Otras sorpresa musicales, muy gratas todas, por Cierto


12 de julio del 2009


Encuentro muy interesantes las sorpresas musicales pues resultan casi invariablemente ser de lo más agradable. Hoy me gustaría tratar el tema de la música clásica en la televisión, y específicamente, el uso de obras maestras como tema de fondo en los programas televisivos y también en los indispensables aunque casi siempre ásperos y desapacibles anuncios comerciales.


Allá por los años 70 la Ford produjo dos anuncios que desde el primer momento me impactaron por el insólito hecho de contar con características poco comunes. Primeramente estaba la carencia de palabras; en segundo lugar, la música de fondo era alguna obra maestra; y finalmente, lo único que identificaba a la compañía patrocinadora—aparte del vehículo centro de atención—era su logotipo, que aparecía al final del anuncio. Uno de estos tan atrayentes anuncios era el de la camioneta guayín. Había varios niños jugando con una manguera, todos sonrientes, lavando el vehículo enfrente de alguna majestuosa y suntuosa mansión que como fondo se usó al elaborar el comercial. La música era el final del vals Los Patinadores, que con evidente maestría compusiera el francés Emilio Waldteufel en 1882. Ha sido una sorpresa el averiguar que el afamado compositor de Les Patineurs fuese alsaciano, y de ascendencia judía, cuando erróneamente siempre supuse que era austríaco o por lo menos alemán.


Johann Strauss Hijo es universalmente reconocido como el Rey del Vals y su bellísimo Danubio Azul reinará por siempre—junto con la marcha Radetzky—en el concierto con que los cultos y educados austríacos celebran la víspera del año nuevo. Me atrevo a opinar que tanto los Patinadores como Sobre Las Olas merecen un lugar en la corte de honor de los valses austríacos. Sería muy interesante investigar si en el tan tradicional concierto vienés del día último alguna vez se han interpretado estos valses. El vals del maestro Juventino Rosas, quien fue, por cierto, guanajuatense y murió de solo 26 años, es una obra maestra. Tuve la feliz oportunidad de presenciar su soberbia interpretación por la Sinfónica de San Antonio, al atinado mando del maestro Ken Masur. Como mexicano, es un sin igual orgullo saber que uno de los nuestros ha podido crear algo tan sublime. El concierto de la Sinfónica fue en Eagle Pass, Texas, una pequeña ciudad fronteriza situada a unas dos horas y media de San Antonio. Acompañamos en aquella ocasión a Rafa a que leyera en castellano el texto de Pedro y el Lobo, de Prokofiev. Al término del concierto, en el que también brilló el emocionantísimo Huapango de Moncayo, felicité a Ken Masur por su interpretación. Ante nuestra sorpresa, nos pidió permiso de regresar a casa con nosotros pues no quería esperar al autobús de la Sinfónica. Inmediatamente accedimos a traerlo. Ken es un joven director alemán, de un poco más de 30 años, hijo del gran conductor Kurt Masur y de madre japonesa. Al llegar a San Antonio nos dijo Ken que vivía en el Majestic Theater, y que ahí lo dejáramos. El Majestic es un teatro antiguo, muy elegante, donde se presenta la sinfónica. Lo que no sabíamos es que en la parte de arriba del teatro hay pisos que rentan los que quieren vivir en el centro. Según Masur, en la zona centro de San Antonio viven solamente un millar y medio de personas, lo que es innegablemente típico de Estados Unidos y que contrasta con lo que se observa en Europa y en nuestros países latinoamericanos. Mucho de la música del ucraniano Prokofiev es demasiado moderna para mi gusto, aunque Pedro y el Lobo y su Primera Sinfonía—a la que con gran tino se le conoce como “La Clásica”—son primordiales excepciones. Adjunto una referencia a un vídeo de la Clásica entre los muchos que podemos encontrar en Youtube.com, en el que el maestro Von Karajan, con la caballerosidad, presencia y distinción que siempre lo caracterizaron, en forma prodigiosa dirige a la Filarmónica de Berlín.


Mucho afecto le tengo yo a la Clásica de Prokofiev. Nunca le había prestado mucha atención, hasta que algún domingo por la mañana, en camino a mi juego de tenis, la tocaron en la estación de música clásica. Tuve la fortuna de llegar a mi destino en el momento en que recién acabada, se anunciara su título y compositor. Esa tarde conseguí una grabación en la biblioteca pública y la escuché varias veces hasta que Ani, quien la oía conmigo, dijo que era su pieza preferida de todo el repertorio clásico. ¡Momentos inolvidables son estos!


Ustedes perdonarán que el barco que tomó el que en escribir esto se entretiene casi nunca navega en línea recta. Es hora de enderezar el rumbo y regresar tema de la música clásica en anuncios y programas televisivos.


El otro anuncio que patrocinara la Ford tenía como fondo el tercer Concierto de Brandemburgo, de Juan Sebastián Bach. No me acuerdo exactamente qué coche anunciaban, pero me quedo el recuerdo de la música. Yo creo que fue la primera vez que escuché algo de los brandemburgueses, que son seis. Estos conciertos, que datan del 1721, tienen distintas instrumentaciones y diferentes solistas. Se los presentó Bach al marqués (o margrave) de Brandemburgo, y de ahí su nombre. Margrave es una palabra castellana que viene del alemán Markgraf, de Mark (frontera) y Graf (duque o conde). En la foto se muestra la Puerta de Brandemburgo, que no se encuentra en la ciudad que dio nombre a los seis conciertos de Juan Sebastián, sino en Berlín. La puerta tiene seis columnas dóricas y está gallardamente coronada por una carroza de la que tiran cuatro regios caballos y que va capitaneada por la diosa Victoria. En tiempos antiguos a los transeúntes se les permitía circular solamente por entre las columnas laterales.


Sorpresivo fue hace unos cuantos años el oír por radio el anuncio del estreno del Séptimo Concierto de Brandemburgo. Anunció el afable y enigmático locutor que en cuestión de minutos la Orquesta de Cámara Metamorphosen interpretaría tal concierto desde el Conservatorio de Nueva Inglaterra. Veloces a mi mente acudieron locuaces especulaciones sobre el origen de tal concierto. Imaginé que seguramente algún historiador habría encontrado en algún rincón polvoriento o desván desvencijado—como en el que según Cri Cri había alguna muñeca fea o del que escapando bajaban cuesta abajo las canicas—los manuscritos estropeados con la partitura olvidada de otro magnífico concierto. Intuí que en cualquiera ciudad en donde tal descubrimiento hubiese tenido lugar nunca sus habitantes habrían conocido las humedades de mi querida Córdoba, que alimentadas por los descomunales aguaceros y persistentes nortes que tanto añoro, hubieran obliterado sin piedad cualquier papel, sin importar en lo más mínimo que tal documento albergara un histórico concierto. Ninguna otra explicación me pareció plausible.

Antes de aclarar el misterio de los orígenes del nuevo koncerto brandemburgués, quisiera comentar que por fin entendí el significado de la frase que con indescriptible gracia y floritura Cri Cri usó para describir la desordenada marcha de las canicas: “Por la escalera tutiplén, van las canicas en tropel”. De pequeño imaginé que la palabra tutiplén era algún adjetivo que con obscuro significado calificaba a la escalera. Me preguntaba si la escalera de mi casa en Córdoba, en la que muchas veces corrieron pelotas en tropel, con sus veintidós escalones, algunos curvos y otros angostos, y con un anchuroso descanso a seis escalones del final, sería un apropiado ejemplo de las del estilo tutiplén. Lo que más tarde averigüé es, que si caso le hacemos a la Real Academia, tal voz es “una forma viciosa del latín totus, todo, y plenus, lleno. ¡Sorpresas gratas son las producidas por la ignorancia! Estoy casi seguro que la palabra tutiplén, que nunca he escuchado más que cuando la entona el maestro Gabilondo, no describe a la escalera sino a las alocadas canicas, pues eran éstas, si mal no recuerdo, ¡diez y veinte y treinta y cuarenta y más de cien!


En el busto de Cri Cri, que altivo se yergue en la siempre sombreada, acogedora y tan evocadora Alameda orizabeña, destacan saltarinas varias notas musicales—creo que las del Chorrito. Aparte de la casa cuyo amable portón se abre de la mano de mi hermano Tino o la encantadora Lucina, de la que en la cercanía del histórico centro orizabeño habitan los queridos señores Alejandro y Marichú Youshimatz, y de los numerosos templos de fachadas señoriales y relumbrantes cúpulas, la digna Alameda, eternamente cobijada por el fastuoso Cerro del Borrego, es sin duda uno de mis rincones preferidos de la bella Pluviosilla. El recorrer sus caminos adornados por gastados adoquines, augustas estatuas y cansadas bancas bajo la paternal sombra de sus hercúleos árboles siempre me brinda una singular satisfacción.


Es hora de orientar el timón del barco de las sorpresas musicales para aclarar lo del estreno del Séptimo Concierto de Brandemburgo. Después de unos interminables minutos donde el único paliativo para mi ansiedad por comprobar mi teoría del manuscrito olvidado fue el escuchar alguna pieza clásica que ya no recuerdo, el siempre entretenido comentarista anunció que el Séptimo Concierto de la serie había sido escrito no por Bach, sino por el profesor Noam Elkies, ¡quien enseña matemáticas en Harvard! El número siete fue interpretado esa tarde después de los seis de Bach. Explica el profesor Elkies en su página de internet (en la que se pueden oír los tres movimientos del concerto—que nunca fue su intento el emular a Bach, sino que sólo trató de escribir en el estilo del maestro germano. Dice el maestro que su propósito era conversar en el idioma del genio de Eisenach. A mi modo de ver, Elkies compuso una obra maestra. Se puede decir que aprendió a hablar en bachiano en forma magistral. Así se lo comuniqué en una conversación que tuvimos por medio de la computadora. Lo animé a que escribiera el octavo. Agradecido replicó que el esfuerzo que le llevó acabar el séptimo fue casi sobrehumano y que dudaba mucho que algún día se aventurara a completar un nuevo gran concierto.


Antes de cerrar esta crónica quisiera agregar que no he terminado de narrar todas las sorpresas que por muchos años me ha producido la música clásica. Me falta describir, entre otras anécdotas, la forma en que se han usado en la televisión la Marcha de las Ruinas de Atenas, una de las Oberturas Leonora de Beethoven, otro de los conciertos de Brandemburgo, así como la Sinfonía 29 de Mozart. Interesante parece que muchos de los televidentes parecen creer que la música fue compuesta especialmente para la televisión. Sorprendente seguramente les parecerá a tales personas, que frecuentemente dicen no entender ni apreciar la música clásica, el enterarse que las piezas que cotidianamente escuchan al seguir una novela o al presenciar un anuncio forman parte del canon de la música fina.