El Encuentro

Rafael Moras, Sr.

El Encuentro narra la vida de doña Margarita Aloz y de su hijo Juan David, vecinos del evocador pueblo de Santo Toribio, en las altas montañas veracruzanas. Doña Margarita es muy católica, como lo es también El Encuentro. Por varias generaciones, su familia ha morado en una señorial casona colonial en la plaza mayor del pueblecito, a unos pasos de la bellísima iglesia y muy cerca de sus vecinos, los Leso.

© Rafael Moras, 2015, Derechos Reservados

I

La entrañable montaña veracruzana, escabrosa, verde casi siempre, aunque caprichosamente cetrina en las infrecuentes épocas de sequía y, cuando vista en lontananza, de un subido color azul turquesa, vio nacer alegres, acogedores pueblos coloniales tales como Santo Toribio del Cerrato.

Típica era la plaza principal de este simpático lugar. Estaba orgullosamente resguardada por las indispensables e insustituibles joyas arquitectónicas que además del bellísimo idioma de Castilla y de la fe católica legara para siempre el español a nuestro México: el palacio de gobierno, la impresionantemente bella iglesia, y las majestuosas y apacibles casas cuyas elegantes fachadas estaban adornadas por estupendos y tranquilos arcos que los locales llamaban portales, aunque en otras regiones se les denominaba “soportales” o simplemente “arcos”.

El palacio municipal era de dos pisos y tenía trece perfectos arcos que rendían perpetuo homenaje a las trece familias españolas que hace cuatro siglos fundaran el pueblo, además de veintitantas ventanas que más que de estas tropicales tierras más bien parecieran ser originarias de la añeja, cultísima, renacentista e inmortal Florencia, cuna del magnífico, invencible y trascendental Dante. El palacio había sido construido precisamente en los primeros años del siglo XX para celebrar el tricentenario de la fundación de Santo Toribio y tenía un par de torres que lo flanqueaban cual si fuesen fieles, inmutables e impávidos soldados y que resistían impertérritas los embates del inigualable aunque a veces filoso sol de la mañana, de los despiadados “nortes” invernales cuya humedad atravesaba cual canchas paredes y ventanales, y los de imprescindibles e implacables aguaceros que visitaban a este apacible poblado el resto del año.

La iglesia estaba dedicada a Santo Toribio de Mogrovejo. Rezaba una leyenda que en la época en que se había fundado el pueblo tuvieron lugar agrias discusiones entre los habitantes del lugar, pues el edicto del obispo especificaba que su patrono sería sencillamente “Santo Toribio”. Unos aseguraban que el señor obispo había señalado a otro santo español, Santo Toribio de Astorga, y no al de Mogrovejo, como patrono del pueblo.

La cuestión dividió a la población. Hubo un debate público sobre las bondades de los dos santos en el que se trató de establecer precisamente cuál de los dos Toribios era el más santo. Uno fue nacido a principios del quinto siglo de la era cristiana en la muy leonesa Astorga, en las riberas del Tuerto, prestó servicios de Sacristán Mayor en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, y volvió a España cargado de reliquias de la Santa Cruz. El otro, no menos santo, era originario de la vallisoletana Mayorga, fue obispo de Lima, Perú, y fundó en 1590 el seminario de Lima, bajo la advocación del primer Santo Toribio (el de Astorga).

Al final, el obispo se vio precisado a aclarar la controversia y resolvió que el patrono sería el de Mogrovejo, por haber sido protector de los indígenas.

La iglesia tenía dos altas torres cuya altura nadie conocía con seguridad, aunque la misma era un tema de conversación que los habitantes del pueblo siempre tomaban muy seriamente.

“Mide veinte metros, como las palmeras”, diría uno de los viejos del lugar, solo para ser señaladamente corregido por alguno de los otros, quien aseguraba que, si las palmeras alcanzaban los veinticinco metros, las torres tendrían, al menos, treinta. Imposible era darle la razón a uno o al otro dado que la altura de las magníficas palmeras eran también una inconquistable incógnita, pues estos árboles, beneficiados por las prolíficas lluvias del lugar, parecían crecer indefinidamente y sin preocupación alguna. Quizás para apaciguar los tórridos ánimos de los primeros moradores de mi tierra, el conciliador obispo, tomando decisión que alguien tildara de salomónica, decidió que en cada una de las torres se erigieran, en sendos nichos que por siempre tendrían la loable función adicional de anidar a cientos de coloridas palomas, las estatuas de los dos Santos Toribios. Las celebérrimas esculturas fueron magistralmente terminadas por los virtuosos escultores de un cercano pueblo. Al poco tiempo, el augusto templo recibió el afectuoso mote de la “Iglesia de los Toribios”, mismo que perdura hasta nuestros días.

La impresionante cúpula del templo de Santo Toribio estaba elegantemente tapizada con miles de azulejos multicolores cuyos bellos, aunque imprudentes reflejos frecuentemente lograban despertar a miembros de la familia Alfoz en los meses veraniegos, cuando los rayos del sol, al remontarse sobre los selváticos cerros que desde el Oriente cuidaban del pueblo, reflejábanse despiadadamente en una de las ventanas de la casa de esta familia, que daba a la plaza. Desde el caserón de la familia Alfoz se veían las dos torres del palacio, que anchas y no tan altas, no parecían tener ni el más insignificante deseo de competir con las del templo, pues éstas últimas parecían llegar hasta el cielo y estaban coronadas por preciosas campanas cuya edad era también en este pintoresco poblado fuente prolífica de candentes e interminables discusiones. Notable era que a una de las torres le faltaban un par de campanas que ahora residían en el atrio de los Toribios por haberlas derribado un cruento temblor de tierra que azotó la región a mediados del siglo XIX.

II

La casa de los Alfoz estaba asentada en la acera norte de la plaza de Santo Toribio del Cerrato y parecía presidir sobre la misma dados su elegante y señorial porte y privilegiada ubicación. En la casa vivían doña Margarita viuda de Alfoz y su hijo Juan David. Doña Margarita se distinguía por su fervor católico, ardiente y decidida fe, e incandescente pasión por ayudar a los demás. Viuda desde hacía algunos años, pero con el capital que le dejara don Nazario, su marido, tuvo siempre la convicción inquebrantable de hacer donativos a la iglesia en términos de su tesoro, sus muchos talentos, y su tiempo. Con fe viva decía, “El tiempo me lo presta Dios, mi poco talento es simplemente un don que Dios me ha dado, y la plata que en el banco guardamos, aunque fue ganada por Nazario a base de trabajo, tesón e inteligencia, también es un regalo de nuestro Señor.”

Doña Margarita era una maestra de catecismo por excelencia. En su inocencia, los niños que tenían la fortuna de acudir a sus clases de primera comunión y de confirmación se sentían bendecidos. Y bendecidas se sabían también las familias de los pequeñuelos por saber que una santa era la encargada de sembrar semillas piadosas en el alma de los pequeñuelos. La devota señora tenía un precioso libro de historia sagrada con innumerables grabados que usaba para ilustrar sus entretenidas narraciones. El libro había sido usado y admirado por varias generaciones de jóvenes y era, después, de muchos años, todavía tema de conversación entre los que tuvieron la fortuna de pisar el zaguán de los Alfoz alguna vez.

Doña Margarita, entrada en años, pero aún dedicada a sus clases de catecismo, se limitaba el resto del tiempo a disfrutar de la rica y desbordada algarabía de la plaza sentada en un sillón del que la bondadosísima señora se había apropiado y en el que nadie más osaba sentarse por temor a faltarle el respeto a su apreciable dueña. El sillón era una pieza única tanto por su acusada comodidad como por su elegante artesanía y robusta solidez. Su madera había sido importada desde algún exótico país africano por uno de los Alfoz hacía unos dos siglos. El mueble, estoico, serio y siempre consciente de su misión, había resistido los crueles embates de la humedad del pueblo, de los calores de mayo, y de la hambrienta polilla que, implacable e insaciable, devoraba muchos pianos, mesas, sillas y marcos en esas latitudes.

III

La amistad entre Juan David Alfoz y Gerardo Leso empezó desde que ambos andaban todavía en pañales. La familia Leso vivía al otro lado de la plaza principal, enfrente de la casona de los Alfoz. Tanto habían crecido las palmeras y jacarandas en la plaza mayor que era casi imposible ver el balcón de los Leso desde el de los Alfoz. El antiguo kiosco desde el que partían, cual rayos de alguna mágica estrella varias veredas hacia los extremos del parque, era también obstáculo casi invencible para el que quisiera atisbar el balcón de la casa de enfrente. Muy de vez en cuando, al soplar de los insoportablemente calientes y molestos vientos del sur, conocidos como “sures” en esa fértil región, algunos de los árboles por fin se vencían y rendidos agachaban sus copas por fugaces y caprichosos momentos, lo que permitía que Juan David y “Dino” pudieran saludarse de balcón a balcón, aunque fuese solo por un momento. El mote de “Dino” le cayó muy bien a Gerardo Leso. Su familia tenía alguna raíz italiana. Aunque ni siquiera los abuelos estaban seguros de qué región o provincia de la bota itálica habían venido sus antepasados, a los Leso les agradaban los nombres de pila–o cuando menos los sobrenombres–que les recordaran sus orígenes. Así, a Gerardo primero le dijeron Gerardino, y luego, Dino. Entre los Leso estaban también un Aldo, un Enzo, un Pietro, un Gianmarco, una Isabella, una Chiara y una Gianna. La letra “c” de doña Lucía Leso, tía abuela de Dino, era pronunciada como la descartada y olvidada letra “ch”, lo que hacía que mucha gente le preguntara si el nombre se debería escribir “Luchía”. A la pobre de Chiara Leso, prima de Dino, le habían escrito su nombre con incontables variaciones, pues al pronunciarlo “Quiara”, la gente agregaba las letras “u”, “k”, y “r” a placer, para lograr rimbombantes y exóticas derivaciones como Kiara, Quiarra, Quira, y Cira.

El apellido de la familia Leso, aunque aparentemente sencillo, también sufría los embates de los que, sabiéndolo italiano, con marcada convicción y empedernida testarudez aseguraban que se debería escribir con a (Laso o más bien Lazo, por aquello de las faltas de ortografía), con a y dos zetas (Lazzo), con doble ele (Lleso), con una o dos zetas intermedias (Lezo y Lezzo), con doble ese (Lesso), con acento (Lesó), o, increíblemente, con s o z al final (Lesos o Lésoz). La versiones más elegantes–aunque no por ello menos incorrectas–de tan castigado apellido fueron la del apóstrofe (L’eso) y la muy castiza “de los Lesos”, aunque ésta última alguna vez degeneró en “de los Sesos”.

Juan David Alfoz y Dino Leso crecieron juntos. Fueron alumnos de la escuela primaria “Jorge Manrique”, de unos profesores que por su origen palentino, habían escogido el dignísimo nombre del inspirado poeta que naciera en Paredes de Nava y que para siempre se cubriera de gloria al escribir las inolvidables Coplas a la Muerte de su Padre, poema cuya recitación era obligatoria para todo aquél que deseara terminar aquel escabroso sexto año en “la Manrique” bajo la implacable batuta de don Egidio Asensio, quien con su acendrado manriquismo, era el más temido y respetado de los maestros fundadores del colegio. Don Egidio, de eterna camisa blanca e invariable corbata negra, era simpatizante del antiguo lema, “La Letra con Sangre Entra”. Sin embargo, en estos modernos días, quizás por habérsele apagado un poco su fiero fuego interior de antaño, el maestro don Egidio se había refrenado y no veía ya la necesidad de romper reglas en las espaldas de los muchachos desobedientes como, según cuenta la leyenda, lo había hecho en sus años mozos.

Los amigos Juan David y Dino eran prácticamente inseparables. Eran ávidos y hábiles jugadores en todos los deportes que se practicaban primero en la primaria, y luego en la Escuela Secundaria y Preparatoria “Pallantia”, fundada por los profesores Barquillero, también palentinos, y quienes decidieron perpetuar el antiguo nombre que los romanos diesen a la capital de la provincia castellana que, regada por los abundantes y generosos raudales del Pisuerga y del Carrión, cerca del santísimo Camino de Santiago, los había visto nacer. Los entrañables amigos se reunían los sábados y domingos y comían ya sea en casa de los Alfoz o de los Leso o en alguno de los pintorescos puestos que poblaban la plaza principal.

“El Cid Campeador”, rezaba un tablón enclavado sobre la puerta del laboratorio de química de la Escuela “Pallantia”, lugar donde por cierto tendría lugar un grave problema entre Dino y Juan David que tristemente terminaría por arruinar la gran amistad que unía a los muchachos.

IV

Muy penoso había sido el incidente que sucediera en la Iglesia de los Toribios a doña Margarita en una lluviosa tarde veraniega un tiempo antes del incidente en el laboratorio de química. La señora había acudido a una junta de catequistas en la que el Padre Luis Ramón, señor cura legendario y quien había estado a cargo de la Iglesia por una docena de años, deseaba concertar las fechas de las primeras comuniones y confirmaciones para los grupos de niños que en pocas semanas iniciarían su entrenamiento. La junta, animada como siempre por el contagioso entusiasmo del padre, terminó muy tarde, lo que motivó a casi todos los asistentes a retirarse con presteza. Las últimas dos personas en el salón de juntas fueron doña Margarita y el Padre Luis Ramón. La buena señora le pidió como favor especial al sacerdote que, como favor especial, escuchara su confesión, a lo que éste último no se negó. Después de otorgarle la absolución, el padre le pidió a doña Margarita que cerrara el salón pues a él le era preciso hacer acto de presencia en el confesionario ya que era la hora de oír confesiones en la Iglesia. La señora de Alfoz limpió la formidable mesa redonda a la que los dedicados catequistas se habían sentado a deliberar esa tarde y se propuso también ordenar un poco el recinto. Al cabo de un rato sintió deseos de leer el libro de los Salmos y así regocijarse con las preciosas palabras de refugio que parecían invariablemente hablarle directamente a su corazón. Entre sus pasajes preferidos estaba la inigualable descripción del Buen Pastor, quien quiere dar la vida por sus ovejas y nos sirve de comer enfrente de nuestros enemigos. Recordaba también el Salmo 31, en el que el profeta canta a la dicha de quien obtiene perdón y a quien el Señor no le apunta su pecado, y se sintió dichosa sabiendo que en esos momentos su alma era blanca e inmaculada. A su mente vino el inspirado canto que reza “Crea en mí un limpio corazón, oh Dios, tu siervo quiero ser. Crea en mí un limpio corazón, oh Dios, renuévame, Señor. Lléname y sálvame y hazme volver a ti.” La interpretación del coro de la Iglesia la conmovía a veces hasta las lágrimas, pues repetían el sencillo pero santísimo canto varias veces, quizá tratando de enfatizar el mensaje de que la constancia en la oración es una virtud que debemos procurar. La señora se sintió acompañada por el Espíritu Santo y pensó que lo único que necesitaría en ese momento para sentirse plenamente llena de Él era tomar la comunión. Notó, no sin extrañeza, que la antigua Biblia de la Iglesia, de gratísimo, elegantísimo y señorial porte y muy admirada por su elaborada portada de cuero, no estaba en su acostumbrado lugar de honor. El sofisticado labrado de la portada era obra del inolvidable profesor don Martín del Campo, quien, con maestría de todos conocida, dibujó, pintó y esculpió estampas de su adorado pueblo con desbordante talento e incandescente pasión y orgullo.

El caso es que la Biblia no se encontraba en su acostumbrado sitio. Pensando que quizás el Padre Luis Ramón la hubiese tomado por alguna razón, procedió a retirarse. Tomó su bolsa y también un paquete grande donde tenía un regalo que de sorpresa quería regalar a Dino en su próximo cumpleaños. Sabiendo que la Señora de Leso, también viuda, desafortunadamente atravesaba por una situación económica muy desfavorable, y sabiendo que Dino tocaba la mandolina, le había conseguido un bellísimo ejemplar por medio de un amigo que había viajado a México y quien le aseguró que no le tomaría más que unos minutos caminar de su hotel en el centro de la capital a la zona que sobre una de las calles que desembocan en el Zócalo contaba con varias docenas de casas musicales. La mandolina era auténtica, italiana, de Catania, terminada a mano por la casa de Luca Foti, y mostraba en su cara, con merecido orgullo, incrustaciones nacarinas que dibujaban un indescifrable pero muy agradable esbozo alrededor del puente donde, rígidas y siempre fieles, se afianzaban las cuerdas del instrumento.

Al salir del salón, doña Margarita se topó con su vecina y amiga de toda la vida, doña Benedetta Tazzini de Leso, madre de Dino, a quien amablemente saludó.

“Doña Benedetta, ¡Qué gratísima sorpresa! ¿Cómo está su hijo Dino? Me da mucho gusto saludarla”.

“Aquí vengo a confesarme, doña Margarita–contestó doña Benedetta–. Ya ve usted que Dino y Juan Pablo se han convertido en buenísimos amigos. Y por cierto, ¿Qué lleva usted en esa bolsa?”

Con tal de no echar a perder la sorpresa, y por temor a que doña Benedetta pusiera objeciones a tan gran regalo para su hijo Dino, doña Margarita fue un poco elusiva y solo contestó, “Nada, no es nada. Y que tenga usted un muy buen día. Me perdonará, pero ando muy apresurada.”

Doña Benedetta de Leso se quedó perpleja y hasta un poco ofendida por el evasivo gesto, pues era muy de su agrado el sostener largas pláticas con quien se encontrara. Había además tenido una mala noche en la que los fuertes aguaceros que, despiadados, golpearon su tejado durante la madrugada, lejos de arrullarla, le robaron el sueño. Despertó también con la desagradable sorpresa de que a uno de sus únicos zapatos elegantes se le había imprudentemente desprendido el tacón. La realidad es que la buena señora andaba de tan mal talante que malinterpretó la cautelosa conducta de su vecina e inclusive sintió ganas de reclamarle. Fruto de una envidia quizás motivada por las penosas penurias que experimentaban, resolvió que en otra ocasión “se desquitaría” con su “rica pero intransigente vecina de enfrente”.

Al finalizar la misa unos pocos días después, el Padre Luis Ramón informó a sus feligreses que la Biblia estaba perdida y que pedía a quien la hubiese “pedido en préstamo” que la devolviese. Sus súplicas causaron una honda consternación. Todos conocían el valor estimativo del sagrado libro: era antiguo, era una obra de arte, había pertenecido a la Iglesia por más de siglo y medio, y además tenía por cobija una muy agraciada portada labrada con tanto amor por el profesor Martín del Campo.

Las murmuraciones ante la pérdida de la Biblia no se hicieron esperar. Se culpó al sacristán, don Segismundo, quien después de pasar 65 años al servicio de la parroquia, jamás se había robado ni un centavo de la limosna. El Padre Luis Ramón no se dignó escuchar tales comentarios y dijo que el referirse al fiel servidor de esa forma no era más que una repulsiva y dolorosa calumnia. No faltó quien acusara al Padre de ser descuidado y de no prestar atención a algo tan importante como la Biblia de la Iglesia. Sin embargo, la peor de las acusaciones, cuyos dañinos efectos una vez levantada fueron por muchos conocidos, vino de parte de doña Benedetta, la madre de Dino. Fueron varios los testigos que, incrédulos y enmudecidos, presenciaron cuando doña Benedetta interceptó al Padre Luis Ramón en el atrio del templo y le dijo, “Yo vi salir hace un par de días a doña Margarita, mi vecina, del salón donde usted guarda la Biblia con una bolsa grande. No me extraña que después de pasar un agradable rato sola con usted, de premio le haya usted regalado la Biblia. Seguramente la encontraremos escondida en algún baúl donde guardan sus tesoros mis ricos vecinos de enfrente.”

La calumnia dolió. Hirió en lo más hondo al Padre Luis Ramón, por la gravedad de las insinuaciones. Lejos de responderle a doña Benedetta, el buen sacerdote palideció, calló, y se marchó cabizbajo hacia el curato. Los testigos se encargaron de difundir el chisme, mismo que no tardó en llegar a los oídos de la siempre piadosa doña Margarita. La devota señora resolvió poner en práctica las enseñanzas de Jesús y recordó las palabras del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Esa noche, después de cenar, decidió hablar con Juan David.

“Ya cumpliste los catorce años”, dijo doña Margarita. “Y estás en edad ya de entender ciertos desagradables asuntos que sucedieron hoy por la tarde. Fui vilmente acusada de haberme robado la Biblia de la Iglesia”, continuó entre tristes y ahogados sollozos. “La persona que me culpó ha sugerido también que hay una relación inmoral entre el Padre Luis Ramón, que como sabes, siempre ha tenido una conducta intachable, y yo”.

“¿Quién ha dicho tal mentira?”, replicó Juan David. “Dime, para en estos momentos irme a arreglar con él”, dijo el valiente muchacho.

“El nombre de esta persona no lo tienes que saber. Lo importante es que sigas tu vida como siempre, tal y como lo haré yo. Confío en que la Biblia aparezca pronto. El infame chisme es tan falso que espero que nadie lo tome a pecho. Me preocupo más del Padre Luis Ramón que de mí misma. Y deseo que desde ahora te propongas perdonar a la persona responsable por este desagradable embrollo”.

“¡Dime, por favor, el nombre del canalla que dijo eso!” contestó el muchacho, impaciente, enojado e iracundo. “Si mi padre viviera, en este momento iría a buscarlo cargando la pistola de mi bisabuelo, a la que un buen uso le daríamos”.

“¡Qué importa el nombre de esta irresponsable persona! Tú, sosiego”, dijo a su hijo doña Margarita, mirándolo a los ojos. “Pórtate como un caballero y sé digno a la limpísima e ilustre historia de tu familia, a la rectitud que siempre caracterizó a los Alfoz, y a tu juventud.”

La agria conversación siguió por un rato. La madre se negaba a revelar el nombre de la calumniadora, mientras que el indignado joven pugnaba por conocerlo. Eventualmente, doña Margarita pensó que sería mejor hablar con toda la verdad y no ocultar la desagradable realidad a su hijo. “Otros seguramente se lo van a decir, y prefiero que de mis labios de madre lo escuche,” pensó la señora, quien exclamó, sonriente.

“Siento mucho decirte, hijo, que quien profirió tales insultos fue doña Benedetta. Así me lo confirmó hace un rato el Padre Luis Ramón en una llamada telefónica. La noticia me ha tomado totalmente por sorpresa pues la Señora de Leso era de mis mejores amigas. Y después de tantos años de acoger en esta casa a Dino, yo prácticamente los contaba entre mis familiares. Pero debo suplicarte que me hagas un par de promesas. Primeramente, debes saber que yo ya perdoné a doña Benedetta. Cualquiera puede tener un mal día o, inclusive, un mal momento, y yo creo todavía en la bondad de su corazón. Quiero que tú perdones también a la señora. Actúa como si no supieras nada.”

“Pero mamá—exclamó Juan David, incrédulo–, yo ya no la quiero ver. Y tengo ganas de ir a ver a Dino y explicarle con un par de puñetazos lo que pienso de su mamá.”

“De eso quisiera yo también pedir que me des tu palabra de honor. Quiero que conserves tu amistad. Dino no tiene la culpa de nada. El paquete con el que me vio salir doña Benedetta es una mandolina italiana muy fina que le quiero regalar a tu amigo en su próximo cumpleaños”.

“¡Pero, mamá! Es que tienes que tener dignidad. Te estás rebajando hasta el inmundo lodo donde seguramente duerme doña Benedetta”.

“¡Cuidado con lo que dices! Ya te dije que yo ya perdoné a la señora. Yo me hice la promesa de regalarle a Dino su mandolina y no me pienso rebajar y quitarle a tu amigo la satisfacción de poseer ese fino instrumento que proviene de la tierra de sus mayores”, dijo, con palpable convicción. Y siguió: “Así es que aquí no se dice otra palabra. Perdón dado y asunto concluido. Yo quedo en paz, y tú, también”.

V

Un par de días después llegó el cumpleaños de Dino Leso. Aunque dudoso, pues él estaba alejado de las cosas de la iglesia que él consideraba “solo para señoras piadosas”, Juan David decidió obedecer a su madre y actuar como si nada hubiera sucedido. A las 8 de la mañana, por instrucciones de doña Margarita, tomó el paquete que arropaba cariñosamente la finísima mandolina, atravesó la plaza, y tocó la herrumbrosa aldaba de los Leso, misma que tenía la forma de la cabeza de un fiero león, con abundante melena y fieros ojos que parecían retar a quien, valeroso, se atreviera a utilizarla. Una muy asombrada doña Benedetta abrió la puerta. Era obvio que después de lo que había dicho, no esperaba tener contacto con los Alfoz.

“Buenos días, hijo. Pasa—dijo, dubitativa–. Se acaba de despertar Dino. ¿Vienes a verlo por su cumpleaños?”

“Gracias, doña Benedetta—contestó Juan David, serio y receloso, pero sin externar completamente el disgusto que le causaba tener que saludar a la señora–. Vengo por un ratito. Solamente para darle un regalo de parte de mi madre a Dino.”

Apareció Dino y después de ser felicitado por su amigo, procedió a abrir el regalo. Por su alegría, era evidente que Dino no estaba enterado de los tristes acontecimientos de los que era culpable su madre. Los interminables moños y el ruidoso papel de china fueron despachados hasta que todo el esplendor de la flamante mandolina italiana fue triunfalmente revelado. No tardó ni siquiera un minuto en afinarla y así arrancarle dulcísimas notas que llenaron con sus napolitanos matices el corredor de la casa de los Leso. Emocionado, Dino agradeció profusamente a Juan David.

“Qué distinto es tocar una mandolina legítima. La que tengo, que compramos en el mercado, no se puede nunca afinar correctamente y aparte no tiene la profunda sonoridad de ésta que tu mamá tan amablemente me ha regalado. Me faltan palabras para agradecerles.”

Doña Benedetta estaba hondamente emocionada y por su cabeza rondaban varias cuestiones. “¿Cómo es posible que doña Margarita nos haga este regalo después del insulto que en público le hice? ¿Será posible que no se haya enterado? ¿Aquí, en Santo Toribio del Cerrato? ¿Y cómo puede Juan David venir a vernos después de que yo imprudentemente tachara a su madre de cometer las peores bajezas? ¿Qué he hecho para ser objeto de la bondad de la señora, cuando debería odiarme? ¿Será posible que, aunque tenga todo el dinero del mundo, la señora de verdad sea tan buena?”

Su reacción inmediata fue el preparar un apetitoso desayuno con auténticos huevos de rancho, grandes y colorados y uno de ellos hasta con doble yema, revueltos con unos deleitables frijoles negros con su inconfundible y nada desdeñable sabor a epazote, acompañados de crujientes bolillos todavía calientes pues acababa de comprarlos en la tradicional panadería “Los Tres Trigales” y varias piezas de exquisito pan de dulce también recién horneado, del que los muchachos disfrutaron inmensamente.

VI

A los pocos días del cumpleaños de Dino Leso, don Segismundo, el devoto y siempre benigno y dadivoso sacristán de la Iglesia de los Toribios encontró la preciosa y muy venerada Biblia en el armario de su humilde casa, misma que había construido con permiso de alguno de los padres en la parte posterior de la Iglesia, aprovechando dos de las paredes de esta que habían sido erigidas en forma de escuadra. Desconcertado por el hallazgo, pidió a Lala, su esposa, una explicación.

“No creo que hayas sido tú, pero se me hace que debemos hablar con tu papá”.

Fueron don Segismundo y Lala a la habitación de don Nachito, padre de Lala, quien, por su avanzada edad, solía tener problemas de memoria y a veces también de comprensión. Don Nachito no sabía en qué año había nacido y poco se preocupaba de su edad. Lala, quien ya había cumplido los 78, calculaba que su anciano padre ya estaría por llegar al centenario, aunque no podía asegurarlo. Mostrándole la Biblia, don Segismundo preguntó a su suegro si él la había tomado. El anciano pareció reconocer la preciada Biblia y muy ufano, exclamó.

“Mira, Segismundo, ese libro es mío y es donde anoto lo que todos los días vendemos en la taquería. Me lo traje a mi casa pues alguien lo había dejado olvidado en el mostrador”.

Lala, tratando de ocultar su risa, le dijo.

“Papá, fíjese usted que su taquería la vendimos hace unos quince años, y el libro que usted tomó es la Biblia del Padre Luis Ramón. Espero que no haya usted escrito nada en sus sagradas páginas. ¡Imagínese qué pena!”.

“¿Cuál escribir ni qué nada? Si en esta casa no hay ninguna pluma. Y al rato me arreglo para ir a la taquería, que cuando yo no estoy, el changarro no da.”

“Está bien, papá”, contestó, resignada, la buena de Lala.

Don Nachito, aunque no muy convencido, y sin reconocer el nombre del Padre Luis Ramón ya que en su centenaria mente la parroquia estaba aún regida por el Padre Lupillo, queridísimo por todos, pero quien había dejado este mundo hacía más de dos décadas. El anciano decidió cambiar de tema y olvidando el asunto, se despidió de su familia y salió a dar su diaria caminata a la plaza principal de Santo Toribio.

La noticia del hallazgo del sagrado libro se difundió rápidamente y llegó a oídos de doña Benedetta con la velocidad acostumbrada en Santo Toribio. Fue entonces que la señora comprendió la enormidad del falso testimonio que ella en su imprudencia había levantado. Nunca había dado la Señora de Alfoz ni la más mínima razón para que a nadie se le puede ocurrir recelo alguno. Entendió en ese momento el significado de la palabra “remordimiento”. Su conciencia tenía un mordiente filo que con despiadados colmillos roía incesantemente en lo más profundo de su corazón. Suspendió sus cotidianas tareas matutinas y se disponía a atravesar la plaza para pedir perdón a su vecina cuando recordó que había confeccionado un arroz con leche esa mañana.

“¡Qué mejor de acompañar mi visita que llevar este sabroso postre a doña Margarita!”, pensó, “Y sobre todo éste, que salió a la perfección”.

Las dulces y espesas natas que suelen formársele a este postre por excelencia lucían de lo más apetecible. Marchó entonces hacia la casa de los Alfoz. Ignoró algún murmullo que los entrometidos lugareños hicieron al verla atravesar la tradicional y señorial plaza. Tocó el pesado aldabón y paciente espero que la dueña de la casa abriese la puerta. Al ver a doña Benedetta llegar con el dulce manjar de leche en las manos, doña Margarita intuyó la razón de la inesperada visita y le pidió a su vecina que pasara, no sin antes darle un fuerte abrazo. Lo único que doña Benedetta pudo balbucir al recibir tal muestra de bondad fue un sollozante, “Perdón, perdón”.

Doña Margarita respondió con dulzura.

“Si me ve usted cara de que traigo hambre, pues le atinó”.

Y añadió con una sonrisa al percatarse del níveo postre que doña Benedetta en sus manos traía, “Hoy amanecí con un antojo casi insoportable de comer un arroz con leche”.

Doña Benedetta sintió tanta paz al saber que había sido perdonada que rompió en llanto y siguió pidiendo perdón.

“Es usted–dijo entre sollozo y sollozo–la mujer más buena que yo he conocido. ¡No sé qué demonio se me metió el otro día en el atrio de la iglesia! No puedo todavía comprender que después de la injusta y sucia calumnia que yo le levantara tenga usted la inverosímil amabilidad de recibirme en su casa y tratar este asunto no fuera nada”.

La respuesta de doña Margarita fue tan benévola como magnánima: “Así como Jesús Nuestro Señor nos perdona y olvida nuestros pecados, yo he decidido que la amistad que siempre nos ha unido y que ahora une a nuestros hijos vale mucho más que cualquier inmundo rencor que yo pudiera guardar en mi corazón hacia usted. Así es que déjeme usted ir por un par de platos para poder disfrutar de este exquisito postre que a usted siempre le sale tan bien. Y cuando regrese le suplico que cambiemos de tema pues ya no me acuerdo de qué quería usted hablarme.” Una suave sonrisa se dibujó en sus labios. “¡Y si se trata de que me pase usted la receta de alguno de sus guisos chiapanecos, me voy por mi libro de apuntes!”

Y así, las señoras pasaron el resto de la tarde cual si ninguna tempestad hubiese herido con sus atroces rayos y centellas la paz y cariño que había caracterizado su amistad.

VII

El año que transcurrió después del “día de la calumnia”, mote con el que doña Benedetta decidió recordar tan infortunado incidente, transcurrió velozmente. Los muchachos habían sido siempre los primeros de su grupo en lo académico, en lo deportivo, y hasta en lo artístico. El increíble promedio de Juan David era, después de los tres años secundaristas, de 99.8, mientras que el de Dino era de 99.0. El muchacho que bailaba con mayor gracia era Juan David, según los resultados del último concurso de danza caribeña, mismo en el que Dino logró la medalla de plata. Lo mismo sucedía en el fútbol, el vólibol, el béisbol, y el atletismo. En este último departamento, Alfoz aventajaba a todos los demás alumnos por mucho: corría más rápido que todos, era el único que lograba tocar los focos de los antiguos faroles que lánguidos y tristes deseaban con su paupérrima luz desterrar la oscuridad del patio de la secundaria. En la clase de matemáticas Juan David era el que más destreza mostraba para resolver problemas sin el uso de la calculadora. Poseía la envidiable habilidad de poder determinar mentalmente el resultado de la multiplicación de dos números de dos dígitos cada uno en menos de dos segundos. Era también el único que sabía calcular una raíz cuadrada siguiendo el antiguo y olvidado método del que poco se hablaba ya en las escuelas. Juan David y Dino tenían un acendrado interés en las etimologías griegas y latinas del castellano, y no era raro ver a los amigos enfrascados en animadas discusiones acerca de las posibles raíces de algún poco usual vocablo de nuestra lengua cervantina. Juan David poseía una peculiar intuición para adivinar los orígenes de las palabras y casi siempre salía adelante en los retos etimológicos de los que muy pocos jóvenes sabían disfrutar.

Cuando iniciaron su primer año de secundaria en la Pallantia, Dino no parecía tenerle ningún resentimiento ni envidia a su amigo Juan Diego. Los problemas parecieron surgir de repetidos comentarios hechos por doña Benedetta, quien imprudente, pensó que podría motivar a su hijo a lograr obtener algún primer lugar si lo comparaba con Juan David. Quizás debido al agradecimiento que la señora de Leso le tenía a doña Margarita, no había día en que Dino no escuchara comentarios tales como, “Doña Margarita es un ejemplo de virtud, así como también lo es su hijo”, “Tu amigo es un privilegiado, pero le echa más ganas que tú. Aunque tú seas un magnífico alumno, no creo que vayas a poder ningún día ganarle”, y “Estudia, a ver si cuando menos le empatas a Juan David cuando tomes el examen”.

Poco ayudó un incidente en el que el Lic. Magallanes, profesor de geografía, mostró reluctancia a otorgarle a Dino la calificación de 100 en su examen, aduciendo que Juan David había sacado un 99 y la razón por la que Dino había tenido un desempeño perfecto es porque seguramente habría consultado algún papel introducido a clase ilegalmente durante el examen.

“Todos saben que Juan David es el mejor alumno de la Pallantia–dijo el Licenciado, cruelmente,–y aunque estoy casi seguro de que hiciste trampa, no tengo más remedio que otorgarte el cien”.

Dino, que era inocente, aceptó estoico el veredicto sin pronunciar queja alguna. Cuando su madre fue llamada a la escuela para ser informada del incidente, doña Benedetta recriminó a su hijo sin pedirle explicación alguna. Juan David, siempre buen amigo, le dijo a Dino, “Mucho siento lo que pasó, amigo”.

La rutina se volvió insoportable para el hijo de doña Benedetta. Las continuas comparaciones con Juan David hacían honda mella en su espíritu y menoscababan vilmente su sentido de la autoconfianza.

VIII

Juan David perdió la perfección del cien en su clase de literatura debido a un feo y desagradable incidente. El trabajo final en tal curso consistía en participar en un festival cultural para el que Juan David y Dino habían decidido recitar sendos versos que habían compuesto. Juan David había escrito sobre los pueblos que visita el peregrino que recorre el Camino de Santiago en la provincia de Palencia. La semilla de escribir unas rimas sobre el Camino Jacobeo la había sembrado la maestra Luz Barquillero, doña Lucecita, una de las fundadoras de la escuela, quien, con incansable empeño, a sus setenta y tantos años y de apenas metro y medio de estatura, consiguiera logros culturales inusitados. Sus célebres festivales de fin de cursos, que en los años iniciales del colegio eran solo para los alumnos de literatura, habían crecido hasta convertirse en cita obligada para los moradores de Santo Toribio. Desde hacía varios lustros el festival había encontrado su lugar en el colonial y acogedor Teatro de Santa Lucía, que empotrado en la plaza mayor de Santo Toribio y con su capacidad de unos cuatrocientos asientos, resultaba casi insuficiente para albergar a la siempre magnífica audiencia que engalanaba con su refinada presencia y prolíficos aplausos cada festival de doña Lucecita. Además de presentar poesía clásica escrita por sus alumnos, profesores de la institución y poetas del pueblo, la esmerada y cultísima profesora, indiscutiblemente respetada y estimada por todos, presentaba como cierre magnífico de la velada una breve obra de teatro la que, salida de su creativa, fértil e incansable pluma, deleitaba siempre a los presentes.

Dino Leso había compuesto una décima en honor al colegio. El riquísimo, exquisito, y tan popular verso inventado por Vicente Espinel hace unos cinco siglos, joya de la poesía adoptada por trovadores puertorriqueños, cubanos y jarochos, era una de las formas poéticas preferidas por doña Lucecita.

En una tarde de inspiración que Dino juzgó digna de Lope, Bécquer, Díaz Mirón y quizás hasta el propio Espinel, compuso la siguiente espinela:

Hablando sin reluctancia

quiero decir, orgulloso,

que es para mí muy honroso

estudiar en el Pallantia.

El colegio, con prestancia,

acrecienta mi cultura:

aprendemos literatura,

historia y filosofía

y, no sin gran alegría,

matemáticas de altura.

Dino revisó su simpática e ingeniosa espinela y estaba tan cansado que la dio por terminada sin percatarse que le faltaba realizar una importante corrección. Corrió a ‘la casa de enfrente’ en busca de Juan David. Cariñosa como siempre, doña Margarita le hizo pasar a la estancia, en donde en cuestión de minutos apareció su amigo, a quien saludó con entusiasmo.

“Terminé la espinela para el concurso y quisiera leértela. Creo que te va a gustar y aparte quisiera que me dieras tu opinión sobre la misma”.

“Me moriría de ganas de escucharla, pero se me había pasado decirte que yo también entraré al festival con una poesía, y no creo que sea correcto el oír tu espinela. Además–dijo, Juan David, cavilando–las reglas de doña Lucecita nos prohíben buscar ayuda de nadie”.

“No tomes tan en serio el concurso y óyeme. Nada te cuesta.”

Y procedió a recitar su espinela. Al oírla, el fino oído de Juan David, muy adepto a captar ritmos, cadencias, y patrones tanto musicales como poéticos, se percató de que, al séptimo verso, “aprendemos literatura”, le sobraba una sílaba. La espinela no fluiría correctamente y jamás pasaría el rígido, estricto, inflexible escrutinio de la distinguida maestra Lucecita. En su cara se reflejó la duda de si ayudar a su amigo o acatar las reglas de la profesora y callar. Su bondadosa disposición le inclinaba a actuar como el buen samaritano, mientras que su intachable rectitud lo restringía. Decidió callar.

Exclamó Dino, impaciente, “Dime ya qué te parece. ¡Te veo preocupado!” Luego agregó, medio en broma, “¿Será que tienes miedo de que te gane?”

La respuesta de Juan David fue rápida y al grano.

“Tenemos que seguir las reglas de doña Lucecita. Mejor hablemos de otra cosa”.

Y así, el muchacho se rehusó a siquiera sugerir indirectamente que la espinela de su amigo necesitaba una relevante revisión. Se le ocurrió que en lugar de “aprendemos literatura”, la décima sería, además de ingeniosa y simpática, correcta, si el séptimo verso dijese, “pues nos da literatura”, un perfecto octosílabo. Con su memoria prodigiosa, repasó el poema, que con la revisión que él ansiaba recomendar a Dino, parecía muy satisfactorio.

Hablando sin reluctancia

quiero decir, orgulloso,

que es para mí muy honroso

estudiar en el Pallantia.

El colegio, con prestancia,

acrecentar mi cultura

pues nos da literatura,

historia y filosofía

y, no sin gran alegría,

matemáticas de altura.

Cuán cierto era el mensaje que Dino había plasmado en su espinela (aunque tuviese una trágica novena sílaba) y más doloroso aún era el no poder ayudarlo.

“¡Qué gran tragedia estoy viviendo!”, dijo para sí Juan David. En una balanza puso la decisión de ayudar a su incondicional amigo contra la necesidad de actuar en forma siempre correcta.

Explicó Juan David a Dino que, intrigado por la exuberancia cultural y religiosa e innegable trascendencia del Camino de Santiago, y para honrar la importancia de provincia de origen de sus profesores, había compuesto unas breves rimas en las que intentaba resumir las bondades de los pueblos palentinos cuya historia había sido honrada al albergar el venerable Camino. Los octosílabos versos fiel y afanosamente seguían las reglas del histórico y tradicional romance castellano:

PUEBLOS PALENTINOS DEL CAMINO

El Camino de Santiago

entra primero a Palencia

cruzando por largo puente

el venerable Pisuerga

y así, saliendo de Burgos

llega a Itero de la Vega.

A Boadilla del Camino

se arriba por carretera

o por caminos pedestres

y una majestuosa iglesia,

encontramos en el pueblo

con imponente silueta.

Con un arte esplendoroso

de escultórica riqueza,

Frómista, Tierra de Campos,

a la que por siempre riega

el gran Canal de Castilla,

tiene impresionantes huertas

y acoge a los peregrinos

con románica belleza.

Después, Población de Campos,

a la orilla del Ucieza,

tiene historia muy antigua

y hasta una Calle Francesa.

A Villovieco encontramos,

con tradicionales fiestas.

Su iglesia, Santa María,

es de singular belleza.

A Villalcázar de Sirga

con su majestuosa iglesia

nunca puede ya olvidarlo

quien lo ve por vez primera.

El Marqués de Santillana,

quien fuera un grande poeta,

nació en Carrión de los Condes

y tuvo una gran influencia

con sus dulces serranillas

en la España de su época.

Sigue luego en el Camino

Calzadilla de la Cueza

con su solitaria torre,

de elegancia nada escueta.

Y en unos pasos veremos

en el camino, a la vera,

a Ledigos, vieja villa

siempre muy grata y serena.

A lo lejos puedo ver

a un pueblo con mil leyendas:

Terradillos es su nombre

de los Templarios herencia.

No muy lejos, Moratinos,

con una sencilla iglesia,

tiene, con gran distinción,

una Calzada Francesa.

Y en la vecindad de León,

en esta vía jacobea

está el último poblado

de la entrañable Palencia.

Su nombre es exuberante:

con San Nicolás empieza

y no sin que falte elegancia

con del Real Camino cierra.

Esta alegre pedanía,

encantadora y pequeña

es el postrero poblado

que en la palentina tierra

verá el santo peregrino

quien, con su fe sempiterna,

a Santiago se encamina

por la ruta jacobea.

Los versos de Juan David eran indiscutiblemente los mejores que se hubieran escrito para el festival de doña Lucecita en mucho tiempo. Así lo pensó Dino al escucharlos de la boca de su amigo. Y así, seguramente–dedujo el muchacho-, opinarían la profesora, los demás alumnos, y todo el Teatro de Santa Sofía. Y de todos era de sobra conocida la capacidad de Juan David para declamar con el corazón en la mano. Estaba asegurada una altísima calificación para el joven Alfoz, pues la distinguidísima maestra asignaba sus calificaciones finales en base al desempeño de sus alumnos esa noche del festival. A Dino se le ocurrió que quizás sería ésta la primera ocasión en que doña Lucecita otorgara un perfecto cien en su curso. La señora, con estrictísimo carácter, había negado ese honor a todos los que habían tomado su clase, aduciendo que la perfección era solamente divina y que nosotros, los mortales, casi siempre podríamos encontrar la forma de superarnos.

En su desarreglada mente, manchada por los terribles tintes de la envidia, Dino oía ya los degradantes comentarios de su madre:

“¡Tu décima estuvo muy ingeniosa, pero las rimas de Juan David fueron perfectas. ¡Bien merecido tiene él su calificación de cien y tú, la de noventa! ¡Si tan solo hubieras puesto más empeño...!”

Pensó Dino en la Diosa Justicia, la Iustitia de los romanos, de quien hace poco hablaran en su clase de historia, y quien, altiva, sostenía una balanza en una mano y en la otra tenía una espada. Se la hacía curioso que en algunas esculturas se le representara con los ojos vendados y que en otras nos viera con imperturbables ojos. Pensó que la belleza de un poema no estriba necesariamente en su longitud, sino en su ingenio, su belleza, y en la manera en que el autor conmueve a la persona que los escucha. Tanto mérito podía tener una espinela con sus austeros y rigurosos diez versos que siempre seguían un estricto orden como los versos del Camino de Santiago, en los que solamente los pares acusaban rimas asonantes.

“Vamos a ver qué se me ocurre–concluyó–pues no es justo que yo quede siempre en segundo lugar.”

IX

El Teatro de San Lucía estaba ya repleto. El elegante programa que había preparado doña Lucecita, con sus clásicos adornos y florituras, dictaba el orden de las representaciones, que serían dieciséis y que precederían a la obra de teatro, que tendría una duración de unos 45 minutos. Dino iría segundo, mientras que Juan David no tendría que enfrentar al público sino hasta después del primer intermedio.

La dignísima velada abrió con un casi interminable discurso de bienvenida pronunciado por algún antiguo alumno del colegio. El primer acto consistió en la narración de un breve cuento, por parte de Carmina Carrizos, quien por cierto era muy guapa y a quien casi todos los muchachos del colegio querían tener de novia. Terminando su cuento, doña Lucecita anunció que merecía un 95 de calificación. La historia era ingeniosa, bien narrada, y poco había que criticar. El público, acostumbrado ya a que ningún participante alcanzara los cien puntos, premió a Carmina con un nutrido y unánime aplauso.

Llegó así el turno de Dino. Subió al escenario un poco nervioso, anunció que intentaba honrar con su décima a su escuela querida y a sus dedicados profesores. Recitó de memoria el primer cuarteto con mucha claridad, articulando cada sílaba con el señalado talento que lo caracterizaba:

“Hablando sin reluctancia

quiero decir, orgulloso,

que es para mí muy honroso

estudiar en el Pallantia.”

Atisbó entonces Dino una mirada a doña Lucecita. La augusta profesora parecía estar contenta, y con los ojos hizo un gesto de aliento, como diciendo, “Siga, Dino, adelante”.

Y siguió, con un verso quinto que fluyó en forma excelente a juzgar por la positiva reacción de la maestra, quien pareció inclusive tener el inicio de una sonrisa en su rostro castellano:

“El colegio, con prestancia,”

El sexto fue pronunciado por Dino en forma magistral:

“acrecienta mi cultura:”

Al recordar el séptimo, Dino sintió que algo estaba mal. Comprendió entonces que el ritmo de tal verso era incorrecto. “Al verso ‘Aprendemos literatura’ le sobra una sílaba”, pensó. Tomó una pausa que aunque fue casi instantánea, a él le pareció de varias horas, y por fin dijo:

“Aprendo literatura”

para después, con alivio y fácil fluidez, terminar triunfal su décima:

“historia y filosofía

y, no sin gran alegría,

matemáticas de altura.”

El aplauso y las bondadosas risas del público no se hicieron esperar. La décima era ingeniosa, y honraba con su rima y metro la palpable cultura del Pallantia y de sus excelentes profesores. Los versos nono y décimo, “y, no sin gran alegría, matemáticas de altura”, causó hilaridad en los que conocían a Dino, pues era bien sabido que, a pesar de nunca haber bajado su promedio de los 95 puntos, el muchacho no tenía gran interés en la ciencia de los números y se quejaba de tener que tomar la clase diariamente. La espinela de Dino, perspicaz y aguda, comulgaba con la filosofía profesada siempre por el colegio: “Queremos alumnos inteligentes y cultos”. Así rezaba la inscripción en latín que, aunque ignorada por muchos, estaba finamente grabada en el portón de la escuela:

Cultura, Intelligentia, Sapientia

Extraña fue, sin embargo, la reacción de doña Lucecita. Pidió un momento para consultar sus notas y por fin pronunció la sentencia.

“Dino, si hubiera usted escrito los versos así como los recitó, hubiese recibido de su servidora el primer ‘cien’ en la historia de estas fiestas culturales. Pero tengo aquí el original–dijo, mostrando a todos una hoja de papel–en el que, como usted bien sabe, hay un verso con nueve sílabas. Lo felicito por su ingenio y por tener la rapidez mental para corregirlo en el momento. Tiene usted un 95.” Aunque hubo en la alegre y ávida audiencia más de una persona no entendiese la magnitud del problema, pronto se escuchó un cerrado aplauso que premió así la erudición de Dino, quedando ignorado por el público el comentario de doña Lucecita.

Dino aceptó las palmas con dignidad. Aunque sabía dónde estaba sentada su madre, decidió no dirigirle la mirada por temor a ser reprimido o menospreciado. Nunca supo que en el rostro de doña Benedetta estaba dibujado un señalado sentimiento de satisfacción y orgullo que no podía ser disimulado. Caminó Dino hacia la parte trasera del teatro. Injustamente culpó a Juan David de su falla. “Yo sé que mi amigo se dio cuenta de que a mi espinela le sobraba una sílaba. Y se negó a ayudarme. Bien pudo haberme sugerido que verificara el metro de mis versos. ¡Y todavía se atreve a llamarme ‘amigo’!” En lugar de tomar asiento en las butacas del teatro, corrió a su casa con el firme propósito de “arreglar las cosas”. El recorrido fue breve como un respiro pues la casa de los Leso estaba a unos cuantos pasos del teatro.

En su casa, encontró la copia del romance del Camino de Santiago que Juan David había escrito. Con gran habilidad borró algunas de las palabras clave del romance y las sustituyó por otras que estratégicamente colocadas, servirían para arruinar el elegante poema. Así, los versos que en su versión original rezaban,

“Con un arte esplendoroso

de escultórica riqueza,

Frómista, Tierra de Campos,

a la que por siempre riega

el gran Canal de Castilla,

tiene impresionantes huertas

y acoge a los peregrinos

con románica belleza”

fueron borrados y sufrieron una ruin transformación:

Y con un arte horroroso

de escultórica aspereza,

Frómista, Tierra de Campos,

a la que por siempre riega

el gran Canal de Castilla,

tiene tristes azoteas

que espantan a peregrinos

por su falta de limpieza.

Calzadilla de la Cueza no corrió con mejor suerte, ya que la versión original amablemente alababa al pueblecito:

“Sigue luego en el Camino

Calzadilla de la Cueza

con su solitaria torre,

de elegancia nada escueta.”

pero fue perspicaz y perversamente trastornada a

“Sigue luego en el Camino

Calzadilla de la Cueza

con una espantosa torre

que el verla me da vergüenza”

Por último, el cuarteto que cantaba la gloria de Moratinos,

“No muy lejos, Moratinos,

con una sencilla iglesia,

tiene, con gran distinción,

una Calzada Francesa.”

aberrantemente terminó en:

“Y la aldea de Moratinos,

que más que bonita es fea,

tiene, con gran distinción,

una descuidada acera.”

Pensó Dino que lo difícil ahora sería el sustituir la hoja de papel original de Juan David con la que ahora tenían las horrendas modificaciones. Tendría también que convencer a su amigo de que leyera el manuscrito. Doña Lucecita no penalizaba a quien leyera su trabajo con tal de que fuese prosa o que, siendo un poema, tuviera al menos treinta versos.

Subrepticiamente logró Dino entrar al teatro en el momento en que daba inicio la última representación del primer acto. Utilizando la puerta lateral, misma que él mismo había dejado entreabierta con la ayuda de una piedra de la calle, pasó a la parte trasera del magno recinto. Encaminó sus pasos a una mesa donde, en un cuaderno, había visto que Juan David había guardado sus apuntes. Aprovechando que nadie le prestaba atención, abrió el cuaderno de su amigo y con presteza sustrajo el poema del Camino de Santiago. Esmerándose en replicar los irregulares pliegues del original, puso el suyo en el cuaderno, cerró el mismo, y se dispuso a reunirse con los demás concursantes en el intermedio. Satisfecho de su ardid, pensó: “Ahora sí sentirá Juan David en carne propia lo que es equivocarse... Espero que lea en público los disparates que escribí. O que, al menos, titubee y que se le olvide lo que escribió”.

En el intermedio preguntó Dino a Juan David si pensaba leer su romance. Juan David indicó que no estaba seguro, pues ya lo había memorizado la noche anterior. Dino acabó convenciéndolo, fingiendo tener un genuino interés en el éxito de su amigo y aparentando una honda preocupación.

“¡Léelo, mi amigo. Sería penoso que se te olvidara un versito. Y ya sabes que doña Lucecita no descuenta puntos por leer cuando tienes más de treinta sílabas. ¡Prométeme que lo vas a hacer!”

Juan David se mostró agradecido por el patente interés de Dino y finalmente accedió a leer su poema. Al término del intermedio los amigos se despidieron, yéndose uno a ocupar su lugar en las butacas del teatro y el otro detrás de los decorados del viejo escenario.

Llegó por fin el turno de Juan David. Tal y como lo había prometido, el joven Alfoz inició su acto proporcionando una descripción de su poema.

“Es un poema al estilo de los romances castellanos en el que pretendo con mis rimas homenajear los pueblos que en Palencia son visitados en su peregrinar por los caminantes cuyo destino es primeramente llegar a León y ultimadamente, Santiago de Compostela”.

Abrió entonces su elegante cuaderno de cuero café, también labrado por el insigne profesor Martín del Campo, y que mostraba una muy elaborada y adornada letra ‘A’, inicial de su ilustre apellido, que estaba rematada por mil adornos que caprichosamente surcaban su portada al compás de fantásticos e impredecibles patrones geométricos.

Juan David procedió entonces a leer su romance. Recitó su primer segmento con un carácter, determinación, elegancia y envidiable aplomo que más bien parecían los de un hombre maduro.

“El Camino de Santiago

entra primero a Palencia

cruzando por largo puente

el venerable Pisuerga

y así, saliendo de Burgos

llega a Itero de la Vega.”

“Empecé muy bien”, pensó. “Voy ahora por el segundo de los pueblos”:

A Boadilla del Camino

se arriba por carretera

o por caminos pedestres

y una majestuosa iglesia,

encontramos en el pueblo

con imponente silueta.

“Creo que va muy bien la cosa'', dedujo, satisfecho. Por su mente desfilaron los detalles de la siguiente población. “Voy ahora por Frómista, por la que pasa el Canal de Castilla y tiene el estilo románico en sus antiguos edificios, que cobijan arte esplendoroso”.

Atisbó las primeras líneas del fromisteño homenaje, que leían, “Y con un arte horroroso, de escultórica aspereza...”. Juan David hizo una casi imperceptible pausa que no se le hubiese escapado, por insignificante que fuese, a doña Lucecita. La estricta profesora conocía perfectamente la capacidad del joven Alfoz, por lo que sospechó que algo no iba tan bien como todos lo esperaban. El joven palideció, e inmóvil, dejó pasar unos cuantos momentos en donde sus ojos buscaron apoyo primero en su madre, a quien no pudo ver con claridad pues la señora estaba sentada en la sección más lejana al escenario, luego en su amigo Dino, quien, para su sorpresa, parecía estar disfrutando del momento y no podía ni siquiera disimular una desagradable sonrisa burlona, y por último, en doña Lucecita. La maestra hizo un alentador gesto con la mano invitándolo a seguir.

Reaccionó por fin Juan David. Dignamente dobló el papel donde estaba escrito el poema. Transcurrieron otro par de interminables momentos en los que la gente que abarrotaba el pequeño y venerado teatro guardó un muy respetuoso silencio, sin saber a qué razón atribuir la embarazosa pausa en la recitación del romance. El muchacho se repuso. Valiente y decididamente siguió con los versos que de su prolífica inspiración habían visto la luz. El público, que siempre quiere ver triunfar a quienes osan pisar un escenario, lo siguió atentamente y lo premió con un lozano y frondoso aplauso.

Doña Lucecita habló por fin.

“Inusitado es, sin duda, este día. Hace apenas un rato escuchamos un poema que, por primera vez en la historia de estos festivales, era merecedor de un ‘cien’. Tenemos aquí otro, que habla de mi añorada provincia palentina con floridos tonos y evidente pasión. Lo felicito, Juan David, y aunque lo merece, me veo en la penosísima necesidad de descontar algunos puntos debido a la notable pausa que tuvo usted antes de los versos de Frómista. Estimo que un 97 será lo justo. Mil felicidades.”

Los aplausos no se hicieron esperar, y después de expresar su agradecimiento a doña Lucecita y al vehemente público con un caballeroso gesto, Juan David abandonó el escenario.

Tras la cortina, e iluminado por una desvanecida y casi impalpable luz, abrió su cuaderno y leyó con detenimiento su contenido. Reconoció inmediatamente la hoja que, de su puño y letra y escrita a lápiz tal como era su costumbre, había entregado a Dino el día en que habían los muchachos intercambiado la lectura de sus respectivos versos. Incapaz de acusar a su amigo, pensó que seguramente alguien más había tomado sus apuntes para jugarle esta cruel y lacerante broma. Trataba desesperadamente de resolver el misterio de cómo se habían trocado sus elegantes versos por lo que ahora reposaban en su cuaderno. En su corazón se guarecieron a un mismo tiempo varios sentimientos y emociones: la decepción de saber que había estado cercano de tocar el codiciado e inalcanzable ‘cien’ de doña Lucecita, la ira de saber que alguien había modificado sus versos con el evidente propósito de perjudicarlo, y también una sed de venganza. No le quedó más remedio que reconocer que los cambios, aunque hirientes, estaban bien hechos pues parecían seguir las reglas que por varios siglos se han observado en el idioma castellano para la construcción del romance. Incrédulo, tuvo entonces la sospecha de que había sido Dino el culpable de la traicionera y alevosa treta. La sospecha se solidificó cuando leyó el verso que condenaba a Moratinos, en el que el autor de los dolosos versos escribiera, “que más que bonita es fea”. Evidente era que el responsable de haber modificado su poema había tratado de emular el distintivo tipo de letra de Juan David, que siempre señorial, estiloso y gentil, acusaba peculiares rasgos y churriguerescos adornos. Sin embargo, la letra ‘f’ había sido elegantemente cruzada por tres pequeñas rayas ligeramente inclinadas. Solo su amigo Dino escribía esa letra de tal manera. Revisó los otros versos apócrifos y descubrió que en el de Frómista, la ‘f’ de la palabra ‘falta’ tenía también tres rayas horizontales.

“Quizás sea obra de alguien que quiere culpar a Dino”, pensó, aunque no sabía de nadie más de la escuela que tuviera la capacidad de rimar. Pero fue en la ‘F’ mayúscula de Frómista donde Juan David encontró la evidencia que delataba inequívocamente a Dino. Dino solía presumir de haber perfeccionado la forma de escribir varias mayúsculas al estilo renacentista, agregándoles siempre una gran cantidad de florituras y adornos que solo un artista dotado de gran creatividad podría diseñar. Las mayúsculas de Dino eran imposibles de reproducir y se parecían un poco a las formidables firmas que algunas personas desarrollan al paso de los años y que son tan inverosímiles como imposibles de emular.

Al terminar la siguiente representación, Juan David pasó a la butaca que tenía asignada en el teatro, misma que estaba aledaña a la de Dino. Al sentarse, le pasó la hoja con los versos a su amigo, diciéndole, “Te salieron los versos muy bien. Y te felicito por la ‘F’ de Frómista. Está más renacentista que nunca. ¿Por qué lo hiciste?” La respuesta de Dino fue breve y sarcástica, hiriente, y estuvo acompañada de una velada risa: “Ya te tocaba equivocarte, don Perfecto”.

X

Con un sentido de lealtad y por respeto a la amistad que por muchos años de su niñez los había unido, Juan David decidió no reportar la sucia jugada de Dino a las autoridades escolares. La evidencia era clarísima: doña Lucecita tenía en sus archivos el original del romance jacobeo, y Juan David había conservado la copia que había producido Dino, con sus inconfundibles mayúsculas que lo delatarían. Todavía se preguntaba Juan David el por qué Dino había tenido tan poco cuidado al alterar los versos: “Lo más sencillo e inteligente hubiera sido el escribir todo tratando de copiar mi letra. Seguramente andaría a la carrera”.

La única persona que sabía del indecoroso ardid de Dino era doña Margarita, a quien había tomado por sorpresa.

“Es la segunda ocasión en que esta familia tan querida nos agrede–, a su hijo dijo al compás de un soberbio aguacero–, pero tienes que saber perdonar a tu amigo. El rencor que sientes, aunque justificado, te está royendo el corazón. Mira que yo pude perdonar en un solo instante a doña Benedetta cuando me levantó las calumnias, y ya ves que nada pasó y yo sigo muy tranquila.”

“Pues no le he hablado a Dino desde que lo vi en el teatro. No tengo ganas de hacerlo, pues no comprendo todavía cómo pudo haber concebido tan siniestro plan. Es evidente que todo lo planeó y ejecutó con el afán de opacarme”.

“Pues es hora de que lo perdones. Te pido que olvides el incidente y que un día de estos vayas a la casa de enfrente y les de los buenos días a Dino y a su mamá”.

“Pero ¿cómo poder olvidarlo? Me merecía un ‘cien’, y lo perdí. ¡Cómo lamento no haber presentado las pruebas de la maldad de Dino a doña Lucecita esa misma noche! Puede ser que quizás me hubiera cambiado la nota al cien que dijo que merecía.

“Es muy tarde para eso. Ya no quiero que le des tanta importancia al asunto. Camina siempre para adelante, sin mirar atrás. Y perdona a tu amigo, que así nos perdona Jesús nuestros pecados.

“Tú sabes que yo no tengo la devoción a la iglesia ni a sus preceptos que tú siempre has profesado, mamá. Hay cosas que son solo de señoras y que a los hombres no nos atañen. Celebro que seas partícipe en tus treinta ministerios–dijo, con gracia, sabiendo que su piadosa madre, aparte de ser catequista por excelencia, pertenecía a un par de grupos de oración–y que tus clases de catecismo sean las más bonitas de Santo Toribio. Pero no me pidas que sea muy católico. Confórmate con que lo sea de nombre”

“¡Juan David, Juan David! Ojalá que algún día me puedas obsequiar el regalo de saber que has perdonado a Dino. Y uno más grande todavía sería que me dijeras que eres católico de verdad”.

XI

El siguiente año escolar comenzó al tremor de las espectaculares tempestades septembrinas que muchas veces se formaban a la hora de la comida y no terminaban hasta la hora del café a la mañana siguiente. Juan David y Dino no se habían cruzado palabra alguna salvo un par de ocasiones, en el campo de fútbol, donde siendo sendos capitanes de equipos contrarios, habían tenido que darse un forzado apretón de manos y desearse buena suerte en el partido que habría de jugarse.

Pasaron octubre, noviembre, y la mitad de diciembre. En las frecuentes ocasiones en que Juan David había visto a Dino en la plaza de Santo Toribio, lo había evitado. No fue sino hasta una tarde de posadas, soleada y fresca, en la que Dino tocó la aldaba centenaria de la casa de los Alfoz. Juan David, que iba de salida, no tuvo más remedio que saludar a Dino, quien por cierto cargaba un recipiente en el que se veían los típicos trocitos de canela que con sus oscuros y sombríos matices sobrenadaban en un reposado mar de arroz con leche. Saludó entonces Dino a su amigo: “Le pedí a mi mamá que preparara un poco de tu postre preferido. No te culpo por haberme evitado todos estos meses. Quiero que sepas que hoy mismo hablé con doña Lucecita y, avergonzado, le aclaré que había sido yo el culpable de tu turbación en el festival. Le expliqué que había yo venido a verte y que tú, por tu impecable código del honor, no habías hecho comentario alguno sobre mi décima. Bien sé que, con tu excepcional oído, enseguida descubriste la novena sílaba en mis versos. Aunque es muy tarde para cambiar tu calificación, doña Lucecita piensa platicar contigo un día de éstos. Mi conducta el día del festival fue reprobable. Después de mi recitación de esa noche, corrí a mi casa y alteré tus preciosos versos del Camino de Santiago para hacerte fallar. Si pudiera regresar el tiempo en estos momentos, lo haría, para poner un par de pesas en mis zapatos o un buen candado a las puertas del teatro para que no pudiese yo salir del recinto. No trato ahora de justificarme. Pero no sé si sepas que había yo escuchado de mi mamá críticas y comentarios muy negativos por mucho tiempo, en los que quizás para animarme a esforzarme todavía más, nos comparaba, magnificando siempre tus logros y minimizando los míos. Eso causó un resentimiento injustificado hacia ti. Como te digo, esto no disculpa en nada lo que hice. Después de la noche del teatro le pedí a mi madre que jamás me volviera a comparar contigo ni con nadie más. Le expliqué de mi traición, misma que ella condenó. Vengo hoy a pedirte perdón. Ni siquiera espero que las cosas vuelvan a donde estaban, pero sí quisiera que supieras que me ha pesado mucho esta situación, y que tu amistad sigue siendo muy valiosa para mí. Te dejo este arroz con leche pues no merezco que me invites a entrar a tu casa. Amigo, perdóname.”

Juan David entendió entonces la verdad del mensaje de su madre. El perdonar a Dino era, por encima de todo, una decisión. Las emociones iniciales se habían disipado al paso del tiempo. Había llegado el momento de decidir. Y lo hizo.

“¿Pero a dónde vas con tanta prisa, amigo? Pasa, Dino, que esta es, como siempre, tu casa. Vamos a servirnos un poco de este delicioso arroz con leche, que llega en muy buen momento”.

El alivio y dicha que Juan David sintió en ese momento fueron palpables. Y evidente era también el alivio de Dino. Pasaron los jóvenes al comedor, donde doña Margarita, con un doble sentimiento de felicidad, intuía lo que había sucedido. La señora se regocijaba de ver a los amigos juntos, y todavía con más ahínco celebraba el hecho de que Juan David había por fin podido perdonar a Dino. Nunca había disfrutado de un arroz con leche con tanta dicha como en aquella tarde.

XII

La amistad de los muchachos continuó por algún tiempo, pero llegó a una abrupta terminación en los postreros meses de su último año de preparatoria. Las Navidades de ese año final habían sido celebradas en Santo Toribio del Cerrato según una antigua tradición en la que la mayoría de la gente acudía a la misa de gallo para luego retirarse a la cena. Un frío y húmedo norte había llegado hace un par de días, que encerrado por las serranías que con su verde yugo arrinconaban al pueblo, helaba hasta los huesos. Inútil parecía arroparse. Desagradable era para todos al acostarse encontrarse con sábanas prácticamente mojadas por la humedad.

Los regalos que más apreció Juan David en esa navidad que pasó en casa fueron una gorra y una chaqueta alusivas a un equipo deportivo de su preferencia que esa temporada había cambiado sus tradicionales colores. La tradicional camiseta con rayas amarillas y blancas fue desterrada, pues, el equipo había decidido adoptar a un brillantísimo amarillo sólido, subido. Cuando se anunció la modificación al uniforme, los cronistas lo identificaron como amarillo “neón”, aludiendo a las luces multicolores de las que ahora podemos disfrutar que gracias a los últimos avances tecnológicos. Se había desechado el escudo que antes tuviera el equipo, el cual mostraba una imperial corona con tres vistosos rubíes (uno por cada campeonato en la corta historia de la escuadra amarilla). En lugar del adornado escudo ahora la camiseta tenía tres grandes máscaras rojas arregladas en diagonal. Las caretas eran al estilo “Fantasma de la Ópera”, pues cada una estaba hecha para ocultar con su misterio solamente mitad del rostro de quien se la pusiera. El nuevo atuendo no fue bienvenido por los puristas del fútbol. Sin embargo, fue un grandísimo éxito promocional, y si no fuera por el altísimo precio de los artículos que con los nuevos colores que se vendían, seguramente todos los jóvenes del país hubieran ya adquirido el uniforme de su equipo. En enero, la chaqueta color neón de Juan David causó sensación en la escuela y fue la envidia de muchos.

Fue precisamente en su último semestre en el que Juan David y Dino tomaron la difícil clase de química. Los experimentos se llevaban a cabo en el Laboratorio “El Cid Campeador”, en el que los alumnos siempre trabajaban en grupos de tres. Quizá para celebrar su renovada amistad, Juan David y Dino escogieron trabajar juntos. Atraída quizás por la excelente reputación de los muchachos o también tal vez porque los chicos eran ambos muy apuestos, Carmina Carrizos pidió ser el tercer miembro del grupo. Los amigos aceptaron gustosos, pues Carmina era guapa, inteligente y lista y estaban seguros de que, con ella, formarían un sólido equipo de laboratorio.

No todo fue fácil. Las visitas al laboratorio tenían lugar dos veces por semana, por la tarde. Los experimentos tenían una duración nunca menor a las tres horas. El continuo roce con la guapísima Carmina despertó en los dos muchachos sentimientos que no habían hasta entonces experimentado. Nunca antes se habían interesado seriamente en las muchachas. Y menos, los dos al mismo tiempo y en la misma chicha. Así lo descubrieron una tarde, cuando después del juego de vólibol, Juan David le comentó a Dino que pensaba invitarle un refresco a Carmina en el restaurante de los portales, a lo que Dino contestó.

“¿Y a qué horas nos vemos?”, asumiendo que se trataba de algún trabajo de química en el que los tres colaborarían.

Tuvo Juan David que explicar que la cita no tenía nada que ver la materia, sino que era solo para dos personas, a lo que Dino apuntó con mucha franqueza.

“A mí también me gusta Carmina. Si tú la invitas hoy, yo la invitaré mañana”.

Juan David, indignado, dijo, “Pues que gane el mejor. No pienso pelear contigo, pero sí te advierto que voy a hacer todo lo posible por conquistar a Carmina”.

Dino prefirió entonces retirarse, no sin antes pensar que en esta nueva competencia no le gustaría llegar, como siempre, en segundo lugar.

Juan David resultó ser el ganador. En la segunda semana de febrero anunció al mundo que Carmina era ya su novia. La hermosa niña había accedido a sus ruegos, aunque sin mucha convicción, pues parecía también tener ojos para Dino. El tener que trabajar en equipo empeoraba notablemente la ya tensa situación. Pidió Juan David al Ing. Samuel Díaz del Hórreo, su maestro de química, que les permitiera cambiar la composición del equipo, pero sus ruegos cayeron en oídos sordos.

Otra vez desesperado, y vencido en una batalla amorosa donde el segundo lugar no significaba nada, Dino sintió un nuevo resentimiento hacia Juan David.

“Esta vez no hay escape. No puede ser que no pueda ganarle. He perdido siempre, pero el campeón es quien gana el último partido”, pensó el eterno ganador de las medallas de plata.

XIII

Esperó Dino que las circunstancias fueran propicias. En una mañana de principios de marzo, Juan David tuvo que ausentarse de la escuela a media mañana por tener que realizar una rápida visita a la farmacia.

“Se me olvidó avisar en la oficina que tendría que irme–informó Juan David a Dino–, pero me voy a escabullir durante el receso, sin pedir permiso, para ir a la farmacia a surtir la receta de antibióticos que me recetó el doctor. Los que tomé no me hicieron el menor efecto, por lo que me pidió el doctor que los empezara a tomar los nuevos a la hora del receso”.

La madrugada había amanecido fría, pero el sol tropical, que en aquella época seguramente ya pensaba en la primavera, había logrado, aunque trabajosamente, calentar la mañana. A la hora en que la campana triunfalmente marcó el inicio del esperado y siempre bienvenido receso, Juan David, fiel a su advertencia, salió subrepticiamente de la escuela. La recurrida Farmacia Mogrovejo estaba a unas cuantas calles de distancia.

Dino comprendió que ésta sería su gran oportunidad de poner fin a su mala racha y llevar a cabo un maquiavélico plan que cuidadosamente había discurrido. Para su fortuna, descubrió que, en sus prisas, Juan David había olvidado su gorra y chaqueta de color neón en el salón de clases.

Apenas comenzaba la informal partida de básquetbol que se había organizado, cuando Dino fingió sufrir un tirón en la pierna y pidió retirarse. Sin que nadie se diera cuenta, regresó al salón de clases, en donde tomó la chaqueta y gorra de Juan David. Las guardó en una bolsa de basura, salió del aula y se encaminó rápidamente al Laboratorio de Química “El Cid Campeador”. Con el plan que cuidadosamente había elaborado y cuyo éxito creía estar virtualmente asegurado dada la subrepticia ausencia de su amigo, se dirigió al armario donde el Ing. Díaz del Hórreo guardaba los químicos. Leyó, con ironía, el letrero que en tiempo inmemorial algún maestro había colocado en una de las puertas del viejo mueble, y que cobijado por un triste vidrio cuya transparencia no era ya la que en pretéritas épocas había lucido, rezaba,

PRECAUCIÓN: EN ESTE LABORATORIO,

LO QUE NO EXPLOTA, APESTA

“Vaya que esto va a apestar”, pensó Dino. Desdeñadas en recónditos lugares de su alma quedaron las palabras de arrepentimiento pronunciadas en el zaguán de los Alfoz hacía algún tiempo mientras cargaba la bandeja de humeante arroz con leche. Su pesar, que quizás había sido sincero en su momento, había sido desplazado de nueva cuenta por una corrosiva y letal envidia, por un mal fundado sentimiento de la justicia, y por un ansia desmedida de cobrar venganza.

En una de las repisas del augusto y reverenciado armario encontró un frasco que contenía un fétido químico cuyo nombre era ya imposible de leer. Según había explicado en clase alguna ocasión el Ing. Díaz del Hórreo, la sustancia, que formaba unos pequeños cristales blanquecinos, despediría al esparcirse un olor sumamente desagradable y tan insoportable que tardaba varios días en extinguirse. Dino trató de abrir el avejentado recipiente, sin mucho éxito. El óxido parecía haber sellado por siempre la vieja tapa. Desesperado, y sabiendo que no contaba con mucho tiempo, el muchacho golpeó levemente el canto de la tapa con una regla de metal, logrando por fin abrirla. El nauseabundo olor que despidió el horrendo químico era realmente intolerable. Lanzando al aire un par de carcajadas que más parecían las de un psicópata, Dino regó el químico encima de una de las mesas del laboratorio. Arrimó luego un ruidoso ventilador de pedestal a la mesa, y decidido, lo encendió a la más alta velocidad, teniendo cuidado de colocarse detrás del aparato y así evitar ser rociado por la lluvia de fétidas escamas que como malignos copos de nieve pronto tapizaron el laboratorio con su pernicioso inaguantable, ultrajante y despótico aroma.

Soltando otra enfermiza carcajada, Dino apagó el ventilador. Colgó entonces la gorra de Juan David de uno de los tubos del aparato. Se marchó enseguida del viejo laboratorio, cuyo olor era ya insufrible y se dirigió al poco transitado camino que recorría la parte atrás de los edificios de la escuela. Depositó la chaqueta amarilla de Juan David al pie de un árbol, pensando que por su brillante color, no tardaría en ser encontrada.

Regresó a la cancha de básquetbol, donde en forma casual se dirigió a alguno de sus compañeros con voz lo suficientemente fuerte para que lo escucharan dos maestros que se entretenían en presenciar el juego.

“¿Qué estará haciendo Juan David en el ‘Cid Campeador’? El reporte de laboratorio ya lo acabamos ayer”.

Sus comentarios no causaron ninguna reacción, pero Dino deseaba que fueran registrados por los profesores.

Dino se percató de que Carmina estaba sentada al otro lado de la cancha deportiva. “¡Otro golpe de suerte!”, musitó. Se acercó a ella y la saludó como siempre. ¡Qué deseos sentía de poderla tratar como novia y no como compañera de laboratorio! Pero aprovechó la ocasión para plantar una semilla cuyos frutos él deseaba que fuesen muy amargos. Fingiendo la mayor consternación posible se dirigió a la guapa muchacha.

“No te quería yo decir dónde anda en estos momentos tu novio, pero el aprecio que te tengo es más fuerte que la amistad que me une a Juan David. Fíjate que se escapó un rato de la escuela para ir a visitar a Blanca Rosa, que se quedó en casa porque está enferma con un muy fuerte catarro. Creo que tu novio iba a pasar a la farmacia a comprarle alguna medicina pues ella se lo pidió como favor especial.”

Blanca Rosa efectivamente había faltado al colegio esa mañana y el profesor de física había anunciado que era por un mal cuidado resfriado.

"¿A Blanca Rosa? ¿Pero por qué? ¿Qué clase de favores especiales son estos?" respondió Carmina, desconcertada.

"Quizás se lo deberías tú de preguntar a él. No son cosas que yo pueda decir".

"Dime, Dino". Dijo Carmina, tomándole la mano.

Dino guardó silencio con un aparente aire de caballerosidad, pero disfrutando más que nunca el roce de la suave mano de la hermosa Carmina contra la suya.

A los pocos minutos regresó Juan David, quien había entrado a la escuela desapercibido después de su rápida visita a la farmacia. Uno de los compañeros le preguntó,

“¿Dónde andabas? ¡Aquí estamos esperándote para jugar!”

Juan David, no queriendo revelar enfrente de los profesores que había dejado la escuela sin autorización, respondió evasivamente

“Por ahí nada más, pero aquí estoy ya. ¿Todavía me necesitan?”.

Carmina, todavía sentada al lado de Dino, lo llamó.

“¡Juan David, Juan David! ¿Dónde andabas? Te he estado buscando”.

Acudió pronto el muchacho a su encuentro. Vio que estaba sentada con Dino, pero no le dio al asunto mayor importancia. Sin embargo, sintió la necesidad de ocultar la verdad pues estaban todavía cerca los maestros.

“Allá, por los árboles”.

Se refería a una pequeña arboleda cerca de la cual la escuela había edificado una pequeña tienda en la que vendían refrescos y golosinas a los alumnos. Al levantar Juan David el brazo con dirección a la tienda, se desprendió de su bolsillo el recibo de la farmacia. Los recibos que se expedían en la Mogrovejo era fácilmente identificados por su fuerte color rosado, único en la ciudad.

Carmina, cuyo corazón acababa de ser aguijoneado por el infame veneno que de la lengua de Dino había brotado, reaccionó desfavorablemente. Para ella, el delator recibo era fehaciente prueba de la infidelidad de su novio. Tomó a Dino del brazo, y le pidió que la llevara lejos de ahí, no sin antes increpar a Juan David con vehemencia.

“Hasta aquí llegamos, Juan David. ¡Que te aprovechen tus visitas a Blanquita! Nada quiero saber ya de ti”.

Juan David, extrañado por los inverosímiles acontecimientos y, para él, rarísima conducta de Carmina, decidió tomar una alocada y atormentada caminata. El azar lo llevó a las cercanías del laboratorio de química. Le extrañó un poco el ver la puerta entreabierta y creyó percibir un desapacible aroma al aproximarse al edificio, pero no reparó en ello. Su espíritu estaba tan confundido que no le era ya posible razonar.

Desesperado, siguió caminando hasta salir de la escuela. Sus pasos lo llevaron su casa, donde explicó a su madre que su noviazgo con Carmina había terminado.

No se imaginaba Juan David que en unas horas más sería suspendido del colegio por haber causado daños al laboratorio de química.

XIII

En el Pallantia se corrió instantáneamente la voz de la trágica disolución del noviazgo de una de las más interesantes parejas de la escuela. Se dio por hecho que Juan David había puesto sus ojos en Blanca Rosa. Esa tarde, ninguno de estos inocentes protagonistas se enteró del odioso chisme. La muchacha seguía encerrada en su casa sufriendo de una molesta fiebre, mientras que el joven Alfoz se había encerrado en su habitación, desconsolado, y todavía trataba de comprender lo que le había sucedido.

La inesperada visita de don Lucas Barquillero, Director del Pallantia, tuvo lugar esa noche. Sin más preámbulos se dirigió a un enmudecido Juan David y a su incrédula madre.

“Estoy asombrado por tu osadía y falta de respeto, Juan David. Tus acciones de hoy por la mañana han empañado la magnífica reputación que siempre has tenido no solo en el Pallantia sino también en el Manrique, donde según siempre han comentado sus profesores, paisanos míos, también fuiste siempre alumno distinguido”.

Pensando que seguramente el señor director se refería al hecho de que había abandonado la escuela sin pedir permiso, el joven tomó la palabra.

“Don Lucas, yo pensaba pedirle a usted una disculpa el día de mañana. Me urgía ir a la farmacia a comprar las medicinas, y como en la mañana se me olvidó pasar a la farmacia, imprudentemente me salí de la escuela por un rato. Comprendo que hice muy mal y peor estuvo mi reacción cuando me cortó Carmina”.

“A esa reacción me refiero. Y dejando a un lado tus líos amorosos, yo calificaría tus acciones de censurables”.

“Lo son, sin duda, don Lucas.”

“Tan lo son, Juan David, que me es preciso suspenderte de la escuela por una semana. La única razón por la que no te he expulsado definitivamente del colegio es porque conozco a tu familia desde siempre, y si tu madre me da su palabra de que hablará contigo de cómo reparar el daño que has causado, podrás regresar al salón de clases de este viernes en ocho”.

“¿Pero, don Lucas, a qué daños se refiere usted?”, preguntó, respetuosa, doña Margarita, que hasta el momento había guardado silencio.

“Explícale a tu madre, Juan David”, fue la escueta respuesta de don Lucas.

“Don Lucas, después de la vergonzosa escena en la cancha de básquetbol me escabullí del colegio y me vine directo a casa”

“No ganarás nada negando lo que hiciste. Me refiero a los daños causados al Laboratorio “El Cid Campeador”, que ha quedado inservible por el fétido químico que en tu furia y desesperación esparciste, y no se podrá usar en más de una semana.

“Don Lucas–dijo Juan David–, le juro a usted que no sé a qué se refiere”.

“Encontramos tu gorra de color chillante en el laboratorio y tu célebre chaqueta de las tres máscaras a unos pasos, en el pasillo de atrás. Y hay un par de testigos que te vieron entrar y salir del laboratorio. Solo a ti, con tu ingenio y creatividad, se te pudo haber ocurrido usar el ventilador para esparcir los cristales de apestoso químico. Celebro que cuando menos no hayas escogido algún otro de los letales compuestos que pudo haberte explotado en las manos”.

“Dios nos libre”, exclamó doña Margarita, alarmada.

“Don Lucas–contestó Juan David, sin poder contener los sollozos que, desde su corazón, injustamente acusado brotaban–, yo no entré al laboratorio el día de hoy. No sé quién habrá tomado mi gorra y mi chaqueta. Creo haberlas olvidado en el salón de clases. Y lo que le dijeron a usted los testigos es una vulgar mentira pues yo jamás pise el laboratorio. Me acuerdo haberme encaminado en esa dirección, pero iba yo sin rumbo fijo, desesperado por la situación.

“No es eso lo que dijeron Dino y Carmina. Aunque no le puedo creer mucho a Carmina, pues pudo haber actuado por despecho, el testimonio de Dino fue definitivo. El muchacho te estima y te considera casi un hermano, y no fue sino bajo mucha presión de mi parte que por fin se decidió a platicarme de lo hechos. El pobre muchacho estaba casi derramando lágrimas y exclamó varias veces que no era justo que fuera él quien te tuviera que echar de cabeza. Me contó también de que te había tratado de convencer de no apestar el laboratorio, pero que tú insististe que lo pensabas hacer antes de que terminara el año. Añadió que le habías comentado que una broma de ese tamaño haría más memorable tu paso por la escuela. Me resulta difícil en realidad que así pienses”.

“Pero, don Lucas...”

“No hay pero que valga. Y es difícil confiar en lo que me dices cuando hoy mismo burlaste la poca vigilancia que tenemos en la escuela en un par de ocasiones.”

“Don Lucas–exclamó doña Margarita–¿Está usted seguro de que no se está cometiendo una injusticia? No sería ésta la primera ocasión en que miembros de la familia Leso levantaran alguna calumnia en nuestra contra”.

“Señora Margarita–dijo el director–, yo he sido siempre ajeno a las murmuraciones y me resisto a comprometer mis juicios por lo que usted dice que pasó en otros años. Hubo inclusive dos maestros que, mientras se entretenían en ver jugar a los muchachos, escucharon algunas palabras en las que la impresión de los alumnos es que Juan David estaba fuera de sí y que era capaz de todo. Mi decisión es inapelable. Nos vemos el otro viernes, y espero que reflexiones sobre tus acciones. Tengan ustedes buenas noches”.

XIV

En el Restaurante El Cid Campeador, enclavado en la plaza de Santo Toribio del Cerrato era toda una institución treinta y tantos años después de las épocas secundaristas de Juan David Alfoz y Dino Leso. El dueño del establecimiento era Juan David, quien arañaba ya las cincuenta primaveras, y pocos años después de graduarse como alumno distinguido de la escuela Pallantia, habíase convertido en exitoso comerciante.

Juan David y Dino no volvieron a cruzar palabra después de los escandalosos sucesos en el laboratorio de química. La traición de Dino, clarísima para los Alfoz, había rendido amargos frutos. A Juan David se le dio la oportunidad de regresar a la escuela y terminar el año. Carmina y Dino fueron novios por unos meses. Unos meses después, a los Alfoz les llegaron noticias de que la “casa de enfrente” estaba a la venta pues los Leso se habían marchado del pueblo con destino a Chihuahua, y nada se había de ellos en muchos años. Terminando los muchachos la preparatoria. Juan David, que desde la infancia había mostrado dotes para el comercio, aconsejó a su madre que invirtiera parte del capital que les había dejado su padre en la compra de la casa de los Leso.

Emprendedor como pocos, y después de terminar su carrera de ingeniero industrial en una universidad de Puebla, Juan David había regresado a Santo Toribio del Cerrato para convertir la casa colonial que había sido de los Leso en exitoso restaurante al que con irónico gesto llamó “El Cid”, y que servía exquisitos platillos típicos de la región tales como el chilatole, el chayotezcle (la deliciosa raíz de un tipo de chayote), el armadillo y hasta el tepezcuintle. En El Cid nunca faltaban los caldos de mariscos, ni el pescado a la veracruzana, ni la exquisita paella valenciana. De postre se servía un exquisito arroz con leche que era tan blanco como las nieves del gran volcán que, tranquilo y plácido, yacía muy cerca de Santo Toribio sin que pareciera tener ánimos de despertarse. Juan David sabía que el arroz con leche del El Cid nunca sería tan bueno como los que en tiempos pasados y en la misma casa preparara doña Benedetta Tazzini de Leso. El dulcísimo puré de chayote, con receta especial de la casa, nunca era echado de menos. Se ofrecían también nieves de fresco mango y de esponjosa guanábana y reconfortantes helados de los tradicionales sabores de la vainilla y el chocolate y hasta del exótico azafrán. Este último se hacía siguiendo fielmente una muy especial receta proporcionada por un inmigrante persa de nombre don Ibrahim, que varias décadas atrás había llegado a Santo Toribio y de quien alguna vez se rumoró que tenía interés en enamorar a doña Margarita, aunque ella nunca se había percatado de las intenciones del señor y menos de los chismes de la gente.

Doña Margarita pasaba ya de los 80. Por su dificultad al caminar, le había sido imposible acudir a las juntas de oración de los grupos donde pertenecía, por lo que había decidido dedicarse exclusivamente al catecismo. Existía todavía el bellísimo libro de Historia Sagrada, mismo que tenía aún un mágico efecto en los chiquitines que casi todos los días acudían a casa de los Alfoz.

Los lunes por la tarde eran especiales en la casa de los Alfoz. Unos veinte años atrás, Doña Margarita decidió convocar a un grupo de amigas y formar un grupo de estudio de la Biblia. El grupo tenía ya más dieciocho años de reunirse cotidianamente, y estaba formado por varias amigas de la señora. Casi todas eran sus contemporáneas. Dos de las hermanas de doña Margarita, así como un par de primas, fueron siempre entusiastas y aplicadas alumnas en la clase de Biblia. Una de las más jóvenes integrantes del grupo creció en forma ejemplar en su devoción y fe y decidió desde entonces dedicar su vida al servicio de los demás, empleando una gran parte de su tiempo en llevar la Sagrada Comunión a los ancianos y enfermos. Más de una vez doña Margarita elogió a esta amada amiga al compararla con la ejemplar semilla de mostaza que cae en tierra fértil y termina convirtiéndose en un gigantesco árbol.

Doña Margarita se sabía bendecida y se confesaba feliz, con la salvedad de un importante aspecto de su vida: la espiritualidad de su hijo.

Juan David se había alejado de la iglesia y se rehusaba terminantemente a platicar de cualquier asunto que tuviera que ver con la religión. Criticaba al señor cura en turno, el Padre Mario, por decir misas muy largas y aburridas, aunque confesaba saber esto solo de oídas pues jamás había ido a ninguna. Acusaba al padre de emborracharse, de no hacer nada, de tener favoritos en la comunidad, y de tener el ojo alegre. Parecía ser el único en Santo Toribio que así opinaba, pues la conducta del reverendo sacerdote era irreprochable.

Soltero empedernido, Juan David parecía estar casado con su restaurante. Caminaba el trayecto entre el mismo y su casa varias veces al día. Incansable, decía que su horario era de 7 a 12 todos los días, menos los lunes, que descansaba. Cuando se le preguntaba por qué trabajaba solo unas cuantas horas, con orgullo explicaba que su horario era realmente un poco más extenso, pues iba desde las siete de la mañana hasta las 12 de la noche, y que los lunes descansaba pues solo trabajaba de seis de la mañana a seis de la tarde.

A doña Margarita le agradaba pasar ratos en el restaurante, mismos en los que varias de sus contemporáneas la visitaban para platicar y disfrutar de algún pastelillo y de un humeante té de manzanilla o vivificante café de la región. En sus ratos de silencio, oraba a Dios por el alma de Juan David.

“Concédeme el milagro de algún día presenciar su conversión, Señor”, era la repetida devoción de la buena señora. Aunque procuraba decirla en voz baja, muchos de los allegados a la familia la habían escuchado y en silencio la acompañaban en oración.

Muy devota, como todo veracruzano, de San Rafael Guízar y Valencia, había pedido a su hijo que cada 24 de octubre el restaurante ofreciera una cena especial en honor a Monseñor, cuya fiesta se celebraba ese día. Juan David accedió rápidamente, para sorpresa de su madre, aunque ella sospechaba que su hijo no se guiaba por ninguna piadosa razón, sino más bien por motivos económicos. Las cenas en honor a Monseñor fueron todo un éxito y se hizo necesario suplicar a los moradores de San Toribio que se sirvieran hacer reservaciones con anticipación. Cuando la gente de Santo Toribio decía que quería celebrar en grande el día 24, era preciso preguntar si se referían a la fiesta de Monseñor en octubre o a la Navidad. Tal eran el impacto y la popularidad de la cena en el Cid.

Fue precisamente en una de esas celebraciones del 24 de octubre cuando la salud de doña Margarita sufrió su primer problema de seriedad. La señora se había convertido en octogenaria unos días antes y llevaba ya varios días de sentirse débil y con un molesto dolor de cabeza que no reconocía. Decidida y dispuesta siempre a celebrar la ejemplar vida de Monseñor Rafael, indicó que ese año no se perdería la cena del 24. Uno de los momentos más esperados en la cena era el pedir a uno o dos de los comensales que narraran historias de Monseñor. A la primera cena acudió la familia cuyo milagro sirvió para beatificar al obispo veracruzano. El testimonio de esta familia fue realmente conmovedor.

El testimonio de este 24 de octubre fue el de don Aureliano Laviana, quien contó los detalles del día en el que, teniendo apenas la corta edad de siete u ocho años, se había topado con el Obispo Rafael en el atrio de la iglesia.

“Los chamacos nos dedicábamos a tirar piedras a unos adornos que había en el aquel entonces abajo de los nichos de los Toribios. Yo estaba a punto de tirar otra pedrada cuando delante de mí, vi a gigantesca figura de un señor rubio, ojiazul, quien lejos de enojarse por mi práctica del tiro al blanco, solo se sonrió conmigo. Recuerdo aún su benevolencia, que era patente, y dejó huella en mí desde mi tierna edad. Es maravilloso realmente pensar que alguna vez intercambié sonrisas con un santo.”

El testimonio de don Aureliano testimonio arrancó muchísimos aplausos de la concurrencia y mereció el premio mayor de la noche: un exquisito platillo repleto de puré de chayote cortesía del Restaurante Cid.

Doña Margarita intentó pronunciar un breve agradecimiento a don Aureliano con unas sentidas palabras, “Muchas gracias, don Aureliano, por su vívida narración. No es usted...”, pero la señora no pudo terminar. Aquejada por un inesperado desmayo, se desplomó sobre la mesa ante la preocupación de todos los ahí reunidos. Por fortuna, una de las personas sentadas a la mesa era la doctora Marcela, médico de cabecera de la familia. Ordenó que la acostaran en uno de los sillones del recinto, y a los pocos minutos Doña Margarita volvió en sí sin saber en donde se encontraba ni recordar detalle alguno del incidente.

XV

La joven doctora indicó que todo parecía estar bien con la salud de doña Margarita, pero recomendó que la Sra. Alfoz lo visitara en su oficina a la brevedad.

La señora parecía ser otra. De un momento a otro habían disminuido sus facultades motrices en forma considerable. Su memoria de los hechos inmediatos decreció notablemente y desde aquel día 24 era frecuente el oírla repetir historias y hacer las mismas preguntas.

Doña Margarita había rezado un rosario casi del diario durante toda la vida. Después de su desmayo en El Cid, lo decía varias veces al día. Juan David no sabía si lo hacía porque se le olvidaba el ya haberlo hecho, o porque, quizás preocupada por su salud, su madre sentía la necesidad de acercarse todavía más a las cosas de Dios. A sus años, se le dificultaba a doña Margarita llevar la cuenta de las Aves Marías y casi siempre terminaba habiendo completado más de seis docenas de esta preciosa oración. Entre sus décadas, que casi siempre se pasaban de las diez repeticiones, intercalaba una oración especial: “Jesús, concédeme la dicha de presenciar la conversión de Juan David”. Cada vez que iniciaba la oración del Rosario aseguraba a quienes estuvieran a su lado que ésa su oración preferida, y que por medio de la Virgen Santísima y de Monseñor Guízar su plegaria sería escuchada por Dios.

Mucho repetía Doña Margarita selectos versos del famoso pasodoble La Campanera, que había sido una de sus favoritas y que, según ella, se había bailado muy frecuentemente cuando ella era una jovencita:

“Ay, campanera, aunque la gente no crea,

tú eres la mejor de las mujeres

porque te hizo Dios su pregonera”

Explicaba después la señora que la pobre campanera era acusada por todos de no ser virtuosa, pero que la injusticia de tales testimonios quedaba establecida por el oficio de la protagonista. Ya muy pocos recordaban los penosos incidentes de hace tantos años en los que la Biblia de la iglesia de los Toribios había desaparecido y a doña Margarita se le había levantado un falsísimo testimonio. No hubo quien pensara que muy bien le quedaba la historia de la campanera del agradable y dramático pasodoble a la Señora de Alfoz, pues mientras la mujer del canto pregonaba las bondades de Dios tañendo las campanas, ella lo hacía con sus clases de catecismo, sus reuniones de Biblia de lunes, y más que nada, por su intachable, honrado, y rectísimo ejemplo de vida cristiana y siempre piadosa.

Doña Margarita estaba también enamorada de la bellísima Mazurca de las Sombrillas, de la inmortal zarzuela Luisa Fernanda. Recordaba con evidente pasión a todo quien se le acercara que allá en sus épocas había habido un superdotado maestro que había puesto en escena Luisa Fernanda, utilizando talento local y de Cascadia, el pueblo vecino a Santo Toribio. Explicaba también que siempre “se le hizo la lucha” por no recurrir a los siempre capaces cascadeños cuando se necesitaban cantantes o pianistas para las obras de teatro, pero dado que en el vecino pueblo siempre hubo más talento, nunca se pudo poner ninguna sin recurrir a ellos. Preguntaba siempre a sus interlocutores si sabían quién era el autor de la zarzuela y les recriminaba, aunque con afecto, cuando no le contestaban con el nombre del imperecedero Federico Moreno Torroba. Remataba tan grato cuento canturreando con su todavía bien afinada y placentera voz la bellísima letra de la espectacular y evocadora mazurca:

“A la sombra de una sombrilla, de encaje y seda,

como es muy queda, canta el amor

A la sombra de una sombrilla son ideales

los madrigales, a media voz”

Mas fueron los resultados médicos los que ensombrecieron la vida de los Alfoz. La doctora Marcela explicó a Juan David y a la señora que el corazón de doña Margarita estaba ya cansado.

“Siento decirle, doña Margarita, que, dada su edad, no hay nada que podamos hacer”, dijo la doctora Marcela, con manifiesta aflicción.

“¿Y cuánto tiempo tengo?”

“Eso solo Dios lo sabe, Señora”.

“Pero, doctora ¿Qué le dicen a usted los análisis y su experiencia?”

La doctora miró por un momento a Juan David, como preguntándole si debería decir la verdad. El hijo de doña Margarita asintió casi imperceptiblemente.

“Mire, doña Margarita. Yo conozco su fe y su fortaleza y no creo oportuno mentirle. Yo no creo que Jesús tarde mucho en llamarla”.

“Pues yo he estado preparada por muchos años y comprendo que mi día ya se me llegó. Creo que esta noticia es digna de celebrarse estando yo todavía en vida. Propongo que en unos cuantos días más organicemos una cena en El Cid con las muchachas”.

Ante la extrañeza reflejada en el rostro de la doctora, agregó, “Perdón, doctora, así le digo yo a mis contemporáneas, ¡Y ya casi todas pasan de los ochenta!”

“Pero, doctora–preguntó un muy preocupado Juan David– ¿no le hará daño a mi madre el ajetreo de una cena en el restaurante?” Dirigiéndose a su madre, prosiguió, “Conociéndote, mamá, me imagino que ya estarás pensando en qué vas a decir, en la elaboración de algún programa, y a quién invitar”.

“Yo creo que debemos dar a su mamá la opción de hacer lo que a ella más le apetezca–contestó la Doctora–. Y si una cena es lo que ella desea, pues creo que sería una magnífica idea el organizarla. Le pido a usted, Doña Margarita, ¡Que no se le vaya a olvidar enviarme una invitación!

XVI

La semana anterior a la cena, doña Margarita pidió al Padre Serafín, quien llevaba ya varios años sirviendo de párroco en la iglesia, que tuviera la gentileza de visitarla a su casa para que escuchara su confesión. Puntual a su cita, como siempre, acudió el viejo sacerdote a la casa de los Alfoz. Lo recibió doña Margarita con alegría.

“Padre, recibí la noticia de que mi corazón está muy débil y que ya pronto veré a Jesús. Estoy tranquila. Tuve una espléndida vida llena de bendiciones. Se me fue mi esposo demasiado pronto, pero como usted bien sabe, pude superar esa grandísima pena y el Señor me concedió muchos años más en los que he visto a mi hijo convertirse en un hombre bueno y valioso. Lamento solamente que no esté cerca de Dios y de su Iglesia. Yo le agradezco mucho que haya abierto un espacio en su apretado calendario para venir a darme la absolución”.

“Es siempre un placer para el pastor acudir a sus ovejas. Y vaya que usted ha sido una oveja muy especial en mi rebaño.”

“Hay una sola petición que el Señor, en su infinita misericordia y sabiduría no me ha concedido. Yo le he rogado que me permita ver la conversión de Juan David, y ahora dudo mucho de que me vaya a dar tiempo”.

“Pues yo me uno a sus oraciones y espero que sí lo pueda usted presenciar. Pero no creo que a mí me toque verlo”.

“¿Pero es que usted también está enfermo, Padre?”

“No se trata de eso, doña Margarita. Hoy por la mañana me ha llegado carta del Obispo pidiéndome que haga mis maletas pues me han asignado a una parroquia de San Luis Atlatepec al otro extremo de la diócesis, bastante lejos de aquí.

“¿Y cuándo se va usted, Padre? ¡Ay, qué triste noticia!”

“En una semana. Fue todo muy repentino.”

“¿Y a quién van a mandar en su lugar? ¡Necesitamos a un alma buena como usted!”

“No está en mí el decidirlo, pero entiendo que vendrá un padre de unos 50 años de edad, quien parece tener algo que ver con Santo Toribio”.

“Pues tendremos que confiar en la sabiduría del Obispo. Está usted invitado, Padre, a una cena que en El Cid vamos a ofrecer para celebrar mi vida. Es de aquí a ocho días.”

“Doña Margarita, no sabe cuánto le agradezco el gesto, y para mí sería un grandísimo honor el poder acompañarlos y el poder ofrecer una bendición. Pero en esos momentos estaré oficiando mi primera misa en San Luis Atlatepec. Le ofrezco, como regalo, el incluir una intención por usted en esa celebración”.

La confesión de doña Margarita fue preciosa. Aunque la señora estaba prácticamente libre de pecado, tenía sed de Jesús y de escuchar del Padre Serafín las siempre reconfortantes palabras de absolución.

La visita del párroco se prolongó por un rato pues doña Margarita insistió en que compartieran un apetitoso postre de coco recién salido del horno, que era realmente irresistible. Al cabo de unos minutos entró Juan David a la casa y apenas si saludó al sacerdote. Reservado, hermético y serio, como siempre que platicaba con el Padre, Juan David apenas si le dio los buenos días. La aversión de Juan David a los asuntos eclesiásticos y al clérigo en general seguía siendo patente.

Afligida por la hosca conducta de su hijo, doña Margarita miró con un dolido gesto al Padre Serafín, como suplicándole que, con la bondad que siempre lo caracterizó, perdonara a su hijo Juan David y que siguiera pidiendo por su conversión. El sacerdote asintió, benévolo.

XVII

Los preparativos para la cena estuvieron a cargo de doña Margarita, ante la consternación de Juan David, quien se vio impotente de detener el indomable ímpetu de su señora madre.

Doña Margarita ignoró el cansancio que a todas horas del día y de la noche la invadía. Decidió tampoco prestar atención a las punzadas que en su corazón de santa sentía al exaltarse, cuando pensaba con una desbordada anticipación en lo alegre que sería la fiesta. Todo lo calló por no alarmar a Juan David y pues temía que a su hijo se le fuera ocurrir cancelar la cena. Se sentía muy cerca de la presencia de Dios y su corazón estaba tranquilo.

Llegó por fin el día de la cena. Un selecto grupo de invitados en el que fungían, como invitadas de honor, las “muchachas”, se reunió a celebrar la vida de doña Margarita. Casi nadie sabía de la magnitud de la enfermedad de la señora y todos pensaban que más bien se trataba de algún capricho de la buena mujer, quien, teniendo el restaurante casi siempre disponible, no perdía la oportunidad de usarlo como punto de reunión con sus amistades.

Doña Margarita había invitado al nuevo párroco de Santo Toribio, pero éste se disculpó pues, cual era de esperarse con un recién llegado, deseaba ambientarse y estaba sumamente ocupado.

Después de un brindis de bienvenida los invitados tomaron sus asientos alrededor de la mesa. Doña Margarita pidió a su alumna preferida, la del granito de mostaza, que hiciera el favor de empezar la velada con una oración. Veinte personas, incluyendo a la festejada y a su hijo se disponían a disfrutar de la legendaria comida del Cid.

Doña Margarita se sintió muy dichosa de tener a sus allegados tan cerca de su corazón. Pidió la palabra y hablando con el corazón en la mano, se dirigió a sus amigos.

“La dicha de estar entre ustedes es incomparable. El poder celebrar mi vida, hoy que su está vecino, es para mí algo muy especial”.

Muchos de la concurrencia pensaron que la señora se refería a su edad al referirse a su “vecino fin”. Otros lo tomaron un literalmente y se mostraron consternados. El anciano esposo de una de las muchachas interrumpió, “¿Pero es que le pasa algo a usted, doña Margarita?”.

Doña Margarita quiso seguir su discurso de agradecimiento, pero se sintió invadida de un cansancio extremo que en cuestión de segundos la envolvió en una nube de perfecta paz y tranquilidad. Se sintió dichosa. Quiso sentir la mano de su hijo, quien, a su lado, parecía decirle algo que ya no escuchó. Oyó una voz que reconoció enseguida, la de su esposo Nazario, quien la llamaba por su nombre.

Prestó atención a sus alrededores y en lugar de verse rodeada de sus amigos, sintió muy cerca la presencia de su difunta madre y de su hermana María Estrella, quien había fallecido antes de cumplir los 16 años. Enfrente de ella vio la benévola silueta de San Rafael Guízar y Valencia, y clarísimas a sus oídos llegaron las palabras del Santo.

“Margarita, a tu encuentro vengo. He escuchado tus oraciones y mucho he intercedido por ti. Ven conmigo y ten confianza en Dios.”

Doña Margarita se sintió plenamente feliz. Estaba aún confusa, pero sospechaba que había sido por fin llamada a la morada del Buen Pastor. Distinguió también muy cercano a ella el rostro de su abuela Mariela, sonriente como siempre, y quien con sus ojos grises y su cabellera blanca parecía abrirle los brazos como años y años atrás lo hiciera.

Oyó una música que le pareció más inspirada que cualquiera de las obras maestras que tanto había amado. Insignificantes y exánimes le parecieron ahora las queridísimas sinfonías que tantas veces la habían conmovido. El crescendo que ahora escuchaba parecía aumentar sin límite alguno, llenando su alma con una luz plena y de inéditos matices.

Sin ningún temor, doña Margarita siguió avanzando, guiada por Monseñor, por su querido Nazario, por familiares que la habían precedido y por centenares de seres celestiales que solo podían ser ángeles de Dios.

XVIII

La doctora asumió el control de la situación en forma casi instantánea. Al desplomarse doña Margarita, corrió a su lado. Intentó, sin éxito, de encontrarle el pulso. Con el estetoscopio intentó escuchar los latidos del corazón de la señora, pero no le llevó casi nada de tiempo en concluir que doña Margarita de Alfoz había muerto. De nada valieron los heroicos esfuerzos de los doctores que en el hospital de Santo Toribio trataron de revivirla.

Juan David actuó con inusitada calma y estoicismo. Quizás por haber sido prevenidos por la Doctora Marcela de que a su madre no le quedaba mucho tiempo, aceptó el tristísimo golpe y se propuso hacerse cargo de los desagradables trámites que siguen al fallecimiento de un ser querido.

Acudió Juan David así a la agencia funeraria de Santo Toribio. Arregló los detalles del sepelio de su madre con, Laurina Sánchez, una muy amable agente del establecimiento con quien, por cierto, había estado en la escuela primaria. La única pregunta donde Juan David tuvo una notable duda fue la relacionada con el servicio religioso. Todo empezó con una pregunta de Laurina.

“¿Ya hablaste con la iglesia para ver cuándo se va a hacer la misa?”

“Realmente no había yo pensado en ello”.

“Es que eso es algo que nosotros no hacemos. La iglesia siempre nos dice que ellos quieren hablar directamente con los familiares de la persona que falleció”.

“¿Cómo le haré, Laurina? Tú sabes que yo no he pisado la iglesia desde que nos confirmaron hace 40 años”.

“No lo sabía, Juan David, y no me quisiera entrometer, pero te conozco desde siempre y sabiendo que eres también un gran amigo de mi esposo, te voy a decir lo que pienso”.

“Adelante, Laurina. Te lo agradezco”.

“Tienes que ir a hablar con la secretaria de la iglesia. La oficina está al costado de la misma. No dudo de que ellos ya sepan lo de tu mamá, así es que no tendrás ningún problema. Y aquí es donde espero que no te vayas a molestar conmigo, pero creo que sería muy bonito que comulgaras en la misa de tu mamá”.

Juan David no dijo nada.

Laurina guardó un respetuoso silencio, pensando que quizás había cruzado la raya y que Juan David se había enojado por su entrometido comentario. Por fin reaccionó Juan David.

“No me enoja oír tu comentario. Mi mamá tenía mucho tiempo pidiéndome que me acercara a las cosas de la iglesia y nunca le hice caso. Quizás sea ésta la oportunidad de hacerlo para honrar su memoria”.

“Pues vete a la iglesia y pregunta por el nuevo padre. Creo que llegó ayer o antier. Pídele que te confiese”.

Se despidieron.

Juan David encaminó sus pasos a la iglesia.

El nuevo sacerdote acusaba una muy pronunciada calvicie y se había dejado crecer una abundante barba. Aparentaba tener unos cincuenta años. Le dio una cordial bienvenida a Juan David después de que la secretaria los presentara.

“Señor Alfoz, me gustaría haberme presentado a usted en circunstancias menos tristes. Estoy aquí para servirle. Y créame que siento mucho el fallecimiento de su mamá. Sé que era una persona muy cercana a Dios, y sé que ya está en el cielo disfrutando de su presencia e intercediendo usted”.

“Gracias, Padre. La verdad es que yo soy ajeno a los asuntos religiosos y no creo haber pisado esta iglesia desde que me confirmaron. En las bodas de mis amigos yo era de los que me quedaba platicando allá afuera, en el atrio. Le agradezco su hospitalidad y que me tenga un poco de paciencia pues ando un poco atrasado en el catolicismo”.

“Para nada, Señor Alfoz, para nada. Me dice mi secretaria que ya arregló con usted los detalles de la misa de su mamá. ¿En qué más le puedo servir?”

“Me han dicho, Padre, que sería bueno que pudiera yo comulgar en la misa. ¿Qué tengo que hacer?”

“Creo que le vendría a usted muy bien una buena confesión”

“Sé que las confesiones no son hasta el sábado, y la misa de mi mamá es mañana viernes, temprano. ¿Será que podría tomar la comunión sin confesarme?”

“Señor Alfoz: sé que me hace usted la pregunta en forma inocente, quizás porque ya se le olvidó lo mucho que aprendió en las clases de catecismo que tomó usted con su mamá”.

“¿Y cómo sabe usted de las clases de catecismo de mi madre?”, preguntó, intrigado, Juan David.

“¡Hombre! ¿Quién no sabe de las bondades de doña Margarita en este pueblo? Por supuesto que sé quién fue su santa madre.”

“¿Qué tengo que hacer entonces, Padre?

“Ya lo dijo usted hace un momento. Pedir perdón a Dios por medio del Sacramento de la Reconciliación. Pero dado que la misa de su madre es mañana, con mucho gusto puedo oír su confesión ahora mismo.”

“¿Ahora mismo? ¿Aquí? ¿Sin tener que acudir al confesionario? Yo pensaba repasar en el libro de mi mamá la fórmula del Sacramento pues, francamente, ya no la recuerdo.”

“Yo no necesito de ninguna fórmula. Lo que cuenta es que usted esté realmente arrepentido. Yo lo puedo guiar mientras se confiesa y con gusto luego darle la absolución de parte de Dios”.

En un abrir y cerrar de ojos, Juan David pensó que en unas cuantas horas había avanzado en las cosas de Jesús más que en las últimas cuatro décadas. Se sentía ya dispuesto a abrir su alma a este buen sacerdote. El Padre era sumamente amable, no muy apegado a las fórmulas con que Juan David había crecido, y parecía tener un especial interés en prestar sus servicios. “Este pastor parece preocuparse de sus ovejas, y eso que ni siquiera las conoce,” pensó Juan David.

Se colocó el Padre su estola, tomó un libro de oraciones, e invitó a Juan David a hacer una oración con él.

“Te agradezco, Padre, por este día y por haber llamado a Juan David. Gracias, Señor, gracias. Concédele la gracia de tener una buena confesión y reconfórtalo en estos momentos tan tristes. En santo nombre de Jesús te lo pido, y también por la intercesión de Santo Toribio, San Rafael Guízar y Valencia, y San Juan Pablo II. Amén”.

“Gracias por esa oración, Padre. La ha hecho usted muy a mi medida. Y gracias también por mencionar a Monseñor Guízar. Mi mamá era muy devota de él.”

“Lo invito ahora, Juan David, a que abra su corazón con toda confianza. Aquí queda lo que me digas, hijo. Yo lo olvidaré y en sagrado secreto se conservará. Platícame de tus faltas, de tus pecados. No soy yo, sino un amoroso Cristo Jesús quien te está escuchando. Es Él, y no solo yo, quien quiere oír de ti un sincero arrepentimiento. Es Él, usándome a mí, quien te va a perdonar. Es Jesús, nuestro Salvador, quien te está tendiendo la mano no solo para limpiar tu alma de todo el lastre que has acumulado en todo este tiempo, sino también para consolarte en tu dolor. Es Jesús, el Buen Pastor, quien con todos los ángeles del cielo se regocija porque una oveja que andaba perdida ha decidido regresar. Y tu madre, hijo, que en el cielo está y que ya pertenece a la Comunión de los Santos. Tu madre, la santísima doña Margarita, está disfrutando ya de la luz del Padre. Y creo que una de las razones por la que estás aquí, hijo mío, es que ella se lo pidió a Dios estando ya en su presencia.”

“Pero la que me pidió que viniera a verlo a usted no fue mi mamá, fue...”

“¿Laurina? Sí, nos avisó que por aquí vendrías, hijo. Pero Laurina me dijo también hace un momento por teléfono que ella casi nunca está en la funeraria. Hace meses que decidió retirarse a su casa para cuidar a su anciana madre. Acude a la agencia una vez cada dos o tres meses, en las pocas ocasiones en que ninguno de los otros empleados está disponible. ¿Tú crees en las coincidencias, hijo? ¡Yo no! Aquí se ve la mano de Dios”.

“Pero Padre, ¿Cómo sabe usted que mi madre ya intercedió por mí ante el Padre?”

“No lo sé, pero me lo dice mi corazón.”

“Ella dijo que lo único que le faltaba para alcanzar la dicha era presenciar mi conversión. ¡Cómo me arrepiento ahora de no haber hecho esta visita estando ella en vida! Si pudiera, regresaría el calendario una semana y aquí estaría hablando con el Padre”.

“Pero es que nunca es tarde.”

“Padre, ¡mi madre acaba de morir!”

“Mira hijo, quisiera escuchar ahora tu confesión y, con mucho gusto, después platicaremos”.

Dirigiendo otra plegaria en voz muy baja a Jesús por medio de Monseñor Guízar y Valencia y de San Juan Pablo II, el nuevo Padre de la Parroquia de Santo Domingo de Mogrovejo, se dijo, “Pídanle al Padre que me ilumine en esta confesión para que el milagro de una plena conversión se realice. Doña Margarita, no la quiero a defraudar, así es que usted también póngase a trabajar”.

XIX

El recorrido continuaba. Monseñor Rafael era un muy gentil guía.

“Es todo esto tan bonito que me hubiera gustado que me hubieran llamado hace mucho tiempo. Pero, Monseñor, ¿A dónde me lleva?”

“Jesús ha preparado un lugar para ti, y para todos los que en vida escuchan su palabra y siguen sus enseñanzas. Tú siempre viviste una vida ejemplar. No en balde todos decían al verte pasar, ‘Es una santa’. Dios siempre te escuchó y supo de tus gozos, dichas y alegrías y también de tus preocupaciones”.

“Pero lo que más le pedí fue el regreso de Juan David a la fe. Recé y recé. Oré y oré. Y creo que al final hasta me fallaba la cuenta en los Rosarios. Ya ve usted, Monseñor, que no acabé en todos mis cabales”.

“¿Y eso qué importa ahora? En esta morada nuestras almas no sufren de esas tristes enfermedades que en nuestra vida nos aquejaban. Pero quiero que sepas, Margarita, que el Señor siempre escuchó tus plegarias.”

“¿Hasta la de la conversión de mi hijo?”

“Claro que sí”.

“¿Por qué no me lo concedió? Mi vida hubiera sido plena si eso hubiera sucedido.”

“Solo Él sabe la razón de sus decisiones. Y acuérdate también de que el tiempo de Dios es distinto al tiempo de los hombres. Ya lo verás”.

“¿Cómo lo voy a ver?”

“Vas a aprender muchas cosas aquí, Margarita.”

“¿Dónde están Nazario, y mi madre, y mi abuela? Los vi hace rato. ¿O fue solo mi imaginación? Además, para serle sincera, Monseñor, no entiendo cómo es posible que los pueda ver ni a ellos ni a usted, si no tenemos cuerpo”.

“Ya te dije que vas a aprender muchas cosas, hija, aunque entiendo que motivada por la curiosidad tengas alguna que otra pregunta. Disfruta del cielo. ¡Disfruta! Siente en tu alma la dicha de estar aquí en SU presencia”.

XX

“En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, dijo el Padre, para iniciar la confesión de Juan David.

Ante el silencio lleno de perplejidad de Juan David, agregó el Padre, “Ahora es cuando le vas a decir a Dios cuáles son tus faltas, desde la última ocasión en que viniste a confesar”.

Juan David fue al principio muy cauteloso. La experiencia era nueva para él. Aún recordaba la ingrata confesión que había tenido antes de hacer su primera comunión, en la que un inconsecuente sacerdote que lo confesara lo había regañado hasta al punto de hacerlo llorar. En lugar de haber plantado una semilla buena y amable que quizás hubiera servido para atraer a Juan David a los sacramentos, aquella tristísima confesión había sido una negativa iniciación cuyas lacerantes heridas aún eran palpables y no habían terminado de sanar. El Padre, paciente y con una muy patente fe, escuchó a Juan David por más de media hora. Aclaró varias dudas, lo consoló y lo animó. Los pecados cometidos en la adolescencia, en la juventud y en la edad adulta de Juan David, fueron uno a uno presentados ante el Señor.

“Si ya no tienes más pecados que confesar, quisiera darte la absolución.”

Le pidió entonces el Padre que, con palabras propias, hiciera Juan David un acto de contrición, después del cual pronunció entonces las sagradas palabras del perdón.

Juan David sintió una paz interior imposible de explicar o describir, y así se lo dijo al Padre.

“Padre, le agradezco de corazón este rato que me ha dedicado. Siento ahora no haberme acercado a los sacramentos en tantos años. ¿Qué puedo hacer para recuperar el tiempo perdido?”

“Sigue frecuentando la casa del Señor. Toma la Comunión mañana en la misa de cuerpo presente, y ofrece todo por el alma de tu madre. Asiste a misa diariamente. No soy nadie para obligarte, pero quisiera que me prometieras que, pase lo que pase, estarás aquí el sábado en misa de 8 de la mañana, y que aquí te veré también el domingo en una de las muchas misas que ofrecemos. Tenemos misas todos los días. A ti te queda la iglesia a unos cuantos pasos y no tienes pretexto–dijo, sonriente–. Trata de disfrutar de la Eucaristía. La misa es, hijo, siempre un milagro. Convertimos el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando el sacerdote dice que cantemos el Santo con todos los coros celestiales, dice una grandísima verdad. Hay ángeles paseándose en la iglesia entonando los cantos con el coro y con la congregación. Le he pedido ya al coro que el domingo entonen el precioso canto que dice, ‘Hay ángeles volando en el este lugar’, y quiero que le pongas una especial atención. Al celebrar la misa estamos en perfecta comunión con los santos. El cielo y la tierra se funden por unos momentos en la casa de Dios. Yo me siento muy afortunado de ser un instrumento de Dios en este milagro sagrado. Disfruta. Ten fe. Pídele a Jesús con tus propias palabras que te aumente la fe. Piensa que en la Comunión de los Santos seguramente está ya incluida tu santa madre.”

“¿Y qué es la Comunión de los Santos, Padre?”

“Los católicos creemos que estamos en comunión con Jesucristo y con todos los santos del cielo. Creemos que los santos del cielo pueden interceder por nosotros.”

“Por eso la gente de por acá le pide a Monseñor Guízar que abogue por ellos?”

“San Rafael Guízar es uno de los muchísimos santos ya reconocidos por la Iglesia. Y con ellos están también los que han entrado al cielo por la gracia de Dios, aunque la iglesia no los haya nombrado ‘santos’. Entre ellos creo que ya se encuentre tu mamá. Aparte creo que debes aprender que las almas que están en el purgatorio también forman parte de la comunión de los santos y pueden interceder por nosotros. Pero de este asunto creo que podríamos platicar en otra ocasión pues nos llevaría un buen rato.”

Antes de despedirme, Padre, quisiera pedirle un consejo. Le explicó Juan David al sacerdote que uno de los traumas de su juventud fue la injusta acusación de haber cometido un acto vandálico en el laboratorio de química y que hasta la fecha no había podido perdonar a su entonces amigo Dino.

“Para serle sincero, Padre, creo que el día lo vea le voy a soltar un par de bofetadas. Sería mejor que ni viniera por acá”.

El Padre se vio un poco turbado por esa aseveración, pero aprovechando la buena disposición de Juan David, le pidió que intentara perdonar a Dino.

“Me lo pidió mi madre muchas veces, pero nunca le hice el menor caso. Ella era una santa, pero yo no lo soy, Padre.”

“Piensa, hijo, en tu piadosa madre, quien seguramente está enfrente a Jesús. No dudo de que haya sido una mujer santa. Pero, en caso de que tuviera algún pecado pendiente, ¿Te gustaría que Jesús la perdonara?”

Se quedó pensando Juan David por unos instantes, examinando la lógica de las razones externadas por el Padre.

“Padre, ante esas razones y considerando las circunstancias, creo que debo intentar el perdonar a Dino. Después de todo, no éramos más que un par de muchachos. Han pasado tantos años de aquellos sucesos que creo ya no vale la pena guardar resentimientos. No he sabido de Dino y creo que lo mejor es desearle lo mejor. Hasta hace unos años había yo jurado que si un día que lo llegara a encontrar, trataría de ignorarlo para evitar agredirlo a golpes. Pero soy ya un hombre maduro. Creo que el día de hoy, me daría gusto encontrarme a mi antiguo amigo y llevarlo al restaurante que antes fue su casa. Y decirle que he dejado atrás el resentimiento que le tenía.”

El Padre no pudo ocultar una lágrima de emoción, lo que le pareció un poco extraño a Juan David.

“Hijo, has demostrado tener un corazón de oro. ¿Me estás diciendo que entonces sí has podido perdonar a Dino?”

“Sí, Padre. En este momento perdono a Dino Leso, aquí delante de usted y en la iglesia, así como espero que Jesús haya perdonado ya las faltas de mi madre”, dijo sin poder aguantar un sollozo Juan David.

XXI

Doña Margarita escuchó miles de voces que cantaban, “Gloria, Gloria, Gloria”. Otra vez recordaba las sinfonías de las que tanto había disfrutado y ahora se le hicieron pequeñas e insignificantes. ¿Cómo podrían compararse con los coros celestiales? Recordó las palabras de San Juan, “No os angustiéis. Creed en Dios y en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas... me marcho para preparaos un lugar...” Pensó que era imposible tener angustia en un lugar tan bello como éste. Pensó por un momento en todas las variedades de angustia que a los humanos aquejan en la tierra: zozobra, miedo, terror, nerviosismo, inquietud, congoja, desesperación, pesadumbre, sobresalto, pánico, desasosiego. Comprendió que las preocupaciones que en su corazón habitaron cuando vivió en Santo Toribio del Cerrato habían sido todas insignificantes. Así se lo mencionó a Monseñor. Pero el santo obispo ya no estaba a su lado.

Se encontró entonces Margarita rodeada de miles y miles de almas puras, como la suya, quienes acompañaban a los ángeles del cielo, y quienes seguían cantando. Recordó que alguna vez una amiga la había elogiado diciéndole, “Tienes un Alma Pura”. Comprendió, con incredulidad, dónde estaba.

En medio de la incontable asamblea, estaba Dios, radiante, esplendoroso, infinito, bondadoso. Jesús y el Padre unidos en un solo Espíritu. Los tres palpables, sonrientes, benevolentes, misericordioso unidos a perpetuidad con un amor que permeaba el ambiente. Parecían a un tiempo platicar con todos los ahí presentes, pero en forma individual. Escuchó, maravillada, la voz de Dios.

“Bienvenida al cielo, Margarita. ¡Bienvenida a casa! Gozas ahora, con tu alma pura, de lo que siempre luchaste por conseguir. Ya lo tienes, hija.” Y la bellísima música pareció alcanzar un nuevo clímax. Imposible era tener una emoción que no fuera la dicha.

Creyó Margarita entonces reconocer el canto del Gloria en la misma forma en que lo cantaba el Coro de Santo Toribio. Pensó que era un gran honor que esa versión que tanto las inspirara en su vida terrenal fuera la que se cantaría en su morada celestial. Pero en un instante más se percató de que, seguramente por el poder del Altísimo, ella estaba presente en la misa que en su querido pueblo en la Iglesia de Santo Toribio de Mogrovejo, se oficiaba en esos momentos por su eterno descanso. Acompañándola estaban un ejército incorpóreo de ángeles de Dios. María se sabía partícipe de la Eucaristía.

Escuchó, emocionada, el salmo del Buen Pastor: “Es el Señor, mi Buen Pastor, y nada me faltará. Él siempre me acompañará. Su casa habitaré”. Sintió el ardiente deseo de decirles a los allí presentes que voltearan a verla. Cómo quisiera poder decirles, “Aquí estoy. ¡Las bellísimas palabras del Salmo 23 son ciertas! ¡Para mí y para todos los santos del cielo, el Salmo 23 se ha hecho realidad! ¡Su amiga Margarita habita ya en la casa del Buen Pastor!”

El Evangelio, que seguramente había sido escogido por el nuevo párroco, fue el de las bienaventuranzas. Margarita otra vez sintió un ardiente anhelo de poder hablarle a los feligreses y decirles que San Mateo dijo la verdad: “...dichosos los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios”.

XXII

Llegó el momento de la homilía. Juan David había tratado de prestar atención a los ritos iniciales de la misa de su mamá, y después de tantos años, todo era tan nuevo para él que era difícil asimilarlo.

La homilía pronunciada por el nuevo párroco fue inolvidable para la gran concurrencia que llenaba aquella mañana la Iglesia de Santo Toribio de Mogrovejo. El Padre parecía ansioso por empezar.

“Estamos todos reunidos para celebrar la vida de doña Margarita. Me ha contado la gente en los pocos días que llevo aquí en Santo Toribio de sus bondades. Quisiera que los que alguna vez tuvieron la dicha de hojear el libro de catecismo de doña Margarita en alguna de sus clases de catecismo, se pusieran de pie y le rindieran un homenaje.”

Así lo hicieron, emocionados, más de la tercera parte de la congregación. A alguien se le ocurrió lanzar un aplauso, y aunque un feligrés les indicó que no era lo apropiado en la iglesia, fue el Padre uno de los primeros en homenajear a doña Margarita con sus palmas. Las demás personas en la iglesia se unieron a los aplausos y todos, de pie, dijeron así a la señora de Alfoz cuánto la apreciaban.

“Su hijo Juan David me hizo el favor de traer a la iglesia el bellísimo libro de historia sagrada, y aquí lo ven, en esa mesita que he colocado al pie del altar. Creo que, aunque no estuve con ella en los últimos años de su santa vida, puedo sí hablar de lo que ella significó para mí en mi niñez.”

El último comentario del Padre causó extrañeza entre los feligreses. ¿Cómo podría hablar de sus experiencias con doña Margarita en su niñez este sacerdote que tenía menos de una semana de vivir en Santo Toribio?

“Yo pensaba–continuó el Padre–, no presentarme a ustedes hasta las misas del sábado y domingo, que hubieran sido las primeras que celebraría aquí en Santo Toribio. Que baste decir que conocí y conviví con doña Margarita por muchos años. Disfruté de su prolífica hospitalidad tantas veces que me sería imposible enumerarlas.”

La sorpresa se dibujaba en las caras de la concurrencia. ¿Sería quizás el nuevo párroco hijo de alguna de las damas de compañía que habían trabajado en la casa de los Alfoz?

“Soy el Padre Luis Ramón. Yo viví aquí en Santo Toribio hasta los 18 años.”

Trató de recordar Juan David amigos cuyo nombre fuese Luis Ramón. Hubo un Luis Ramón Sánchez en la escuela, que era un par de años menor, pero estaba felizmente casado en Santo Toribio, y de vez en cuando se saludaban en la calle.

Siguió el Padre.

“De joven tuve un muy buen amigo aquí en Santo Toribio cuya amistad siempre consideré sagrada. Tal amistad terminó por mi torpeza. Confieso ante ustedes, mis hermanos, que, movido por la envidia, cometí actos de los que todavía me arrepiento, en contra de mi amigo. El peso de mi culpa me persiguió por muchos años, hasta que hace pocos días tuve la gracia de escuchar el perdón de sus labios.”

Juan David se preguntaba, un poco inquieto, ¿“A dónde va el Padre con esto?”. Lo mismo hacían muchísimos de los feligreses, quien muy interesados, seguían palabra por palabra las palabras del párroco.

“Yo tenía mucho tiempo queriendo regresar a mi pueblo para ver a mis amigos (especialmente a éste, el más querido, a quien me refiero) y a decirle a doña Margarita lo mucho que significó e influyó en mi vida su catecismo, su bondad, y su ejemplo cristiano. Yo también fue alumno de catecismo de doña Margarita. Yo también acaricié con estas manos este precioso libro,” añadió, señalando el libro de historia sagrada.

“Muchos de ustedes han de recordar los festivales de doña Lucecita, que en paz descanse, en la Pallantia. En uno de esos concursos hice lo posible por entorpecer la actuación de mi amigo. Movido por los celos, pues Juan David siempre obtenía el primer lugar, cambié unos versos de su poesía para que, al recitarla, se equivocara.”

Juan David reaccionó, gritando en forma casi involuntaria el nombre de su amigo, “¿Dino?”

“Sí, soy tu amigo Dino Leso. Hoy vuelvo a Santo Toribio, como el Padre Dino. Me encantaría que me siguieran llamando por ese mote que mi madre, que Dios tenga en su gloria, me diera de pequeño. Como algunos de ustedes recordarán, mi madre y yo nos fuimos a vivir a Chihuahua terminado yo la preparatoria. No era yo un ciudadano modelo, y estaba yo muy alejado de las cosas de Dios. Terminé mis estudios de ingeniería allá en Chihuahua. ¡Ya ves que no eres el único ingeniero que no se dedica expresamente a la ingeniería, Juan David!"

La congregación escuchaba al sacerdote, sin que nadie se distrajera ni un solo momento.

Un accidente cambió radicalmente mi vida cuando tenía 25 años. El autobús en el que regresaba a Chihuahua de un largo viaje de trabajo se volteó en un tristísimo accidente en el que murieron once pasajeros y varios quedamos heridos de gravedad. Yo sufrí múltiples fracturas de pierna y costillas y sostuve también una grave lesión en el rostro. Me debatí entre la vida y la muerte por varios días, hasta que los médicos informaron a mi madre que mi hora no había llegado aún. Pasé siete largas semanas en el hospital. Me lograron salvar la pierna izquierda de milagro, y mi rostro quedó muy distinto después de las cuatro operaciones que me tuvieron que hacer. Yo creo que por eso Juan David no me pudo reconocer ayer que platicamos.”

Se escucharon varias expresiones de asombro a lo largo y ancho del templo.

Prosiguió Dino, “Yo no podría seguir mi ministerio en Santo Toribio sin antes pedir perdón en público por mis culpas. Juan David fue, tiempo después, suspendido de la escuela por una semana, y todo por mentiras mías.”

Juan David estaba literalmente petrificado en su asiento. Un poco difícil había sido el ofrecer palabras de perdón a su amigo ayer en la sacristía, pensando en que quizás jamás lo volvería a ver. Otro asunto mucho más delicado era el percatarse de que el bondadoso sacerdote que le había dado su absolución era en realidad su amigo Dino, quien lo había traicionado y herido en aquellos lejanos años.

Juan David estaba confundido. Por un lado, se sentía bendecido de haber podido perdonar. En su corazón ya no sentía la intranquilidad y pesadumbre propios del rencor. Por otro lado, se sintió engañado. ¿Por qué razón no le había dicho Dino quién era? Refugiado en su calvicie y larga barba al estilo de los franciscanos y cambiado rostro, su amigo había escogido el anonimato. Con el ceño fruncido, y no queriendo hacer una escena delante de la gente que había acudido a la iglesia para despedir a su madre, Juan David decidió comportarse y seguir escuchando al Padre.

“Movido otra vez por la envidia y por los celos, ya que a los dos nos parecía muy guapa una muchacha en la escuela, cometí otra grave falta. Esparcí un químico de horrible hedor en el laboratorio y eslaboné mentira tras mentira, para que don Lucas Barquillero, el añorado y siempre enérgico director de la escuela, suspendiera a Juan David. ¡Cómo quisiera hoy pedirle perdón también a don Lucas, pero es muy tarde, pues él ya no está con nosotros! En cambio, yo se lo pido a ustedes.”

Juan David seguía sentado en la dura banca de la iglesia, petrificado.

“Fue para mí evidente que, al saludarme ayer en la sacristía, Juan David no me reconoció. Pensé en arreglar los trámites del funeral de doña Margarita y luego explicarle quién realmente soy, pero la oportunidad no se dio”, dijo el Padre, teniendo cuidado de no hacer alusión alguna a la confesión de Juan David.

XXIII

Doña Margarita estaba disfrutando muchísimo de la homilía. Estaba feliz de ver que Dino, a quien había reconocido inmediatamente, había regresado a Santo Domingo para hacerse cargo de la parroquia. No conocía los detalles de su vida después de que su madre se lo hubiera llevado del pueblo hace tantos años. Lo que sí era evidente para la buena señora es que los continuos cantos que los ángeles y las otras almas piadosas entonaban nunca impidieron que la voz del Padre Dino fuese nítidamente escuchada.

Henchida de una dicha plena, Margarita disfrutaba de todo. Pensó en que cuando vivía en el pueblo, seguramente se hubiese hecho preguntas como: “¿Cómo fue que el cielo y la iglesia de Santo Toribio estén juntos en este momento?”, “¿Por qué no puedo saber qué le pasó a Dino después de que se marchó del pueblo?”, “¿Por qué no veo a doña Benedetta?”, “¿Podré reconocer a mis antepasados y preguntarles de dónde venimos?”, “Si Monseñor me estaba esperando, así podré yo tener la dicha de recibir a otros?”. Pero aquí, en su nueva morada, la señora ya sentía la más mínima preocupación, por lo que siguió escuchando, con interés, la homilía de Dino.

“Y les platico de mi infancia no para hablar de mí, sino para magnificar la figura, la persona, y la gratísima memoria de la muy santa señora doña Margarita, quien siempre me quiso mucho. Perdonó sin dudar ni un momento varias imprudencias de mi madre, y supe siempre que me había perdonado a mí, cuando hice cosas en perjuicio de su hijo. La señora era buena. Tenía un alma pura. Ansiaba poder regresar para decirle cara a cara lo mucho que la estimaba y admiraba. Pero no tomo el haber llegado tarde como un impedimento. En el caso de la señora, creo que puedo decir que es ya un miembro (y muy distinguido, por cierto) de la Comunidad de los Santos y que desde el cielo nos presencia al celebrar nosotros esta eucaristía”.

Muchos en el templo asintieron, evidentemente convencidos de las palabras de Dino.

"Tuve una radical conversión durante aquel tiempo que pasé en el hospital. Oí en mi corazón la voz del Altísimo. Creo que Dios se regocijó cuando éste, su más indigno servidor, decidió entrar al seminario. Escuché su llamado y cambió mi vocación. Me imagino que el cielo entero cantó con alegría cuando doña Margarita fue recibida. Confiado, le pido a ella que interceda por mí en este momento y que vele por siempre por mi ministerio aquí en su pueblo, Santo Toribio. Y que, por su intercesión, el Espíritu Santo toque los corazones que más lo necesitan el día de hoy”.

Margarita, dichosa y ya en la gloria, disfrutaba de cada palabra que Dino decía. Veía también a Juan David, quien seguía sin moverse, como dudando qué hacer. ¡Cuántas veces le había pedido que dejara a un lado el rencor que le tenía a Dino! ¡Cuántas veces le rogó que ya no hablara del incidente en el laboratorio de química! Cuánto le suplicó que al restaurante lo llamara de cualquier forma menos “El Cid”, pues sólo malos recuerdos le traería. ¡Cómo le dolió escuchar de los labios de su hijo las amenazas hacia Dino, asegurando que el día que lo encontrara lo volvería añicos!

“¿Cuál será su reacción? Espero que de algo hayan servido mis oraciones”, pensó Margarita.

Acostumbrada a pedir milagros con ayuda de los santos, se dirigió a Monseñor Guízar, quien había regresado a su lado.

“Monseñor, usted siempre me escuchó. Pida usted al Padre que mi hijo reaccione favorablemente. Deseo que tenga una verdadera conversión”.

“Hija, pídeselo tú misma. ¿No acabas de escuchar la oración del Padre Dino? Pidió expresamente por tu intercesión”.

“Pero es que no me quiero perder la homilía del Padre”

“Otra cosa que vas a entender es que aquí el tiempo no se gobierna como lo hacen los hombres. El tiempo de Dios no tiene nada que ver con el de este mundo. Márchate a ver al Padre, que no te perderás de nada”.

Escoltada por varios ángeles, Margarita acudió a la morada del Padre, y postrándose ante su trono, exclamó, “Padre, te pido de forma muy especial que escuches ésta, mi primera petición. Cuida del ministerio de Dino, y envía tu Santo Espíritu ahora mismo al corazón de mi hijo.”

“Dalo por echo, Margarita. Regresa a tu puesto de honor a presenciar la misa que en tu memoria se está ofreciendo.”

Margarita volvió a su sitio y comprobó que no había pasado ni siquiera un instante desde que ausentara. La lógica del paso del tiempo era algo a lo que sin duda se acostumbraría. Presenció el ofertorio y llegó por fin el milagroso momento de la consagración. En el momento en que Dino levantara la hostia y pronunciara las palabras, “Este es mi cuerpo...”, vio como una brillantísima luz surgía de la hostia consagrada, yendo directamente hasta el corazón de Juan David. En ese momento, la expresión de su hijo cambió perceptiblemente y se dibujaron la paz, la tranquilidad, y la dulzura en su rostro y en su corazón. No supo Margarita si el rayo había brillado por espacio de un segundo o varias horas. ¡Qué poco importaba ya el tiempo en ésta, su nueva casa!

XXIV

En el momento de la consagración, misma que presenció de rodillas y con mucho interés, Juan David sintió ser invadido por una paz interior que nunca había experimentado. La pena de perder a su madre seguía torturándolo, pero un sentimiento de abandono y confianza en Dios llenó su corazón. Supo que las palabras de perdón que le había dicho al Padre sin saber que era Dino, eran sinceras. Las dudas que tenía en su corazón se disiparon en ese momento. Sintió un ardiente deseo de abrazar a su amigo y decirle, “Bienvenido a casa, hermano”.

Pensó en la Comunión de los Santos, y en el momento de la consagración del vino, llamó a su madre conmovido, en forma casi inaudible.

“Mamá, nos dice mi amigo el Padre Dino que tú seguramente perteneces ya a ese gran grupo de santos, y que, en cada misa, el cielo y la tierra se funden en un solo lugar, lo que te permite estar presente. Así lo creo. Siento mucho que cuando todavía estabas aquí no te haya dado el gusto de ver esta conversión, pero sé que ahora tú me oyes. Ofrezco mi comunión de hoy no solo para dar gracias por tu vida, sino para agradecerle a Dios de todo corazón el que me haya permitido entender este gran milagro”.

“Qué te parece, Margarita?", preguntó Monseñor, quien había llegado a acompañar a Margarita, "¿Satisfecha del poder de tus oraciones y de tu intercesión?”

“Monseñor, esto es un regalo del que yo quisiera poder disfrutar en otras ocasiones. Quiero estar aquí cada vez que regrese Juan David a misa”

“Ya te dije que yo no tomo la decisión de donde mandarte. Y te repito lo que hace rato te dije: ‘Pídeselo tú misma al Padre'".

“Así lo haré. Y estoy asombrada de que el Padre me haya hecho sentir en casa. No me costó ningún trabajo presentarme ante Él”.

La comunión de Juan David fue un momento memorable para él y para su madre en el cielo. Era su primera comunión en más de cuarenta años. Recibir a Jesús con un alma limpia le causó una profunda emoción. Platicó con Jesús en voz queda.

“¿Cómo he podido dejar pasar tanto tiempo sin venir a verte, mi Buen Pastor? No dejes que me vuelva a distanciar de ti.”

Después de la comunión, el Padre Dino preguntó si alguien deseaba decir algunas palabras. Una de las amigas de doña Margarita, integrante fiel de su grupo de Biblia, quien por cierto era una magnífica escritora, había preparado unas letras. Con lágrimas en los ojos le dijo a su querida amiga palabras de despedida tan sentidas, que no hubo una sola persona sin derramar lágrima en todo el templo.

Preguntó entonces el Padre si alguien más querría hablar.

Se levantó Dino y decidido, tomó la palabra.

“Gracias, Dino. O más bien, ¡Padre Dino! Gracias por esta celebración de la vida de mi madre. Te agradezco, Dino, por tus sinceras palabras. No era necesario el traer recuerdos ingratos del pasado cuando hay tantas cosas buenas de qué acordarse. Me has pedido perdón. Me has hecho reflexionar. Aunque ya te lo dije en privado, quisiera darte, aquí en público, mi respuesta.”

Desde su puesto, Doña Margarita observaba atentamente a su hijo.

Juan David prosiguió: “Dino, nunca creí que llegaría el día en que pudiera decir estas palabras. Hoy te digo, amigo, que, así como le pido a Dios que perdone mis pecados y las pocas faltas que pudiera haber tenido mi madre, yo he sentido el poder de Dios en mi corazón. Con su ayuda, y siguiendo el limpísimo ejemplo de mi madre, ya te perdoné. Amigo Dino, gracias. Qué bueno que tu larga barba y nuevo rostro no me hayan permitido reconocerte cuando te vi por primera vez, pues no sé si hubiera yo accedido a confesarme contigo. Que Dios te bendiga y cuide de tu ministerio. A mis amigos de Santo Toribio les advierto que me verán venir a misa todos los días. Y si alguien me pregunta a qué vengo, les diré que estoy aquí para recibir a Cristo y también para conversar con mi mamá. Quisiera, ahora, darte un abrazo, aunque no sé si se pueda, ya que estamos aún en misa".

Dino había escuchado las palabras de Juan David a algunos pasos de distancia. Por respuesta, y con su irreconocible rostro empapado en lágrimas, corrió hacia su amigo, a quien abrazó, sonriente, ante los sentidos y muy emocionados aplausos de todos los ahí congregados.

EPÍLOGO

Fueron pocas las veces que en los siguientes treinta años faltó Juan David faltó a la misa que diariamente ofrecía el Padre Dino en la Iglesia de Santo Toribio de Mogrovejo. Era bien sabido que, al comulgar, el Señor Alfoz musitaría palabras casi ininteligibles que bien podrían ser alguna plegaria de agradecimiento o de súplica, o quizás también alguna conversación con su madre. Una luz especial brillaba en su corazón, y todos la percibían.

Los amigos Dino y Juan David se veían con frecuencia. En los pocos ratos en que sus obligaciones no los ataban a la parroquia o al restaurante, acudían al frontón local, donde formaban una formidable pareja. Cuando se enfrentaban en juegos individuales, la balanza casi siempre se inclinaba por el restaurantero.

“Hay cosas que no cambian nunca, amigo Juan David”, exclamó alguna vez el Dino. “Sigues tú siempre llegando primero”. Pero el elogio era sincero y genuino, libre de envidias, limpio y puro, y siempre pronunciado con un afecto imperecedero.

Cuando los amigos cumplieron sus 70 años, decidieron competir en una caminata que había organizado el ayuntamiento local. En un emocionante final, llegaron primero y segundo en su categoría, separados por dos pasos de distancia y en el orden acostumbrado, para sorpresa de nadie.

Juan David fue ordenado diácono y dedicó los últimos años de su vida al servicio de su amigo, el Padre Dino, en la parroquia de Santo Toribio.

Una semana antes de cumplir los 75, sentado en el despacho de su restaurante, Juan David murió de un fulminante ataque cardíaco. Había tomado la comunión y dirigido unas palabras a su madre unos cuantos minutos antes. Se fue muy tranquilo.

Con una muy patente emoción, el Padre Dino ofició la misa de Juan David. Habló de su amistad de tantos años, y quizás para suavizar un poco la tristeza que lo invadía, dijo al final, entre sollozos, “No voy a tener ya quien me gane en los juegos de paleta en el frontón municipal”, arrancando risas y llanto de sus feligreses, quienes bien sabían de la rivalidad que siempre existió entre el sacerdote y el restaurantero.

Los amigos se habían querido como hermanos y habían sido inseparables compañeros desde el regreso del Dino a Santo Toribio.

Para muchos no fue muy extraño que el corazón del Padre Dino decidiera dejar de latir unos cuantos días después.

En ese momento, Dino sintió una paz sin precedentes y se vio a sí mismo visitando un precioso lugar lleno de luz esplendorosa y de inigualable, gloriosa música. En sus manos consagradas que tantas veces habían levantado el pan y el cáliz parecían brillar sendas cruces que resplandecían con luz propia en la radiante claridad que lo rodeaba. Oyó de pronto una voz que lo llamaba.

“No tengas miedo, viejo amigo. Entrégate totalmente al Señor, quien te ha llamado.”

Reconoció la voz de Juan David.

“¿Eres tú, Juan David?”

“Así es, amigo. Me ha pedido Jesús que venga a recibirte.”

“Pero dime, ¿Por qué tú?”

“¿Pero es que te quejas de que tu mejor amigo, tu hermano, te venga a dar la bienvenida al cielo y te ofrezca acompañarte y hasta a servirte de guía en la amplia morada celestial?”

“Claro que no. Pero, por curiosidad te pregunto, ¿Por qué tú?”

“Aparte de que soy tu amigo, porque como siempre, yo llegué primero”, contestó, riéndose, Juan David.

“¡Me ganaste por una semana!”, replicó Dino, sintiéndose invadido por una dicha plena, total, absoluta. “Hay cosas que no cambiarán nunca, amigo Juan David. Pero llegará el momento en que te pueda yo ganar en algo”, agregó en tono alegre y sin poder ocultar sus risas.

“¡Pues tienes una eternidad para lograrlo! Pero vamos, anda, amigo, que Jesús te espera.”

FIN

Rafael Moras, 27 de diciembre de 2014

San Antonio, Texas