muy apesadumbrada después de la visita a los padres de Quique. Le costaba mucho trabajo creer que Quique--que ya no le decía por su horrible apodo--estuviera inerte y quizás destinado a usar una silla de ruedas. Inútil era tratar de conciliar el sueño. Se levantó de la cama, abrió la gran ventana que daba a la calle y se dedicó a observar las empedradas calles. Pensó que era de las pocas personas en Tejadillo que se jamás se interesa por saber la edad de las ovaladas piedras usadas en el pavimento. Muchas preguntas le venían a la mente: “¿Será que estos milenarios cantos se quedan redondos de tanto dar vueltas río abajo cuando las corrientes los arrastran, o será más bien que a fuerza del tiempo, el agua los talla hasta dejarlos lisos? ¿O serán las dos cosas? ¿Y quién, hace mil años, hubiera podido advertir a estos guijarros que sin duda estarían descansando en el lecho de algún río, que su destino sería pavimentar nuestras hermosas calles? ¿Y cuánto más nos van a servir en esa vital función? ¿Los iremos a reemplazar algún día por el horrible pavimento que se encuentra en las ciudades?”

Se sobresaltó al escuchar una voz que desde la calle le decía, “¡Celebro que te hagas todas esas preguntas, Rosalinda! La curiosidad es una virtud que siempre hay que aplaudir."

Apareció la misteriosa viejecilla y se situó al otro lado de los barrotes. “¿Pero quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué no me dice quién es?," la interrogó Rosalinda.

“Vaya que es hoy el día de las preguntas. ¿Algo más?," dijo la anciana, sonriente.

“¿Pero es que se burla usted de mí?”

“Claro que no. A eso no me dedico y según entiendo, tú ya te propusiste no hacerlo más."

“Veo que usted ya sabe todo lo que hago. ¿Quién es Ud? ¿De dónde viene?”

“Que te baste saber que no soy de por estos rumbos."

“¿Y por qué me visita? ¿Me quiere usted ayudar?”

“Tú lo has dicho."

“Pues ya que estamos en la sesión de preguntas y respuestas, déjeme preguntarle algo. Pero no se vaya usted a desaparecer otra vez, por favor."

“Tú, pregunta."

“¿Es usted un ángel? ¿Viene de parte de Dios?”

“¿Tú que crees?”

“Que si quisiera hacerme daño, ya lo hubiera hecho. Por el contrario, el hablar con usted me trae mucha paz."

“¿Qué preguntas tienes? No te prometo que te pueda contestar todo pues no soy la niña del cuento que hablaba con Jesús."

“¡Vaya que está usted enterada! Usted sabe los dichos de doña Ester acerca de que lo que uno hace se paga en esta vida. ¿Qué tan cierto es eso? Le pregunto porque no entiendo qué malas acciones pudo haber hecho Quique para merecer lo que le pasó. ¿Por qué no me sucedió a mí la tragedia si yo soy la que siempre me he burlado de él y de todo el mundo de una y mil maneras?”

“Déjame explicarte. En primer lugar, Quique no hizo nada para ameritar su actual situación. Y la respuesta a tu pregunta sobre las creencias de doña Ester es que a veces sí y a veces no."

“¡Pues me deja usted en las mismas!."

“Todo depende de qué hagas. Hay acciones malas que se pagan en esta vida. El borracho empedernido muchas veces muere joven, con graves problemas de salud. La mujer alcohólica puede tener hijos con problemas de nacimiento. Y el drogadicto algunas veces muere antes de su hora por una sobredosis. Son estos trágicos fines el resultado de conducta reprochable. Hay acciones equivocadas que las leyes de los hombres condenan. Así, el que roba puede ser castigado con la cárcel. En algunos países, ciertos crímenes son penados con la horca y el fusilamiento."

“Pero no ha acabado usted, pues sus argumentos no apoyan en nada la ley del rebote de doña Ester."

“Razón tienes, niña. No lo hacen en nada. Pero me tengo que ir y yo solo te aconsejo que mañana regreses a casa de Quique."

“Pero me dijo claramente don Enrique que no van a recibir a nadie."

“Nada tienes que perder y mucho que ganar." Y dicho esto, la viejecilla se marchó, caminando en dirección a la iglesia.

Primera lectura

Al día siguiente Rosalinda salió de la escuela y se encaminó directamente a casa de Quique. El viejo portón la recibió de la misma manera que el día anterior: estaba cerrado. Armándose de valor dio tres toques a la aldaba. Esta vez fue doña Anilú quien abrió la rejilla de la puerta, y al verla, inmediatamente la invitó a pasar.

“¿Está usted segura de que no soy inoportuna?," preguntó Rosalinda.

“No. Pasa, hija, pasa." Inmediatamente contestó la señora. “Yo sé lo que ayer te dijo mi marido, pero celebro que hayas venido a vernos. Mi esposo no se encuentra en casa. Pasa y toma asiento en la sala."

“Gracias, doña Anilú. ¿Cómo siguió Quique? ¿Alguna mejoría? Dígame que sí, por favor."

“Nada, niña. Sigue sin abrir los ojos," dijo doña Anilú, desconsolada.

“¿Hay algo que yo pudiera hacer por él o por Uds?."

“En Córdoba nos dijo el doctor que le platicáramos como si estuviera despierto, pues nadie sabe qué tanto pueden oírnos estos enfermos."

“¿Y usted me daría permiso de hacerlo?”

“No sé. Quizás le deba preguntar a don Enrique."

“¡Ándele, señora! Déjeme usted pasar a verlo. ¡Se lo pido de rodillas!”

Accedió doña Anilú al persistente pedido de Rosalinda. Le pidió que esperara por unos minutos para arreglar un poco la habitación.

Unos minutos después, la invitó a pasar a la alcoba donde yacía Quique. Difícil fue para Rosalinda verlo por primera vez. La habitación tenía el típico olor de los hospitales. Al pie de la cama se encontraba un aparato que según explicó doña Anilú, era para el suero que el muchacho necesitaba para subsistir.

“Va a venir un doctor mañana a ponerle más tubos a Quique," indicó muy afligida la tristísima madre del chico.

“Déjeme leerle algo de G.M. Bruño. Ya ve usted que él adora esos libros."

“Pues ahí están los que tú trajiste. Y no sé si quieras empezar con el suyo. Ahí está, en el librero. Es el libro de literatura castellana."

Se retiró la señora no sin antes decirle a Rosalinda que estaría descansando en la terraza. Se incorporó Rosalinda para tomar el libro, mismo que ella conocía bastante bien pues si algún curso le gustaba era precisamente el de literatura española. El libro de Quique era de alguna edición muy antigua. Tenía hojas amarillentas y un poco frágiles, desgastadas por el mucho leer y la considerable humedad de la zona, enemiga mortal de los libros y de muchas otras cosas.

Y leyó y leyó y leyó Rosalinda los bellísimos pasajes de las grandes obras maestras que estaban plasmados en el libro. Recitole al dormido Quique la Canción del Pirata, los primeros párrafos de don Quijote de la Mancha con la bellísima descripción de la casa del ilustre caballero, y algunos versos de Amado Nervo. Mucho le impresionó aquel que reza: Vida, nada te debo. Vida, estamos en paz. Observando a Quique pensó que estaba de acuerdo con el magistral poema pues la vida le debía muchísimo al desdichado muchacho y no sería justo que el drama que estaban viviendo tuviera un desenlace trágico. Le recitó de memoria el madrigal de Cetina y se estremeció al recitar los célebres versos del final:

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos.

Ya que así me miráis,

miradme al menos.

Le preguntó a Quique, “¿Y por qué no abres los ojos y me miras? Quiero que veas que estoy arrepentida de todo lo que me he burlado de ti. ¡Despierta, Quique, y perdóname!”

Se percató Rosalinda de que se había pasado el tiempo y de que su madre seguramente estaría esperándola para comer. Se despidió de doña Anilú y prometió regresar esa misma tarde.

Tercera visita

Rosalinda comió rápidamente, dando por explicación a su madre que le urgía regresar a ver a Quique. Antes de salir quiso descansar por unos momentos y se recostó en su habitación. Despertó y estaba a punto de cerrar la ventana para marcharse cuando se apareció la misteriosa anciana, siempre al otro lado de los barrotes.

“Estoy muy orgullosa de ti, Rosalinda. Hiciste algo muy bueno el día de hoy.”

“Mucho le debo a usted, doña...," exclamó, la muchacha, como invitando a la viejecilla a que le revelara su nombre.

“Doña lo que tú quieras...”

“Ya veo que no me va usted a decir cómo se llama ni quién es. Aunque tengo mucha prisa, quisiera aprovechar su visita para que termine de explicarme qué pasa cuando uno hace algo malo en esta vida. ¿Siempre se paga?”

“Toma en cuenta que no estoy hablándote de lo que pasa después de esta vida. Para el ser humano, lo que pasa en ésta que estás viviendo muchas veces no tiene sentido. Piensa en los muchos casos de gente que hayas conocido que cometieron muchas malas acciones y sí fueron castigados aquí en la Tierra. Pero piensa también en los muchos que conoces que a pesar de ser malvados, no parecen haber pagado por nada de lo que hicieron. ¿Te acuerdas del tristísimo caso del hijito del señor Riográn, que murió cuando lo pateó un caballo? ¿Qué pecados pudo haber cometido el pequeñito, si no tenía más que cinco años? ¿Qué pecados pudieron haber cometido sus padres para merecer eso? Tú los conoces, son quizás la gente más piadosa de Tejadillo. Y si de verdad fueran perversos, que no lo son, ¿Por qué la vida no los castigó a ellos directamente y en cambio, quien sufrió fue un inocente? Bien lo dijo Jesús en los Evangelios cuando los fariseos le preguntaron que quién tenía la culpa de que un niño naciera ciego: “¡Nadie!." Y al pensar que las culpas de alguien ameritan castigo del cielo implica que los estás juzgando. Eso no es de Dios.

Piensa, niña... Si la lógica de la que habla doña Ester funcionara, ¿Por qué sufrió tanto Jesús, si nunca pecó? ¿Por qué a una señora tan santa como la Virgen María, quien tampoco pecó, le mataron a su hijo?

Tú que tanto te reíste de la gente sentiste sus mordaces mofas cuando resbalaste en el lodo. ¡Pero esas burlas que de tus amigos recibiste no las mandó Dios! Sería difícil convencer a nadie de que un Dios que es infinitamente bueno y misericordioso haya ordenado que tus amigos pecaran al burlarse de ti. Cada uno de los que se rió de ti tomo la decisión de hacerlo; todos--menos Quique--optaron por desquitarse de ti. No fue Dios quien los hizo hacerlo, sino que lo hicieron por su propia voluntad. Así es la naturaleza humana. En ese aspecto, tu reprochable conducta--el burlarte de medio mundo--hizo que la gente no sintiera afinidad por ti y que aprovechara la primera oportunidad para desquitarse. Así es el ser humano. Lo contrario también es cierto. Aquel que siempre tiene una buena disposición, que es amable y agradable, que escucha a los demás y es prudente, y que hace favores a todos, tiende a ser muy popular entre sus semejantes. Y tampoco es que Dios así lo ordene, pues Dios nos ha dado a todos libre albedrío. Es que con esta libertad que por derecho divino hemos traído al mundo, nos sentimos atraídos por personas buenas, simpáticas y agradables, y hacia ellos muchas veces dirigimos nuestros pasos.

Si tú te robaras cincuenta pesos de la limosna, creo que tendrías un tremendo remordimiento de conciencia, pero ten por seguro de que Dios no va a mandar a un asaltante a que robe a ti. Y si te llegan a asaltar al día siguiente, puedes atribuirlo a la deplorable situación de violencia e inseguridad por la que atravesamos. No es que Dios le haya dicho al asaltante, ¡Ve y róbale a Rosalinda, para que aprenda!”

Tú te caíste en el charco por andar de curiosa y porque las piedras estaban cubiertas de moho y agua. Pudiste haber tenido un poco más de cuidado. Tu resbalón fue una mera coincidencia, pero le sirvió a doña Ester para probar sus teorías. Y piensa también que no son ustedes dos los únicos que se han caído en ese fangal que se forma al lado de los campos deportivos."

“Pues me da mucha alegría que alguien como usted, quien quiera que sea, me diga tan sabias palabras."

“Jesús no prometió una vida fácil a sus seguidores, y muchos de ellos tuvieron vidas y muertes muy sufridas y dolorosas. Jesús, por su infinita gracia y misericordia, nos invita a su casa celestial si en nuestra vida, a pesar de caer en el fango, le pedimos perdón y tratamos de reformarnos. Pregunta tú a tus padres qué deberías hacer para que ellos te borren de tu vida y te condenen a no verlos jamás. La respuesta de cualquier padre normal es que no hay nada que tú pudieras hacer para que ellos te rechacen. Imagina entonces el amor infinitamente más puro y grande que Dios siente por ti y por todos. Y saca tú tus propias conclusiones."

“Lo que tienes que hacer es regresar a casa de Quique. Síguele leyendo el libro que tanto le gusta. Mucho bien le está haciendo." Y sin prevenir a Rosalinda de su inminente despedida, la viejecilla se marchó.

Segunda lectura

No se puede decir que Rosalinda se apuró a salir de casa: prácticamente voló a ver a Quique. Agitada, tocó la aldaba y fue recibida esta vez por don Enrique.

“Pasa, Rosalinda. Ya me contó mi esposa que aquí estuviste y que le leíste a Quique pasajes de su libro de G.M. Bruño antes de la comida. A la próxima, mejor te quedas a comer con nosotros."

“Es usted muy amable, don Enrique,” contestó Rosalinda, quien tenía visibles ansias de ver a Quique.

“Bueno, pues no te detengo. Antes de pasar a ver a mi hijo, te queremos invitar a hacer una oración por su pronta recuperación. Sería muy significativo que la hicieras con nosotros."

Así lo hicieron Rosalinda y los esperanzados padres de Quique.

Pasó Rosalinda a la habitación de Quique, que improvisada como cuarto de hospital no dejaba de mostrar a quien la visitara la afición que Quique tenía por los libros. El antiguo librero que había en la alcoba estaba un poco encorvado por el peso de tantos libros que había coleccionado el muchacho, entre los que ahora ya pudo reconocer Rosalinda los que había traído ella de regalo el día anterior.

Indecisa, aunque esperanzada en que Quique sí la pudiera escuchar, no podía decidir qué tipo de lectura leerle a su amigo. Decidió volver a usar el libro de literatura cuyos pasajes había leído unas horas antes.

El libro era realmente un tesoro. Tenía la típica portada de los libros de la colección de G.M. Bruño, y al hojearlo se encontraban preciosas ilustraciones desparramadas entre los textos selectos de literatura y los ejercicios que el brillantísimo autor del libro había diseñado para usarse de tarea en las escuelas. Recordó las preguntas que varias veces hiciera Quique a sus maestros sobre G.M. Bruño. ¿Quién era? ¿Cómo pudo hacer tanto? Pero se percató entonces de que estaba perdiendo el tiempo en sus elucubraciones. Había venido a leerle a Quique, y así lo haría.

Buscando el índice, abrió las últimas páginas del libro. Fue así como encontró, para su sorpresa, los versos que Quique alguna vez escribiera y que ella leyó en voz baja:

Soneto a Rosalinda

Perdona que te insista con empeño

pues deseo decirte que te quiero,

y que tengo un cariño verdadero

que he sentido por ti desde pequeño.

Me lastima, ¡Me mata tu desdeño!

Pues me has hecho tu esclavo y prisionero.

Y viéndote tan lejos desespero

Sabiendo que no puedo ser tu dueño.

Tú te burlas de mí, pues soy un necio

Me desairas, dejándome indefenso

Y recibo de ti solo desprecio

Mi cariño, mujer, todo te entrego

Y así yo tu gran desprecio recompenso:

Yo te quiero, te quiero y no lo niego.

Rosalinda lloró y lloró y releyó varias veces los tan sentidos versos. ¡Qué alma tan pura la de Quique, que a pesar de las burletas y el desprecio que de ella siempre recibió, le era fiel. Solo él pudo haberla ayudado a salir del charco sin guardarle ningún rencor.

“¡Perdóname, Quique, perdóname!," le dijo, entre sus lágrimas. Despierta y dime que me perdonas. Abre ya tus ojos y mírame.

Un nuevo sentimiento invadía su corazón contrito. Aparte de la admiración que ahora le tenía a Quique, sentía en su alma brotar un afecto muy distinto al que se puede sentir por un amigo. “Qué ciega he estado, Quique, para no ver quién eres. Despiértate para poder corresponderte!”

Pero Quique dormía tranquilamente.

La muchacha leyó por enésima vez el soneto, y para calmarse, se propuso cambiarlo un poco para que reflejara lo que ella ahora sentía por este hombre de quien tantas veces se había burlado. “A ver cómo me queda. Sé cómo funcionan los sonetos y me gustaría contestarle a Quique usando las palabras parecidas a las que él me escribió."

Un buen rato pasó Rosalinda en su encomienda. Quitó y puso palabras, quedando a veces con más o menos sílabas de las que dicta el despiadado y esclavizante rigor de las reglas del soneto. Le tomó entonces la inerte mano a Quique, y pensando que lo que había logrado no era tan malo, decidió leerlo en voz alta:

Soneto a Quique, que dice casi lo mismo que

él a mí me dijera.

Como no tengo su ingenio,

cambio un poco sus versos y a él se lo dedico

Soy yo ahora quien no cesa en su empeño

¡Sí! Soy yo quien te digo que te quiero

Yo te tengo un cariño verdadero

pues este amor es grande y no pequeño.

Yo te quiero. ¡Despierta de tu sueño!

Al pensar que no vuelves, yo me muero.

Mirándote dormir me desespero,

Pues de este corazón eres el dueño.

Despiértate por mí, que fui muy necia

¡No me ignores! ¡Me dejas indefensa!

Aquí hay un corazón que bien te aprecia

Y toda tuya soy, ¡Toda me entrego!

Tu amor será una bella recompensa:

Yo te quiero, te quiero y no lo niego.

Con todo su corazón pronunció Rosalinda los catorce versos del transformado soneto. Sobrecogida por la angustia de ver a Quique postrado en esa cama que parecía tenerlo prisionero, entre lágrimas terminó de pronunciar los últimos tercetos. Dirigió su mirada a la cara de Quique y se llevó una increíble sorpresa al ver que las mejillas del muchacho estaban llenas de lágrimas. Era su primera reacción desde el día del accidente.

Esperanzada, exclamó, “Quique, ¿me has oído?”

Sintió entonces que la mano de Quique, hasta entonces inerte, apretaba levemente la suya.

Sin levantarse, llamó entonces a gritos a los padres de Quique: “Don Enrique, doña Anilú, vengan por favor. ¡Apúrense! ¡Es de urgencia!."

Oyó los pasos apresurados de los señores, quienes entraron al aposento con semblantes temerosos. “¿Qué ha pasado, Rosalinda?”

“Pues que le estaba leyendo a Quique cuando vi que estaba llorando y después de eso, sentí que me apretaba la mano."

“¡Es un milagro!," exclamó doña Anilú.

Oyeron entonces una débil voz que se dirigía a ellos desde la cama: “Rosalinda, los versos que yo escribí no van así, pero me gustaron mucho los cambios que les hiciste."

Tejadillo reacciona

La noticia de que Quique había despertado corrió como la pólvora en el entrañable pueblo montañes. Esa tarde, los imponentes riscos estaban escondidos tras una densa neblina que a pesar de su indiferente frialdad y falta de color no logró en modo alguno amortiguar el gozo desbordado de los tejadilleros, la mayoría de los cuales conocían a la familia de don Enrique y en manera solidaria habían lamentado la noticia recibida el día de tan infortunado y penoso incidente.

El padre Pepito inmediatamente anunció que al día siguiente, a mediodía, habría una misa de acción de gracias por la recuperación de Quique. “Vengan todos y oremos por una sanación total," pregonó en las irregulares callecillas y en las pocas fondas del pueblo.

Emotiva fue la misa, a la que acudió Quique. Sus padres empujaban la silla de ruedas en la que descansaba el joven, y su joven semblante reflejaba una genuina alegría. Nadie se había atrevido a preguntar acerca de la lesión en la columna vertebral que había sufrido el preparatoriano.

El padre Pepito escogió unas lecturas especiales para la celebración. En el salmo responsorial, el Rey David pedía al Señor sanación. La lectura y el Evangelio proclamaron algunos de los milagros de Jesús. El padre remató su homilía pidiéndole a todos sus feligreses que tuvieran fe y no pusieran límites a la gracia y clemencia de Dios. Antes de terminar la misa impuso manos en Quique y pidió a la congregación que cada uno levantara la suya. Dijo también el padre que cuando abunda el mal, abunda la gracia de Dios aun más.

Salieron todos esperanzados y a su vez un poco asombrados de ver que Rosalinda ahora le tomaba la mano a Quique, le sonreía, y no se apartaba de su lado. Más de uno quería pedirle a la muy guapa chica una explicación, pues el cambio en su conducta era realmente admirable.

Doña Ester ordenó que todos sus alumnos y docentes acudieran a misa, por lo que suspendió las actividades en la escuela. Después de misa, hubo una recepción en el salón adyacente a la iglesia, a la que todos los vecinos llevaron un poco de comida. Alguien había escrito con grandes letras en un desgastado pizarrón de la espaciosa sala la frase Te Vamos a Ver Caminar, Quique.

Muchos pasaron a saludar a Quique y a sus padres. Todos prometieron seguir rezando para que se consiguiera una total recuperación. Después de la comida en que como bien lo señaló doña Ester, había que probar de todo un poquito, los tejadilleros se retiraron a sus casas a dormir la siesta. En un día de norte, con su neblina, lluvia ligera y bajas temperaturas, la gente se abrigaba, se tomaba un café, un chocolate o un sabroso champurrado, y se acostaba por al menos unos tres cuartos de hora.

Se recostó Rosalinda en su frío aposento, pero a los pocos minutos escuchó un toqueteo en el vidrio de la ventana. Pensando que serían los niños del pueblo, que acostumbraban tal práctica con tal de importunar a quienes disfrutaban de su siesta, lo ignoró. Siguieron llamándola y por fin se dirigió Rosalinda a la ventana. Descorrió un poco la cortina y se encontró con la figura de la viejecilla. Abrió la ventana y la saludó muy contenta de verla, “Nunca me había visitado usted en las tardes. Siempre había esperado a que cayera el sol.”

“Así es. Pero es que vengo a despedirme pues me queda poco tiempo en esta encomienda."

“Estoy muy agradecida con usted. Aun no sé ni cómo se llama ni quién es, pero sí le aseguro que sus consejos me han servido mucho."

“Te puedo decir pertenezco a un grupo selecto a quien la iglesia tiene en gran estima. Nuestra fiesta la celebraron todos los católicos del mundo unos días después del accidente de Quique."

“¡Pero es que usted le gustan los misterios! ¿Por qué no me dice ya quién es?”

“Te digo el día: el 2 de octubre."

“Pues no me acuerdo qué se celebra. Nunca me he fijado mucho en las fiestas eclesiásticas pero ya le preguntaré a mi mamá o a doña Esther, que se la pasan todo el día en la iglesia y saben--o creen saber--todo lo que hay que saber de teología, doctrina y tradición."

“Si de algo quisiera que te acordaras es que Dios nunca se arrepiente de darte un don y de que no es su costumbre desquitarse con alguien en esta vida, a menos que las malas acciones sean autodestructivas, como las del borracho. En este caso, es la misma persona quien se está destruyendo a sí misma."

“¿Y en la otra vida?”

“¿Sabes quién fue Santa Teresa de Jesús?”

“¿La monja española muy santa y muy famosa?”

“Así es. Nació en Ávila, la famosa ciudad amurallada de Castilla, y era muy docta y devota cristiana. La festejamos todo los años el 15 de octubre."

“¿Y por qué me la menciona?”

“Porque alguna vez le preguntaron a la santísima monja si creía en el infierno. Dijo que sí, aunque también dijo que confiaba en la grandísima misericordia de Dios. Y dijo que había solamente un problema con el infierno, y es que Dios nunca había enviado a nadie allí."

“¿Y entonces por qué nos espantan con el diablo y nos hacen ir a confesarnos?”

“Porque la confesión es un sacramento que te acerca a Dios y lava tu alma. La paz que se recibe con la absolución es difícil de medir."

“Bien lo sé. ¿Y usted me puede decir algo del infierno? Aunque no creo que usted lo conozca pues se ve que es muy buena. ¿Es cierto lo que decía Santa Teresa?”

“Conociendo a Jesús, ¿Tú que crees?”

Y terminando su visita con esa pregunta, se marchó la viejecilla.

Cansada por el ajetreo de la misa de acción de gracias y de la comida, Rosalinda regresó a su cama y en menos de una hora despertó. Caminó a la iglesia, donde encontró al padre Pepito. Le contó de los encuentros con la visitante y le dijo que las tres veces había aparecido y desaparecido misteriosamente. Mencionó también la fecha del 2 de octubre, a lo que respondió el padre Pepito:

“Esa es la fecha en que celebramos a los ángeles custodios: a tu ángel de la guarda y a los ángeles buenos en general.”

“Gracias como siempre por su ayuda, padre Pepito. Cada vez tengo menos dudas de quién era la señora que me visitó."

“Antes de que te vayas, quisiera que le llevaras a Quique algunos libros de lectura que aquí tengo." Le mostró una docena de ejemplares que incluían una colección de poesía de Juan de Dios Peza, un libro con varias de las obras de teatro de Lope de Vega, y tres libros de G.M. Bruño. ¿Nunca te has preguntado quién fue este señor?

“Padre, ¿Usted sabe su historia? A Quique le intriga y se la ha preguntado a todos los profesores de la escuela. Hasta ahora nadie ha podido satisfacer su curiosidad. Y creo que a mí ya me contagió también."

“¿Cómo no lo voy a saber? Mi hermano Betito es lasallista.”

“¿Su hermano es hermano lasallista? ¿Entonces son dos religiosos en la familia?”

“Así es. Fuimos diez de familia, y dos acabamos haciendo votos. Betito vive en México y es un estudioso de la historia de los lasallistas o lasalianos, como les dicen en otros países. G.M. Bruño no es un solo autor, sino el nombre adoptado por muchos escritores. Hubo un hermano lasallista francés de nombre Gabriel Marie Brunhes, quien fue director general de la orden a fines del siglo XIX y un poco más de la primera década del XX. Con el empuje de Hno. Brunhes, la orden que fundara el francés San Juan Bautista de la Salle decidió editar su propios libros en 1895. Cuando la orden de La Salle decidió utilizar sus propios libros en sus escuelas españolas y de América Latina, se castellanizó el nombre de la editorial a G.M. Bruño, para honrar al su director en Francia, y se tomó el acuerdo de que los autores--en su mayoría lasalianos--firmarían sus libros con el ficticio G.M. Bruño. La mayoría de los autores eran hermanos de la orden. Entre los autores más prolíficos hay un santo ecuatoriano: el hermano lasallista San Miguel Febres."

“Sé que Quique estará muy agradecido al recibir esta curiosa información. Lo voy a ver en un rato y con mucho gusto yo le relataré esta fascinante historia."

Finales de octubre

En la noche del 31 de octubre, víspera de Todos Santos, Rosalinda estaba a punto de conciliar el sueño cuando oyó que la llamaban desde la ventana. Añoraba las visitas de la anciana pues había pensado que si tuviera alguna otra oportunidad, le haría algunas otras cuantas preguntas para disipar algunas dudas sobre la gran clemencia de Dios. Fue grandísimo su regocijo cuando al abrir la antigua ventana, se encontró con la inconfundible figura de la viejecita.

“Buenas noches, Rosalinda. Vengo para saludarte y ver cómo van las cosas.”

“¿Y para qué me pregunta, si usted siempre sabe lo que me pasa?," dijo en tono juguetón la muchacha.

“A veces el empezar a platicar ayuda a ordenar nuestros pensamientos. Por eso lo hago."

“Pues entonces aprovecho a hacerle un par de preguntas, antes de que como ya es su costumbre, se desaparezca sin pedirme permiso," contestó la sonriente Rosalinda. “¿Es cierto entonces que Dios no necesariamente nos castiga o nos premia en esta vida?."

“Por generación y generación y por los siglos de los siglos los hombres han tratado de entender a Dios, cuando eso es imposible. ¿Para qué ocuparse de algo que no vamos a poder explicar?”

“Recuerdo la homilía que dio el padre Pepito a los padres de la pobre de la niña Lucila cuando murió en aquel accidente carretero en las cumbres que suben a la sierra. La pobrecilla tenía solo ocho años y acababa de celebrar su cumpleaños. Como sorpresa para celebrar su día, sus papás la enviaron a ver a los tíos que vivían arriba en la montaña, pero el conductor del autobús estaba embriagado y perdió el control. El autobús se desbarrancó en la curva de la herradura y cayó al profundo barranco. Murieron los quince pasajeros, entre ellos Lucila. El único que salió ileso fue el conductor. No concibo que Dios haya hecho que los pecados del conductor--su embriaguez--los pagaran los que iban en su autobús. Ni puedo creer que Dios haya castigado a Lucila, a sus padres, y a los otros pasajeros por algo que hubieran hecho. Y francamente, el que debería haber sido castigado era el conductor."

“Dios no los castigo."

“Eso fue lo que dijo el padre en la misa de cuerpo presente. Nos pidió que no tratara nadie entender las razones del accidente. Dijo que solo el Dios Padre sabe la hora en que nos llama a su presencia."

“Hasta ahora no me has hecho ninguna pregunta, y todo lo que me has dicho tiene mucho sentido."

“Ya voy. ¡Y no se me desaparezca como la última vez, que más que nada, quisiera haberle agradecido más efusivamente todo lo que me ha ayudado!”

“Pero lo hiciste. Anda, vamos, ¿De qué se trata?”

“Le puedo preguntar acerca de dudas que siempre he tenido? ¿De dónde venimos? ¿Cuántos años tiene este planeta dando vueltas? ¿Cómo eran este precioso valle y estas imponentes montañas hace un millón de años? ¿Qué había antes de que esto existiera? ¿Hasta dónde llega el universo? ¿Cuándo me va a llamar Dios?”

“Todo eso, y mucho más, se han preguntado todos los hombres, y entre otras cosas, la imposibilidad de contestar tales preguntas los ha llevado a concluir que Dios existe. Aunque lo llamen de distintas formas y lo conciban de mil maneras, todos hemos concluido que venimos de un Dios Creador. Y las respuestas no están a la mano. Así es que te recomiendo que pasemos a otro tema, no sea que me toquen las doce campanadas."

“Veo que usted conoce el cuento de la Cenicienta," dijo de muy buen humor Rosalinda.

“Así es. Yo tengo la dicha de poder disfrutar de todo lo que la Creación del Padre nos ofrece. Mas dime, ¿Cómo te sientes ahora que no has castigado a nadie con tus apodos ni te has mofado de los fracasos de otros?

“Bien. Muy bien.”

“¿Cómo te sentías antes?”

“Por un lado me asombraba de mi facilidad para encontrar motes que le sentaran bien al prójimo y de mi ingenio para decir las cosas. Pero luego recapacitaba, y sentía remordimientos. Nunca quedé plenamente satisfecha. El día aquél de los quince años de Mina reí como pocas veces del pobre de Quique y de muchos otros más, pero en la noche me sentí mal. Me preguntaba qué habrían pensado de mí esos pobres muchachos. Y me puse a pensar en que me había quedado sin bailar pues se corrió la voz de que en mesa estábamos sentadas las más insoportables señoritas del baile."

“Imagínate ahora que fueras un inteligentísimo ladrón de bancos o que dedicaras a asaltar autobuses y hubieras ideado una muy brillante y efectiva forma de hacerlo. Por un lado, quizás estarías asombrada por tu agudeza y por haber conseguido mucho dinero en esa despreciable profesión. Por otro lado, conociéndote a ti, creo que no podrías dormir tranquila, y que el tratar de gozar de la vida con dinero mal habido no sería para ti satisfactorio."

“Estoy de acuerdo. ¿Pero qué me quiere usted decir con la historia del asaltante?”

“Que Dios te ha dado una herramienta con la puedes obtener tu recompensa al actuar bien y que también te puede avisar cuando no lo haces."

“¿Por qué siempre me habla usted en acertijos? ¡Dígame ya a qué se refiere. Se lo ruego.”

“Piensa en la historia del Buen Samaritano. Jesús nos dice que el caminante que se detiene a ayudar al caído es el mejor de los personajes en la parábola, pero no nos dice que después haya tenido una vida feliz o millonaria.”

“Me hace usted reflexionar que a veces el hacer una buena acción sí trae reconocimientos en esta vida,” contestó Rosalinda. “Un bombero se convierte en un héroe cuando salva la vida de gente atrapada por el fuego de un incendio. Al regresar al pueblo, al bombero se le rinden grandes honores. Igualmente, un pintor que hace un muy buen trabajo y no engaña a sus clientes es probable que tenga trabajo por mucho tiempo, pues se corre la voz. Pero las cosas no son siempre así. Escuché de un buen samaritano que en Orizaba se prestó a sacar a una niña del río y tuvo tan mala fortuna, que pereció ahogado, aunque la niña se salvó.

También conocí a un señor albañil aquí en Tejadillo que siempre fue muy honrado y estimado por todos y que vivió tranquilamente en su casita con su familia. Lo conocíamos como el Maestro Chuchín. Murió ya muy mayor sin haber sufrido nada, de un fulminante ataque al corazón mientras cenaba con su familia. Acababa de dar gracias a Dios por el sustento que de Él recibía y por todas sus bendiciones. Nuestro querido Maestro Chuchín un día confesó a mi papá que cuando se fueron a vivir a Puebla les había ido muy mal económicamente y había tenido que dedicarse a robar casas. Nunca lo atraparon y nosotros jamás dijimos nada. Regresó a Tejadillo y vivió los últimos veinte años de su vida muy en paz. Le dijo a mi papá, sin embargo, que siempre lamentó el haberse convertido en un vulgar ladrón y reconocía que le había hecho mucho daño a la gente cuyas pertenencias tomó. Nada podía hacer pues hubiera sido imposible encontrar a los ultrajados. Este es un ejemplo perfecto de alguien que hizo mucho mal y sin embargo, nunca fue castigado por la vida.”

“Veo que ya entendiste cuál es la herramienta que Dios da que te permite cosechar frutos de tus buenas acciones pero que produce ardor y dolor cuando no te conduces correctamente."

“¡Pero si no le he dicho lo que pienso! ¿Por qué no me confirma cuál es esa herramienta?”

Pero la anciana había desaparecido de la misma manera que en el pasado: inesperadamente, en medio de la conversación y, por supuesto, sin despedirse.

Calaveras

En la escuela de doña Ester se organizaban varias carreras durante el año. De las más importantes era la de Todos Santos, pues en ella competían los alumnos de la escuela contra los de otras escuelas de la montaña, incluyendo las ciudades de Córdoba y Orizaba. La carrera empezaba en la escuela y después de seguir un par de calles empedradas que dificultaban mucho la marcha de los corredores, subía la cuesta por más de tres y medio kilómetros para después llegar al Puerto del Cóndor, en lo más alto de la cumbre. En ese punto se daban los corredores la media vuelta y emprendían la bajada de regreso a la escuela. La justa era de las más difíciles en la región dada la severa subida que llevaba a unas alturas superiores a los dos mil metros sobre el nivel del mar.

Este año se habían inscrito casi 130 alumnos de ambos sexos. Dos grupos eran favoritos: los tejadilleros, por estar acostumbrados al recorrido y por contar con su gente que no cesaba de alentarlos, y los de una escuela orizabeña que tenía los mejores entrenadores de este deporte.

El recorrido de la carrera era uno de los más pintorescos que pudiera haber soñado el más talentoso dibujante. La subida de Tejadillo a Puerto del Cóndor incluía espectaculares vistas del Pico de Orizaba y su eterna compañera, la frecuentemente menospreciada Sierra Negra. También ofrecía vistas espectaculares de los gigantescos cerros y verdes valles propios de la zona. Las casas e iglesias de la comarca, vistas desde Puerto del Cóndor, parecían más bien ser partes de un nacimiento. Se veían también desde ahí los centelleantes reflejos de las vivarachas aguas de ríos y riachuelos, los extendidos cafetales que desde arriba se destacaban por el brillo de sus obscuras hojas, formidables despeñaderos, las ocasionales nubes que a veces estaban arriba de los corredores como para cobijarlos del tenue sol y en otras partes se veían cerro abajo, y la cambiante vegetación que en ciertos tramos parecía recordar las tropicales latitudes por donde serpenteaba el camino, mientras que en otros parajes obsequiaba generosamente la inconfundible fragancia de las coníferas de bosque de altura que siempre cargadas de sus aceitosos y muy extravagantes piñones en esta época del año.

La carrera empezaría a las nueve de la mañana. Se habían organizado varios puestos con plátanos, agua y limonada para los corredores, espaciados aproximadamente cada medio kilómetro entre la escuela de doña Ester y Puerto del Águila.

Faltando media hora para que empezara la competencia, llegó el padre Pepito, a quien se le había pedido que impartiera la tradicional bendición a los atletas y jueces antes de empezar la carrera. Siempre agradable y dicharachero, al padre nunca le faltaba con quién entablar conversación.

Unos minutos después llegó Quique, impulsado en su silla de ruedas por Rosalinda y seguido de cerca por sus padres. La triste noticia era que la lesión vertebral había sido grave y que sería muy difícil que el desafortunado joven pudiera volver a caminar. Al acercarse, todos le rindieron un fuerte aplauso y lo impulsaron con sus gritos, “Ánimo, Quique. Aquí te queremos ver corriendo el año entrante."

Rosalinda había cambiado rotundamente, y era otra. En la escuela se había olvidado de usar sobrenombres. No había perdido el talento, y muchas veces le llegaban a la mente ocurrencias que, en caso de que las hubiera externado, hubieran causado las carcajadas de los alumnos. Pero su lengua, antes viperina, no se usó para tales fines, sino todo lo contrario. En preparación para el Día de Muertos había preparado ingeniosas calaveras a varios de sus compañeros y profesores. Ese año fue el primero en que las escribía, y se propuso utilizar su don para agradar a los demás. Unos días antes habían estado de visita unos turistas españoles con quien Rosalinda pudo platicar pues habían ido a comer a su casa. Les explicó que las calaveras son una tradición muy mexicana: se hace un verso chusco en que se menciona que la Muerte (o la Calaca) llega a recoger a alguna persona, a quien se trata como si hubiera ya fallecido.

En Tejadillo había habido memorables calaveras en le pasado, y algunas aún se recordaban. Una de las más ingeniosas y más fáciles de recordar por su perspicacia era la que uno de los jugadores de frontón del pueblo le dedicara a uno de sus compañeros. El frontón estaba construido aprovechando dos de las paredes de la iglesia de la Virgen de la Montaña, que le daba nombre al barrio donde estaba enclavada. Ahí se reunían grupos que jugaban al frontón a mano y también los que lo hacían con paletas de madera que Javier, el carpintero, vendía a precios muy accesibles y que había copiado de unas palas que años atrás trajera desde España un vasco que vivía en algún pueblo vecino de Tejadillo.

La tan famosa calavera se la habían dedicado al muy apreciado Dr. Caldillo, quien pertenecía al grupo de los palistas. Era, de acuerdo a la opinión de Tejadillo, indudablemente el peor de los jugadores. Y se rumoraba que como médico tampoco servía para mucho. La calavera que se hizo famosa fue la siguiente:

Calavera al doctor Caldillo

De medicina sabía

Lo que de frontón jugaba[1].

Hubo otra que se le compuso en forma sarcástica al cantor de la iglesia, el Maestro Facundo, famoso por sus desafinados cantos con los que devotamente acompañaba la liturgia en la parroquia:

Calavera a don Facundo, Maestro Cantor

Se ha llevado la pelona

al maestro don Facundo

mas no pudo entrar al cielo

nuestro buen bajo profundo.

Quiso cantar con los ángeles

con prontitud y alegría

pero no le fue posible

encontrar la melodía.

Lo mandaron de regreso

y ahora cuando canta el Santo

nunca le atina a las notas

y produce solo llanto.

Tenía la ventaja el buen Facundo de poseer un pésimo oído musical. Creyendo siempre ser el más afinado de cantores del estado, pensó que la calavera era irónica, y no mordaz, así es que quedó muy agradecido por haber sido tomado en cuenta. Toda la gente del pueblo pensó, por el contrario, que la calavera era un retrato fiel del desafinado cantor.

Doña Ester dispuso que las tradicionales calaveras se leyeran un par de días antes del Día de Muertos. Entre las calaveras de Rosalinda que tuvieron más éxito estaban una para el maestro de latín, a quien le causó mucha gracia:

Calavera al Profesor Lucas Santos, Prof. de Latín


No sé si ya no veremos

Al profesor de latín

Pues se lo llevó la flaca

Con todo y su maletín.

Él aquí quería quedarse

Y se resistía a partir

Mas solo en latín hablaba

Con aquel esqueletín

Que nada, nada entendió

Y se lo llevó por fin.

Hizo otra para sus amigos Susana y Toño, que llevaban un par de años de novios y buscaban el menor pretexto para pasar un rato juntos:

Calavera a Susana y Toño

Hoy, después del desayuno

Le tocó en turno a Susana

De recibir la visita

De la indeseable Calaca.

Muy triste estaba la niña

De marcharse esta mañana,

Pero el amable esqueleto

Para no mortificarla

Se llevó también a Toño

Y así logró contentarla.

Don Mariano Marín enseñaba inglés. El maestro había vivido de pequeño en Colorado, al pie de las Montañas Rocallosas, y hablaba perfectamente el idioma de los británicos. De todos era bien sabido que el profesor se comunicaba perfectamente con los turistas americanos que solían visitar Tejadillo. Siempre había dicho en clase que una de las variaciones del inglés más difíciles de entender era la que se habla en algunos barrios de Londres. Rosalinda le compuso estos versos al muy estimado don Mariano:

Calavera a don Mariano Marín

Llegó una calaca inglesa

para llevarse al maestro.

Tuvo suerte don Mariano,

pues el horrible esqueleto

le habló con inglés de Londres

y don Mariano, perplejo,

se quedó sin entender

lo que le dijo el enteco.

Y, así, la flaca huesuda

Le dijo, “Mejor te dejo."

Discurso de Todos Santos

Regresemos a la narración de lo que le sucedía a Quique esa mañana en el punto de reunión donde daría inicio la carrera de Todos Santos. Emocionado por los aplausos, pidió Quique la palabra desde su silla de ruedas. Los presentes guardaron un muy respetuoso silencio.

“¡Amigos todos! Quiero que sepan,” inició su discurso Quique, “que les estoy muy agradecido por sus deseos, por sus cartas, por llevar comida y postres a la casa y por sus oraciones. ¡Nunca me había sentido tan consentido! Me dicen que estuve varios días inconsciente, y lo creo, aunque no tengo ninguna memoria de nada de lo que me pasó. Lo primero que recuerdo es oír la voz de Rosalinda leyéndome un soneto que yo había escrito, aunque con alguno que otro cambio llevado a cabo sin tener derechos de autor."

Rieron muchos ante el comentario pues ya se conocía el hecho de que Rosalinda había adecuado el precioso soneto de Quique para que pareciera como si fuera escrito por ella. Al enterarse del plagio, el profesor de literatura había dicho que admiraba los cambios pues todos eran muy buenos, aunque reprobaba el hecho de que el segundo soneto fuera copiado del primero. También dijo que, sin embargo, en cosas de novios él prefería no inmiscuirse.

Siguieron las palabras de Quique. “A nadie se le ha dicho nada del gris diagnóstico que recibieron primero mis papás y luego yo, cuando desperté. Los magníficos doctores de Córdoba opinaron que la rama me afectó la columna vertebral. Del día de la carrera me acuerdo que iba en primer lugar y que me torcí tobillo cuando me resbalé en la subida. Como pude, acabé de escalar la cuesta y casi me arrastré hasta el campo de fútbol. Cuando los vi grité que no me ayudaran pues quería terminar la carrera. Lo demás ya no recuerdo, pero sé que los doctores dictaron la sentencia de que yo no voy caminar jamás. Las lesiones graves de la columna son irreversibles.”

La gente guardó silencio, pero sus semblantes reflejaban la pena y compasión que sentían por Quique. Se escucharon los discretos sollozos de varias personas.

“Les comparto que no guardo rencor a la vida. El accidente me ha servido para hacer mi relación con mis queridos papás mucho más cercana que antes. Además, creo que no se ha puesto ningún apodo en la escuela desde hace varias semanas."

Rió Rosalinda ante la ocurrencia de Quique, mientras que algunos alumnos, también sonrientes, aplaudieron.

“Yo no sé si pueda correr la carrera de aquí a un año. Siempre me ha costado mucho trabajo subir hasta Puerto del Águila. Pero si alguien me va a empujar en esta silla hasta arriba, la ventaja es que podríamos bajar muy rápidamente y seguramente ganaríamos, con tal de que no se le quemen los frenos a este artefacto."

Aplaudieron todos para expresar su solidaridad.

“Lo que sí sé es que quisiera saber es qué se siente terminar la carrera. Quiero que me lleven al árbol que me cayó encima y desde ahí recorrer los últimos metros a la línea de meta."

Intervino Rosalinda, “Vamos Quique. Yo te ayudo."

Empujado por su novia y seguido también de sus padres y muchos de los presentes, llegó Quique en su silla de ruedas al pie del árbol que lo había lesionado tan gravemente.

Ahí, desafiante, Quique desabrochó el cinturón que lo sujetaba a la silla.

“¿Qué haces?,” preguntó su madre, con una muy visible preocupación.

Pero Quique no contestó. En silencio, y ante el estupor de todos, Quique hizo un visible esfuerzo y se puso de pie. Se oyeron exclamaciones de admiración y asombro de la concurrencia.

Al ver la patente inestabilidad de Quique, se acercaron Rosalinda y sus padres con la intención de prestarle ayuda.

“Atrás,” les dijo Quique. “Les dije que quería acabar la carrera de San Gabriel y lo voy a hacer como les pedí aquel día: solo y sin la ayuda de nadie."

“¡No, Quique! Dijeron en Córdoba que no ibas a poder caminar y que además tuvieras mucho cuidado por la falta de sensibilidad," lo amonestó don Enrique.

“Déjenme."

“¡No, hijo!”, gritó su madre, pero Quique no le prestó la menor atención.

Haciendo un visible esfuerzo, Quique dio un paso. La gente guardaba silencio pero se oyó un apasionado aplauso, en señal inequívoca de aliento. Muchos lloraron abiertamente. Un par de señoras que estaban de pie cerca del padre Pepito, le dijeron: “Estamos presenciando un milagro." Rosalinda y doña Anilú estaban inmóviles, como petrificadas por la emoción. Don Enrique continuaba guardando una mínima distancia de solo unos centímetros de su hijo y estaba listo para ayudarlo en caso de que perdiera el equilibrio.

El segundo paso fue más fácil, aunque también titubeante. Seguían los atronadores aplausos y los llantos de muchos.

Alguien gritó otra vez al padre, “Padre Pepito, esto es un milagro," pero nada respondió el padre, quien muy emocionado, seguía el drama con la mirada mientras tomaba en sus manos un gran crucifijo que llevaba sobre su pecho colgado de un rosario con cuentas de madera.

“¡Vamos, Quique, vamos!", fue el grito colectivo que se propagó en unos momentos. Dio Quique unos cuantos pasos más.

Alguien gritó: “Ya llevas cinco pasos, Quique. Te los vamos a contar para que te acuerdes de este triunfo."

Cada nuevo paso fue coreado al unísono por todos: ¡Seis!, ¡Siete!, y así hasta llevar a veinte. Cuando estaba a unos cuantos centímetros de la línea de llegada, alguien produjo un listón que seguramente sería usado en la carrera que ese día tendría lugar. Se le pidió a un par de niñas que extendieran el listón para que Quique lo tomara cuando pisara la raya de llegada.

Los gran cantidad de gente de otros pueblos que visitaban Tejadillo ese día se acercó al oír la gran algarabía. Al ver la silla vacía y al tambaleante joven intuyeron la belleza del sublime drama que se desarrollaba ante sus ojos y se sumaron a quienes gritaban, aplaudían y animaban a Quique.

Cuando al fin cruzó la meta, Quique lloró emocionado, ante una cerrada ovación que duró varios minutos. Todos querían abrazarlo. Se escucharon vítores y palabras de felicitación.

Fue ésa la primera ocasión en que la carrera de Todos Santos no empezara a tiempo, pues tuvo que retrasarse algunos minutos debido a la conmoción originada por la heroica caminata de Quique que además sirvió para disipar cualquier duda pudiera albergarse en la mente de nadie acerca de su movilidad.

Visita al hospital de Córdoba

Tanto la muy sonada recuperación de Quique como su noviazgo con Rosalinda siguieron adelante. En un principio, sus lentas caminatas le ocasionaban un pronunciado cansancio. Pero con mucha determinación de su parte y de quienes lo ayudaban, la silla de ruedas pasó a ser algo del pasado. El caminar de Quique se volvió cada vez normal.

En el gran hospital cordobés los doctores mostraron inicialmente incredulidad ante la noticia de que Quique hubiera caminado varios pasos. Pocas dudas les quedaron a los médicos de que la recuperación de Quique fuera real cuando lo examinaron y confirmaron que era muy probable que en un futuro no muy lejano Quique caminaría sin mostrar ninguna secuela.

Siempre asombraba a don Enrique la amabilidad de los cordobeses para con la gente de fuera. Ese día habían llegado a Córdoba un poco después del mediodía en el coche de don Enrique. La zona del hospital tenía mucho tráfico y en ella era muy difícil encontrar donde estacionarse. Desesperado, colocó su coche en doble fila enfrente a la entrada al hospital para que se bajaran doña Anilú y Quique. Cuando don Enrique cerraba la puertas del coche que daban al hospital, pasó caminando un señor de unos setenta y tantos años quien, al percibir la visible angustia de don Enrique, le ofreció ayuda. Contestó don Enrique: “Gracias, Señor, pero en nada me puede ayudar. Mi problema es que no tengo donde estacionarme y me urge subir a ver al doctor. Mi hijo estuvo muy grave y tiene consulta en quince minutos en el cuarto piso.”

El señor le contestó, “Mire. Yo vivo a una cuadra del hospital, aquí arriba, en la acera de enfrente. Mi casa es esa blanca, de dos pisos, con un balcón que ve hacia el hospital. Lo que tiene usted que hacer es dejar su coche enfrente a mi casa, ahí donde dice que está prohibido. A mí ya no me gusta manejar y no voy a salir y mis hijos no me va a venirme a visitar hasta que den las cinco de la tarde. Usted deje su coche ahí, vea al doctor, y solo le pido que a esas horas nos deje libre la entrada del garage para que pueda pasar mis hijos. Le voy a explicar cómo dar la vuelta pues estamos en contra del sentido de esta avenida. Para cuando usted llegue enfrente a mi casa, yo estaré ahí para confirmarle cuál es la cochera donde se puede usted quedar.” Así lo hicieron.

Cuenta don Enrique que a eso de las tres de la tarde, cuando terminó la visita al hospital y las buenas noticias de la recuperación de Quique se habían confirmado, fueron a buscar su coche. El amable señor en esos momentos alimentaba a un grupo de hambrientas palomas en la terraza de su casa. Los pichones se le acercaban sin tenerle temor alguno, especialmente uno que se distinguía por tener sus plumas ensortijadas, como si fuera de alguna otra raza. Don Enrique y su familia aprovecharon para dar las gracias al señor por su amabilidad. Ya sin prisa, platicaron un poco y el señor les reveló que en realidad tenía 91 años de edad. “Lejos de quejarme del hospital, me da gusto que preste tan buen servicio y aparte, fíjese la cantidad de gente a la que le da sustento,” dijo el señor, quien al enterarse de la increíble historia de la recuperación de Quique los felicitó y les regaló varias de las dulcísimas naranjas que crecían en su jardín.

Quique y sus padres regresaron a Tejadillo muy contentos, pues la visita al hospital no podía haber sido más satisfactoria.

Rosalinda estaba feliz al recibir la noticia. Esa tarde aprovechó la primera oportunidad para platicarle a Quique lo que había averiguado de la verdadera identidad de G.M. Bruño. Quique se mostró sumamente agradecido y le dijo que era muy satisfactorio poder resolver un misterio tan antiguo y del que pocos se habían jamás preocupado.

“Hablando de misterios," dijo Rosalinda, “quiero que sepas que hay otro mucho más reciente que me tiene asombrada. Y le confió a Quique sus experiencias con la anciana que había visto varias veces al otro lado de la ventana.

Quique sugirió que quizás la viejecita habría sido solamente un sueño, pues sus visitas siempre habían coincidido con las horas en que Rosalinda debería estar durmiendo: “No lo sé, Rosalinda. Lo importante es que los consejos que te dio la señora, ya sea desde la ventana o en tus sueños, nos fueron de mucha ayuda y contribuyeron a que nos hiciéramos novios. Y además, te dio clases de teología y filosofía que, a mi modo de ver, tienen más sentido que lo que cualquiera de las teorías de doña Ester ."

“Así es. Fíjate, Quique, que no me costó mucho trabajo descifrar el acertijo que me dejó la última vez, cuando me dijo que Dios nos había dado el poder de obtener recompensas cuando hacemos el bien: se trata de nuestra conciencia."

“Coincido contigo en que ésa es la llave de que hablaba la anciana," contestó Quique. “Si haces algo bueno, vas a sentir una satisfacción personal muy grande y tendrás la conciencia limpia. La vida, que es impredecible, se encargará de darte dichas o penas personales en el futuro. Las decisiones que carecen de bondad pueden a veces traer beneficios terrenales, pero nuestra conciencia nos orillará a sentir remordimiento y arrepentimiento."

“Me fascina estar contigo y además poder platicar todo lo que queramos de tan profundos temas," contestó Rosalinda antes de marcharse a casa sin imaginar que por un tiempo estaría sin poder hablar con Quique.

Penitencia

Una mañana de principios de diciembre Don Enrique tenía planeado salir de viaje a Huatusco, a atender un asunto relacionado con el café. Aunque la distancia de Tejadillo a Huatusco rayaba en los 60 kilómetros, casi siempre se hacía más de una hora de camino por lo accidentado de la carretera. El conductor tenía que sortear mil curvas y barrancos y tratar de no distraerse con los maravillosos paisajes y mágicas poblaciones como San Juan Coscomatepec, que con sus sobrias iglesias y casas de coloreadas de brillantes tonos y rojizos tejados interrumpían el verde infinito de las onduladas colinas que como olas gigantescas parecen subir al imponente volcán.

Doña Anilú y don Enrique se había despertado temprano ese día y hablaban en voz baja para no despertar a Quique.

“Yo estoy feliz al ver la recuperación de Quique. No puedo creer lo que ven mis ojos," dijo doña Anilú.

“Pues yo creo que de aquí a un año estará corriendo la carrera de Todos Santos. No importa que se quede a medio camino," dijo un muy alegre don Enrique, soltando una retumbante carcajada que delataba su jubiloso sentir.

“¡Enrique! ¡Vas a despertar al niño!." Doña Anilú seguía refiriéndose a su hijo como el niño, y muchos pensaban que nunca dejaría de llamarlo así.

“¡Que va! Podría pasarnos el tren aquí enfrente y él seguiría profundo. Ya quisiera yo poder dormir así."

Siguieron platicando los señores, sin percatarse de que Quique en efecto se había despertado al oír las voces de sus padres en la cocina. El muchacho decidió incorporarse pues estaban en época de exámenes y en un par de días tendría que presentar uno bastante difícil en la clase de lógica. Caminando con una casi imperceptible inseguridad que cada día tendía a desaparecer más y más, se dirigió a la todavía obscura sala. Se sentó en uno de los mullidos sillones y cerrando los ojos trató de recordar las reglas de lógica que seguramente tendría que utilizar en el examen. El muchacho deseaba concentrarse pero vio interrumpido su estudio al escuchar la voz de su padre que conducida por las altas bóvedas de la casa colonial, fácilmente viajaba desde el comedor: “Más vale salir temprano y así no llegar tarde a este tan importante compromiso. ¡Qué sabroso café compraste, Anilú! ¿Es el de Coatepec?”

“No Enrique. Este viene desde Tlatlauqui. Es café de las altas montañas de Puebla. Muy fino y dulce me parece. Y dicen que el paisaje es muy bonito por allá también. Mira el calendario que nos regalaron."

El calendario mostraba un inmenso plantío de café, con los arbustos todos en flor, pintando de blanco las verdes colinas de la montaña poblana.

“¡Vaya que está bueno!,” exclamó don Enrique. “Y viendo esos cafetales, deberé admitir de hoy en adelante que hay otros estados de la república que también son bonitos." El exquisito café había animado mucho a don Enrique, que rió sonoramente. “Yo creo que amerita otra tacita, sobretodo hoy que amaneció tan frío."

A Quique le divertía la plática de su papá. Siempre orgulloso de su querido pueblo y de su natal Veracruz, jamás había admitido en público que otros parajes que no fueran veracruzanos pudieran tener atractivo alguno. Pensó que este día debería marcarse en el calendario para conmemorar la rara admisión de su papá, y que si en un futuro llegara a conocer al productor de ese tan especial café, tendría que comentarle el tan señalado efecto que su aromática mezcla había producido en don Enrique.

Se sirvió don Enrique su segunda taza y regresó al asunto del convaleciente Quique: “¡Qué bien le ha caído a Quique el noviazgo con Rosalinda!”

“Yo estoy feliz. ¡Es tan buena muchachita...!”

“A mí me cae muy bien la muchachita, y es muy guapa. Espero que duren así por mucho tiempo, aunque yo todavía dudo si ella lo hace en forma auténtica o solo de penitencia."

“¿Cómo que de penitencia?”

“Te dije que yo la vi salir del confesionario después de una larga sesión con el padre Pepito en los días después del accidente de Quique."

Las palabras de don Enrique causaron una fuerte consternación en Quique, quien inmediatamente había desechado su estudio de las reglas de lógica.

“Yo estoy seguro de que de tanto burlarse de mi hijo, el padre le pidió de penitencia que lo atendiera en su recuperación. Una vez que acabe de recuperarse, Rosalinda se va a cansar y no vamos a volver a ver."

“¡Por favor, Enrique...!," fueron las pocas palabras de reproche de doña Anilú que escuchó Quique antes de bloquear la conversación. Varios sentimientos encontrados invadieron su corazón. No podía creer crueldad de las palabras de su padre. Sería imposible que una mujer capaz de cambiar un soneto con tanta delicadeza estuviera llena de falsedad. Nadie que lo cuidara e impulsara tanto lo haría a menos de que estuviera genuinamente preocupada por él. Pero es muy distinto preocuparse por alguien que quererlo, pensó.

Lóbregas elucubraciones y sórdidas dudas tan densas como la aplomada neblina que envolvía con su atribulado y tenebroso manto a Tejadillo invadían la mente del confundido muchacho, quien pensaba para sí, “La misteriosa anciana convenció a Rosalinda de que nuestra conciencia nos dará amplias satisfacciones al hacer el bien. ¿Y si todo lo que ha hecho por mi Rosalinda es solo para sentirse bien? Creo que mi convalecencia ha sido tan rápida como inesperada. Mucho del mérito, con toda justicia, se le debe atribuir a Rosalinda. ¿Será que lo hace solo para sentirse bien consigo misma?

¿O será que el padre de Pepito, en lugar de darle de penitencia el rezar un rosario, le impuso la tarea de cuidarme? Sé que de nada me serviría hablar con el padre, porque tiene que guardar en secreto los pecados que se escuchan en el sacramento. ¿Pero no le podré preguntar de sus penitencias? Quizás lo pudiera averiguar indirectamente. Le podría preguntar si alguna vez sus penitencias incluyen acciones que vayan más allá de los rezos. Pero no creo que me lo conteste. Y a mí personalmente ya me ha pedido que de penitencia me vaya a visitar a los enfermos y a mis ancianas tías.

Entre acertijo y acertijo, la anciana dejó claro que lo importante es el ser un buen samaritano y saber lo que está en tu corazón. ¿Será posible que la intención de Rosalinda sea estrictamente el darme la mano? ¿O será que de verdad está enamorada de mí, como lo dijo en su modificado soneto? He oído muchas veces decir a mi padre que el engañado es siempre el último en saberlo, especialmente en cosas de amores. ¿Será que he estado viviendo una trágica y desagradable fantasía?

No tengo a quién acudir. Ya sé la opinión de mi papá, y si algo he aprendido en mis dieciocho años es que tiene mucha sabiduría en sus juicios. Por algo le ha ido tan bien en sus negocios. Mi mamá, por el contrario, tratará de suavizar las cosas y seguramente me dirá que Rosalinda está perdidamente enamorada de mí. Ella sabe también lo importante que ha sido para mí el sentir el cariño de Rosalinda en mi recuperación. Mi mamá jamás admitiría que hubiera alguna falsedad en mi noviazgo, aunque ella sospechara lo contrario."

Decidió por el momento guardar para sí mismo sus sentimientos de honda consternación y abatimiento. Se incorporó del sillón y, en silencio, intentó regresar a su habitación. Las piernas no le respondieron como esperaba, y dando un tropezón, cayó en la gruesa y acolchonada alfombra que cubría las frías baldosas de la sala. Sus padres seguían enfrascados en su conversación y no escucharon el ruido producido por Quique al caer. El muchacho se incorporó y con pasos trémulos y cada vez más desconfiados llegó a su cama, donde por horas pretendió dormir mientras se revolcaba en la cama invadido por desolados y muy descorazonados sentimientos.

La merienda

Esa tarde, como se había vuelto ya su costumbre, Rosalinda esperaba a Quique para convidarle una merienda. Había comprado varias piezas de pan de dulce que en un antiquísimo horno de leña elaboraba don Juanelo en su panadería. Sabía que Quique manifestaba una marcada predilección por las conchas y que a veces, cuando nadie lo veía, pellizcaba estos tradicionales panes para robarles las partes azucaradas que los recubren. “Nada importa con tal de que se recupere,” pensaba Rosalinda. Sabía que si le preguntaba a Quique si él había mordisqueado las conchas, la respuesta sería, “Ya no las saben hacer como antes. Se les cae la azúcar," o algo por el estilo.

Le extrañó mucho a Rosalinda que en el campanario doblaran las seis de la tarde y que Quique no llegara, pues era muy puntual. Dejó pasar varios minutos y decidió ir a buscarlo a casa.

Quedaba muy poca claridad esa tarde opacada por la engrosada neblina que había sumido al pueblo en tempranas penumbras. Era difícil ver más allá de un par de metros, pero no impidió esto el que Rosalinda recorriera las tres calles que separaban su casa de la de don Enrique en unos cuantos minutos.

Atormentada por la tardanza de Quique y por el húmedo frío que parecía penetrar hasta los huesos, encontró el portón del zaguán cerrado. Sorprendida, pues el zaguán de la casona se conservaba casi siempre abierto desde que Quique había logrado despertar de su inconsciencia, dio varios golpes a la aldaba.

Salió doña Anilú a recibirla: “Fíjate, Rosalinda, que Quique no se siente bien y lamenta no poder recibirte."

“Doña Anilú, no importa lo que tenga Quique, yo quiero verlo. Me preocupa mucho lo que usted me dice. ¿Le pasó algo?”

Dudó un poco la señora, gesto que no pasó desapercibido a Rosalinda. “Está bien. Pero me exigió que no dejara entrar a nadie, incluyéndote a ti. No sé lo que pasó, pero no se ha levantado en todo el día y me hizo jurarle que no te dejara pasar. Créeme que lo siento mucho. Tú sabes que en estos meses he aprendido a apreciarte como si fueras de la familia. Pero hoy no quisiera contrariarlo."

“Gracias por sus palabras, doña Anilú. Me voy con mucha preocupación y solo porque usted me lo pide, que si por mí fuera me brincaría la barda y a escondidas vendría a visitar a Quique."

“No lo hagas, Rosalinda. Todo va a estar muy bien."

Al regresar don Enrique esa noche de su viaje a Huatusco, se encontró con una muy angustiada doña Anilú: “Quique no se ha levantado en todo el día. Sigue en su cama y no ha querido comer. No sé qué le pasó. Lo único que me dijo en todo el día es que no quería ver a nadie y que no dejara pasar a Rosalinda si viniera. Así lo hice, y fue un asunto muy penoso. No sé si quieras hablar con él."

Inútil fue que don Enrique tratara de hablar con Quique. Les causó luego consternación ver que caminaba lastimosamente y que parecía haber ocurrido un retroceso en su convalecencia.

En nada mejoró la atribulada situación en la siguiente semana. Se negó a ver a Rosalinda y las conversaciones con sus padres se limitaban a un mínimo. Rosalinda había llamado al portón de don Enrique en repetidas ocasiones sin obtener respuesta mas que en un par de veces en las que doña Anilú Doña se limitaba a decir, “Mi hijo se siente muy mal y no quiere vernos ni siquiera a nosotros."

Pasaron nueve día de que Quique se impusiera a sí mismo su pronunciado ostracismo. Un muy preocupado don Enrique se había marchado a atender algún negocio que tenía en Tequila, un alegre pueblecito cercano a Orizaba de muy similares características a Tejadillo. Don Enrique no regresaría a casa hasta muy caída la noche.

A media mañana se presentó Rosalinda a la casa de Quique. Encontró la puerta del zaguán abierta, y estaba a punto de tocar una campanita que había en la ensortijada y muy adornada y pesada reja de hierro forjado que separaba al zaguán de la casa, cuando se percató de que la reja estaba entreabierta. Sintiéndose prácticamente en casa, pasó a la cocina, donde esperaba encontrar a doña Anilú pues se respiraba un muy atractivo aroma que delataba el hervor de frijoles negros preparados con cebolla, ajo y epazote.

Un buen susto pegó a la señora la aparición de Rosalinda, quien se disculpó, “¡Doña Anilú! Vi el zaguán y la puerta abiertos, por lo pasé, aunque creo que debí haberla llamado."

“No te preocupes, hija. Estás en tu casa. Aquí seguimos. Todo igual, o quizás un poquito peor, pues le cuesta más trabajo caminar."

“Mire, doña Anilú. Voy a entrar a la habitación de Quique haré que se levante de una forma o de otra."

“Pero ya ves que eso de que las novias visiten al enamorado en su habitación no es bien visto."

“Aquí no habrá ningunos novios si siguen así las cosas. Yo vengo en calidad de amiga de la familia que tiene que ver al enfermo. Déjeme usted hacerlo. Quédese aquí. ¡Tiene usted el pretexto de que se le pueden quemar los frijoles!”

Estimó la señora la conveniencia de dejar pasar a Rosalinda. La situación con Quique era desesperada y parecía empeorar su situación día a día. “Pues pasa, hija. ¡Que todo sea para lo mejor!"

Entró Rosalinda a la habitación de Quique, quien estaba tranquilamente leyendo uno de los libros de G.M. Bruño, acostado en su cama.

“¿Qué te pasa, Quique?”

“Uno de los libros que me regalaste tiene la historia de Cundinamarca, en Colombia. Está de verdad muy interesante."

Tomó el libro Rosalinda y sujetándolo fuertemente, contestó: “¡Quique! No he venido aquí para hablar de tus libros. ¿Qué te pasa?”

“No tenía ganas de ver a nadie."

“¿Por qué? Eso es lo que te estoy preguntando."

“Pues no se me pegaba la gana."

“No seas grosero conmigo, Quique. A propósito, no fuiste a la escuela a presentar el examen de lógica."

“Mis papás le avisaron al profesor que había yo tenido una recaída y muy amablemente prometió darme otra oportunidad después de las vacaciones de Navidad."

“¿Y por qué no me habías dicho de la recaída? ¿No ves que me ha estado matando la preocupación no saber ni que es lo que te ha pegado?”

“Es que realmente no tenía ninguna recaída. Puedo caminar."

“Enséñame."

“Se levantó Quique y caminó unos atolondrados pasos, y ante la preocupación de Rosalinda, su andar fue torpe y atropellado."

No quiso decir nada la chica, pero su cara apenada la delató.

“Ya te diste cuenta de que estoy peor," dijo Quique.

“Te pregunto otra vez: por qué no me dejaste venir a verte?”

“Porque creo que lo haces solamente porque te doy lástima."

“¿Cómo te atreves a decir eso?," dijo con mucha frustración Rosalinda.

“Creo que lo haces solo para cumplir con alguna penitencia."

Tanta rabia e impotencia siento Rosalinda, que arrojó el viejo libro de Bruño al suelo, y solo por casualidad no terminó desencuadernándose.

“¿Quién te ha metido tantas ideas en la cabeza? Tú tenías torcido un tobillo y estabas malo de la espalda, pero en nada había sufrido tu testaruda cabeza. Eres un insolente y malagradecido. ¿Cómo me puedes pagar así todo lo que he hecho?”

“Te estoy muy agradecido y lo estaré toda la vida. Tus cuidados me ayudaron muchísimo a caminar otra vez. No creo que hubiera podido hacerlo si no fuera por ti.

“Y entonces, ¿Por qué me dices que estoy cumpliendo con una penitencia?”

“Me enteré de que el día que me cayó la rama encima, me gritaste cosas muy feas. No sabía que eso había pasado."

“Es cierto y me arrepentí de ello en el momento en que lo dije. Fue todo horrible, porque un momento después se desgajó la rama. Tú sabes que era yo muy cruel contigo y ese día escogí el peor momento para hacerme la chistosa. Sigo muy arrepentida y todavía no puedo creer que haya sido tan torpe."

“Pero no te preocupes de eso, que desde cuando te he perdonado lo de los apodos y burlas. Ese no es el problema y no te preocupes de nada."

“Pues entonces, Quique, ¿Cuál es? Porque te lo juro que ese mismo día fui a la parroquia a confesarme, que tan mal me sentía. Y me dio el padre Pepito una de las confesiones más bellas de mi vida."

“Supe que habías estado en la iglesia. Alguien me lo mencionó.”

“¿Qué tiene de malo que me haya ido a confesar?”

“Eso nada. Creo que lo malo fue la penitencia.”

“¿Qué sabes tú de mi penitencia?”

“Creo que te pidieron que me cuidaras."

“Estás muy equivocado. Pero no tengo por qué ofrecerte explicaciones."

“Rosalinda, también pienso en las enseñanzas de la misteriosa anciana que dices que te visitaba. Te dijo que al hacer algo bueno sería tu propia conciencia quien te recompensara. Sé que en la escuela ya no te burlas de los demás y tú misma me has dicho que te sientes muy bien por ello. Pero, ¿Acaso al cuidarme en mi difícil convalecencia no sentiste la satisfacción de haber hecho algo bueno?”

“Claro que me siento muy satisfecha de haberte ayudado. ¿A qué viene tu comentario? ¡Explícate!."

“¿Era esa la única razón por la que lo hiciste?”

“¿Cuál otra razón habría?”

“¿Pero tú que crees?”

“¡Que soy tu novia! ¡Claro que sí! Porque la verdad es que cuando tenías trece años no tenías mucho chiste, pero últimamente me empezaste a llamar la atención, y al venirte a ver para pedirte perdón por fin me di cuenta de lo bueno que eres y lo valioso que es para mí el tiempo que paso contigo. Y aparte, eres bastante guapetón, tontito.”

“¿Y eso de que parecía zopilote mojado?," dijo un poco más tranquilo Quique.

“¡Pero muy guapo!”, contestó sonriente Rosalinda, coqueta. Pero su intento de aminorar la intensidad de la conversación fue fallido.

Insistió entonces Quique, muy serio. “Pues me quedan dudas. ¿Cómo estar seguro de que de verdad me quieres cuando quizás lo hagas por cumplir una penitencia o solo por tener limpia la conciencia."

“Eres imposible, Quique. No puedo creer que me estés insultando de esta manera. ¿Es que no ves cómo te quiero? Cuando te sientas mejor, me avisas. Ya no encuentro más formas de decirte lo mucho que te quiero. Creo necesitamos un descansito." Y salió de la habitación, frustrada por las razones de Quique y sin saber ya qué decirle. Con la voz entrecortada, le agradeció a doña Anilú sus atenciones y se marchó apresuradamente.

El Manantial de las Virtudes

Habían dado inicio las vacaciones navideñas en la escuela de doña Ester y pasaron los varios días sin que Rosalinda saliera de su casa ni Quique de su habitación.

La salud de Quique había empeorado considerablemente. Caminaba ahora solamente con la ayuda de un bastón y se quejaba al hacerlo de fuertes dolores de espalda. Se había encorvado un poco para abatir y prevenir el dolor. Sin poner ningún cuidado en su persona y sin comer casi nada, parecía haber envejecido. Sus ojos se mostraban apagados y amarillentos y su semblante había palidecido.

Don Enrique y doña Anilú estaban sumamente preocupados. Habían traído a casa a un eminente traumatólogo de Orizaba, quien después de ver a Quique y examinar las radiografías que la familia había traído desde Córdoba determinó que no había malo con el muchacho.

Rosalinda había pasado unos días angustiosos, pues se preocupaba por la salud de Quique y fervientemente deseaba su más pronta recuperación, aunque en su corazón se albergaba un empedernido resentimiento por haber sido acusada de ayudar a su novio solamente por la conveniencia de sentirse útil.

Todas las noches, abría Rosalinda su ventana y se acurrucaba entre las macetas del alféizar, desde donde observaba la señorial torre de la parroquia. Estaba esperanzada en que la anciana visitante hiciera su aparición pues deseaba pedirle consejo, aunque recordaba que la buena señora se había despedido--muy a su manera--la última vez que se habían visto.

En vano pasaron seis días desde que había visto a Quique. La ansiada visita no tenía lugar. Muy entrada la noche, se recostó en su cama dispuesta a hacer sus oraciones vespertinas. Sin poder conciliar el sueño, regresó a la ventana y se dedicó a examinar las diminutas flores en durante el día se habían abierto. “Qué bonitas flores. Cada una es distinta. Unas son blancas, otras anaranjadas, otras tienen varios colores. Éstas tienen todas cinco pétalos. A aquéllas es imposible contárselos de tantos que tienen. Pero a ninguna de ellas le da insomnio y ninguna parece tener preocupación alguna. ¡Quién fuera una de las florecitas!”. Esos pensamientos la ocupaban cuando oyó la voz de la viejecita: “Te veo un poco alicaída, Rosalinda."

Como pudo, Rosalinda suprimió un grito de alegría y corrió a la ventana. Cuando empezó a relatar lo que había ocurrido con Quique, la anciana la detuvo: “Sé exactamente todo lo que pasó. Y sé que estás desesperada. También sé que has rezado mucho por la salud de Quique y por el futuro de este noviazgo. Aquí te doy mi consejo."

Cinco minutos después, la anciana había desaparecido, otra vez sin despedirse.

Unos días después, con la ayuda de una amiga, Rosalinda hizo llegar a Quique una breve carta donde le decía: “Te veo en el árbol en punto de las 8 de la mañana del día 25, para arreglar todo. Te quiero mucho."

La celebración de la Nochebuena era legendaria en Tejadillo. La mayoría de las familias no empezaban la cena navideña hasta después de la media noche, y era común el ver a la gente caminar de regreso a su casa un poco antes de que saliera el sol.

La famila de Rosalinda no era la excepción y tenía planeada una cena especial. Los padres de Quique decidieron cancelar cualquier plan de celebración de la fiesta navideña. Quique estaba ansioso por reencontrarse con Rosalinda. Había pasado una tremenda agonía durante la última semana. Reconoció que había ofendido a Rosalinda y muchas ansias tenía de pedirle perdón. Pero muchas dudas lo asaltaban acerca de la autenticidad de los sentimientos de la muchacha. Al recibir la nota enviada por Rosalinda se sintió esperanzado de que Rosalinda hubiera ya encontrado una forma de demostrar en forma irrefutable su cariño.

Nunca estaban las calles tan desiertas en Tejadillo como en la mañana del 25 de diciembre, cuando la gente descansaba de la larga y animada reunión navideña.

Aparte de algún borrachín que hubiera encontrado refugio bajo uno de los árboles de la plaza principal y que quizás despertaría con los rayos del tibio sol a media mañana, el pueblo se hallaba en absoluto reposo. Solo dos almas habían salido a la calle después del gélido amanecer.

Había entrado un norte muy fuerte a Tejadillo que esa mañana navideña había hecho que bajara una muy pesada niebla. Rosalinda fue la primera en salir. A las siete y media de la mañana se marchó de su casa llevando un sobre sellado, de color rosado. Caminó a la escuela. Colocó el sobre rosado al pie del árbol cuya rama había aplastado a Quique. Aunque no soplaba nada de viento, usó alguna piedra para anclar el sobre y que no se volara y con otras veinte piedras hizo el dibujo de una flecha cuya punta lo señalaba. Rosalinda quedó convencida de que el sobre sería encontrado por Quique. En menos de diez minutos llegó la muchacha a su casa, donde permanecería por un rato, pues no tenía la menor intención de acudir a la cita al pie del árbol.

Caminando con dificultad, Quique llegó al fatídico árbol a las ocho en punto. Se decepcionó al no encontrar a Rosalinda y decidió esperarla. No tardó mucho en ver la flecha de piedras que apuntaba a un sobre rosado que estaba en el suelo bajo una piedra de mayor tamaño. Recogió el sobre que portaba grandes letras de molde con la leyenda G.M. Bruño. “Solo a Rosalinda se le podría ocurrir esto," pensó. Aunque no llovía, la neblina producía una pegajosa y fría humedad que mojaba todo que lo que sus tentáculos algodonados tocaban. El sobre no estaba muy mojado y Quique calculó que Rosalinda lo había dejado unos minutos antes.

Sin dudar en ningún momento que el sobre fuera para él, lo abrió. Las palabras de Rosalinda eran claras:

Si te hubiera cuidado solamente por hacer algo bueno así lo hubiera hecho, pero jamás te hubiera dicho que te quiero. Si no te quisiera y aún así te hablara con palabras amorosas, hubiera yo sido culpable de ocasionar un gravísimo engaño que yo tendría que cargar en mi conciencia. Piensa en esto, Quique. El decirte una mentira que alguien llamaría ‘piadosa’, solo para que te recuperaras, no hubiera si lo correcto.

La penitencia que me dio el padre Pepito fue que ofreciera mi siguiente comunión por todos a quien hubiera yo ofendido. Así lo hice, y por quien más pedí fue por ti. Estabas en en hospital de Córdoba, inconsciente, lastimado e indefenso. Al tomar la comunión, sentí mucha paz por haber sido ya perdonada por Dios. Me faltaba, sin embargo, conseguir tu perdón. Me lo diste generosamente. Y finalmente me di cuenta de que lo que por tí sentía no era solamente cierta simpatía como la que se siente por los amigos, sino mucho más que eso. No lo pude ya negar. Te quiero y te quiero mucho. El mentirte ahora sería un gravísimo pecado, peor que cualquiera que haya yo cometido en mi vida.

¿Qué más pruebas quieres? Te habla la voz de mi conciencia.

Te veo en el Manantial de las Virtudes a las 8:30, pero no te voy a esperar más pues ya estoy cansada de que dudes de mí.

Te quiero mucho.

Rosalinda

El Manantial de las Virtudes estaba cuesta arriba y se llegaba a él caminando por estrechas veredas a veces empedradas y a veces con crudos escalones de madera, de unos 6o centímetros de ancho. Había varias formas de subir, pues los estrechos caminos formaban una enmarañada red que eventualmente terminaba en el manantial, mismo que marcaba el nacimiento de un juguetón riachuelo que formaba un par de preciosas cascadas en su locuaz y límpido camino hacia Tejadillo. Cerca del manantial alguien había construido una gran cruz que en días soleados era visible desde el pueblo. Había también algunas bancas y mesas de concreto donde algunos de los que subían a tomar de la helada agua descansaban antes de regresar al pueblo. Una persona con buena condición física dilataba unos 20 minutos en subir la cuesta. Para Quique, el trayecto sería más difícil dada su penosa dificultad al caminar.

Le quedaban a Quique unos 25 minutos para llegar a la cita con Rosalinda.

Inició su camino.

Salió de la escuela y transitó por las desiertas calles que lo llevarían al pie del cerro, donde empezaban los estrechos y enredados vericuetos que suben al manantial.

El camino hacia arriba no estaba muy bien marcado. La niebla que se había recrudecido y parecía envolver en forma asfixiante el ambiente, hacía muy difícil el orientarse. Pasaron diez minutos y Quique seguía su agobiado paso. Pensaba en el encuentro con Rosalinda y poco a poco fue caminando con más facilidad y destreza.

Llegó a un paraje que le pareció desconocido. Frente a él la vereda se dividía en tres. En vano intentó discernir cuál camino tomar. Sabía que casi todos los caminos llevaban al manantial, pero muchos otros llevaban al caminante a montañas aledañas, muy lejos del manantial. Miró su reloj, y para su desmayo, descubrió que le quedaba poco tiempo para su cita. Recordó las historias de exploradores que se habían perdido en la sierra cuando había mal tiempo y que habían tardado uno o dos días en ser encontrados. Pensó en regresarse y bajar al pueblo, pero supo entonces que su única opción era seguir subiendo pues tenía que encontrar a Rosalinda.

Desesperado, imploró a Dios: “Señor, guíame. He sido un necio. Manda tu ayuda." El silencio de la montaña era impresionante. La neblina apagaba con sus frías y sedosas caudas cualquier sonido.

Oyó entonces Quique la voz de una mujer, que rompió la aterciopelada mudez de la niebla: “¿Buscas a Rosalinda?” La mujer tendría unos setenta años, pero caminaba fácilmente en la muy accidentada vereda. “¡Sígueme! Le va a dar mucho gusto que llegues a tiempo. No creo que te vaya a esperar."

“¿Es usted el ángel que se le aparece a Rosalinda?”

“Con razón se llevan bien estos novios. Los dos hacen tantas preguntas que acabo realmente impacientada."

“¿Pero sí es Ud? ¿Cómo sé que no me voy a perder más de lo que ya estoy si la sigo?”

“Tú serás quien decida qué hacer. Yo voy en pos de Rosalinda, que lleva ya un buen rato allá arriba."

La anciana dio un par de pasos y Quique decidió seguirla. La anciana se adentró en la vereda izquierda con una rapidez que no era propia para alguien de su edad. Quique apretaba el paso para no rezagarse y se sorprendió al verse caminando rápidamente, ya casi sin ninguna dificultad.

“Ya dígame si usted es la señora que visitaba a Rosalinda?," le gritó.

“Tú sigue caminando, muchacho, que se te va a ir el aire si empiezas a platicar."

Siguieron subiendo. El reloj de Quique le decía que quedaba poco tiempo. Sabía que si Rosalinda decidiera regresar a Tejadillo sin esperarlo, sería difícil encontrarla dada la gran cantidad de enmadejadas veredas que bajaban al pueblo desde el manantial. “Solo a Rosalinda se le pudo haber ocurrido este jueguito,” musitó Quique, a quien ya le faltaba el aire de tanto caminar.

“No es un juego, muchacho. Es importante que pases esta prueba," fue la respuesta de la anciana, quien iba cada vez más rápido y no mostraba ni las menores trazas de haberse fatigado.

La neblina parecía haberse levantado un poco. Por fin, al superar un drástico recodo, llegaron a la zona del manantial. Quique escuchó por fin el ruido que hacia el chorro que desde épocas inmemoriales brotaba de la rocosa pared de la montaña y se después de formar un pequeño embalse, se convertía en la caprichosa y alborotada corriente que vertiginosa, rabiosa e indomable, descendía a Tejadillo. A unos quince metros de Quique se encontraba Rosalinda, sentada junto a la gran cruz.

Le dijo la anciana, “Corre, Quique. Corre en pos de tu dicha." Y por primera vez en muchos meses, Quique corrió como gamo en busca de Rosalinda, quien se había puesto de pie al verlo. Llegó ante ella, y abrazándola, le dijo, “¡Rosalinda! ¡Rosalinda! Gracias a ti y a tu cariño estoy curado. ¡Ya me viste correr! Sin darme cuenta, he corrido tan rápido como lo hacía antes”

“¡Quique!”

“¡Perdona mis infundadas dudas, Rosalinda! ¡Perdona los insultos! ¡Perdona mi necedad! No te merezco,” dijo sinceramente el joven novio.

Rosalinda lloraba de alegría. “¡Quique! Alguna vez yo fui la que te pedí perdón por mis dudas, mis insultos y mi necesidad. Te perdono tal y como tú, con tu muy generoso corazón, lo hiciste. Tenía mucho miedo de que te perdieras. Reconozco que fue esto un plan descabellado, pero es que hace unas noches me vino a visitar la viejecita y me sugirió lo del sobre y lo de hacerte subir al manantial. Qué lástima que no te pueda convencer de que la anciana existe."

“Quizás tú no lo puedas hacer, pero ella ya lo hizo. Fue ella--pues no puede ser otra--quien me trajo aquí, subiendo la cuesta como si tuviera veinte años. Aquí estaba, junto a mí, cuando te vi. ¿No la viste? ¿No oíste sus voces? Fue ella quien me gritó para que corriera a tu encuentro."

“Ahora soy yo a la que le debería costar mucho trabajo creerte, pues no vi ni oí nada. Pero te creo. Le agradeceremos a la viejecita por siempre todo lo que hizo por nosotros y la recordaremos especialmente cada 2 de octubre."

“Rosalinda, creo que te tengo que hacer una pregunta muy importante. ¿Qué hubieras hecho hace un rato si no hubiera llegado a tiempo?”

“¿Si no hubieras llegado al manantial? Te hubiera yo esperado."

“¿Hasta qué horas?”

“No me movería de aquí hasta que aparecieras”

“¿Y si no apareciera? ¿Y si me hubiera lastimado al subir? ¿Y si me hubiera perdido?”

“No dejaría de buscarte hasta encontrarte."

“Rosalinda, me dijiste que tenías una prueba infalible de tu amor. ¿Cuál es?”

“De verdad crees que exista tal prueba?”

“Tú dirás, aunque no creo necesitarla”.

“Creo que existiría en el caso de una madre que da su vida con tal de que un hijo viva. Y creo que hay algunos otros ejemplos. Pero no es ese nuestro caso. No puedo hacer nada para convencerte totalmente. Pero una relación de amor está basada, entre otras, en la confianza. Y no recuerdo haber hecho nada para que desconfíes de mí desde que somos novios”.

“No necesito ya de ninguna prueba. Te tengo a ti y eso basta”.

Nada podía igualarse a la felicidad de la que la joven pareja de Tejadillo gozaba esa invernal mañana de Navidad. Llenos de juventud, de la exuberante dicha de los enamorados y con un corazón repleto de gratitud a la viejecilla misteriosa de cuyo origen ya no dudaban y sobretodo, a Dios, Rosalinda y Quique decidieron regresar al pueblo.

“Y ahora, Rosalinda, te invito a correr cuesta abajo para ir a anunciar a todos las buenas nuevas."

FIN


[1] Esta calavera no es del autor de este cuento. La repito aquí como parte de esta novela, pues se escuchó en los círculos del frontenis en Córdoba hace algunos años y, por cierto, fue muy célebre en su época.