Los Tesoros del Sabio

En una noche de interminables aguaceros en la que, con fuerza inusitada, una torrencial lluvia azotaba las ventanas de su habitación, el matrimonio formado por Joserra y Graciela sostenía una conversación que rápidamente cambió de la superficialidad a lo profundo. Dejaron de entretenerse contando los segundos entre rayo y rayo e intentar adivinar, fallidamente, qué tan cerca caería la siguiente centella que según los griegos, el despiadado Zeus lanzaría sobre los mortales.

–¿Y después de tantos años de casados, Graciela, qué tesoros hemos acumulado? –preguntó Joserra.

–Vaya que fue este un cambio repentino de nuestra conversación. ¿Hablas del negocio? ¿Qué quieres que te diga? Que me has hecho muy feliz por ser tan emprendedor y exitoso. Vaya que tuviste éxito.

–Ha sido muy grata experiencia, pero no hablo de ese tesoro que es tan indispensable como mundano.

–¿Los cinco hijos que Dios nos dio?

–En ellos pensaba. Cada uno de ellos es un gran tesoro, y lo seguirán siendo mientras que por este mundo deambulemos. Son tesoros que, cual el más fino diamante, tienen muchas facetas. Nos han llenado el corazón de recuerdos, gozos e infinitas satisfacciones desde su más tierna infancia. ¡Y pensar que ya todos están casados y empiezan sus familias!

–Aunque no por ello dejaremos de ser todos familia. Ya ves que hay quien así lo cree. ¿Y, cómo no recordar el muy bendecido momento en que nacieron?

–Claro. Y parece que estoy viendo sus gateos y guiando sus primeros pasos.

–¿Y el primer día de escuela? A las niñas les fue muy bien, pero a Sergio y a Leo, no tanto. No pararon de llorar toda la mañana. ¡Compadezco a sus pobres maestras! –exclamó Graciela, esbozando una amplia sonrisa.

–No olvidemos los festivales en la primaria, en los que todos los padres de familia se aburrían esperando solamente el número en que salieran sus hijos –contestó Joserra.

–Muy cierto, ¡Empezando por ti! –rió Graciela.

–Culpable me confieso. ¿Y sus preciosas bodas?

–Cinco bodas, aunque tú ya ni te acuerdas de los años en que las celebramos.

Joserra meditó por unos momentos y ofreció una sonrisa indicando que se daba por vencido. Nunca fue bueno para las fechas.

–Pero Dios es grande, Graciela, pues las alegrías se nos siguen dando –afirmó Joserra, entusiasmado–. Cada una de sus visitas y de sus pláticas con nosotros, cada exquisita comida que tú preparas y que a todos les recuerdan de cómo nuestra mesa estaba siempre repleta de exquisitas sopas, caldos, guisados y ricos postres que con tan buena mano preparabas. También mencionaré, mis carnes asadas que, de vez en cuando, sigo haciendo en el viejo asador de toda la vida que Leo nos armó. Todo fue y sigue siendo ocasión celebratoria.

–Disfruto muchísimo cuando escucho los elogios de hijos acerca de mi cocina. Me encantó que Amy me dijera que mi caldo de chayote le hizo pensar por un momento que otra vez tenía seis años.

–Todos nos asombramos de que estando tan ocupada, te diera tiempo para atendernos y que nos hicieras todos los días comida que, muy a tu estilo, es hoy tan significativa y trae a todos tan evocadores pensamientos –dijo Joserra, en forma por demás sincera.

–Mira, Joserra, eso es lo que yo atesoro: los momentos con los que nadie puede negar que fuimos una muy bonita familia, y que lo seguimos siendo. Pero ya ves que hay quien no cree en ese concepto.

Los surcos en la asoleada frente de Joserra se hicieron más pronunciados.

–¿Qué te pasa, Amorcito? –preguntó Graciela.

–Ya lo sabes, Graciela. Me duele que parte de nuestro tesoro sea tan inaccesible como lo es la blanquísima cima del Pico de Orizaba. A pesar de tener a esta majestuosa montaña a solo un paso, no hay nadie en la apacible Pluviosilla que pueda llegar a esas nevadas cumbres. Y así estamos con Leo. ¡Qué difícil es tener a un hijo a tan pocos minutos de la casa y no poderlo ver! Mi compungido corazón ansía poderlo abrazar, contar a mis nietos los mismos cuentos que tanto le fascinaban a Leo, y cargar a esos chiquitines que adoro en mis rodillas para ver de cerca sus sonrisas.

»Muchos años y muchas noches fueron aquellas en que iba de una habitación de nuestros hijos a la otra, a contarles sus cuentos. ¡A veces me quedaba dormido mientras se los contaba! ¡Qué días! ¡Bien decía mi abuelo don Francisco María que la palabra Saudade, en portugués, es de las más bellas que existen en cualquier idioma. Describe perfectamente mis emociones al añorar aquellas épocas y mi ferviente deseo de poder platicar y abrazar a Leo.

–Joserra, Joserra. Comparto ese sentimiento de saudade. Tenemos que aprender a disfrutar de nuestros otros hijos y nietos a pesar de la puerta cerrada que desde hace tiempo nos ha mostrado Leo. Uno de mis temores es que un día nos encontremos a Leo y a los nietos y que estos no sepan ya ni quiénes somos. ¡Cuánto daría para por que esa parte de nuestro tesoro brillara como las demás!

Lastimeramente, Joserra guardó silencio, pareciendo meditar su contestación.

–¿En qué piensas? –exclamó Graciela.

–Que ante la puerta cerrada, la esperanza. Ante el desdén, una plegaria. Ante el silencio de Leo, una palabra cariñosa. Ante la terrible frustración que me invade, tu dulce compañía. Ante su olvido, mil recuerdos. Ante su negación, nuestro amor ilimitado hacia él. Ante la ingratitud, nuestro eterno agradecimiento por su vida. Ante su distancia, tu cercanía. Ante un abismo que parece insondable, tu inquebrantable fe. Ante la saudade, las gratas noticias de que se encuentra bien, y ante estas noticias, nuestro regocijo. Ante las albas nieves de la cumbre que parece inescalable, la seguridad de que algún día nuestro invencible cariño podrá derretirlas.

–¡Qué cosas tan poéticas se te ocurren siempre, Joserra! ¡Digno nieto de tu abuelo! Pero con todo eso, ¿Me estás diciendo que ya tienes la solución? –preguntó Graciela, dudando de cómo interpretar la respuesta de su querido esposo.

–Para nada, mujer. Para nada. Mi larguísima respuesta tiene que ver con cosas que nosotros podemos hacer, pero que no resolverán el problema. Nos ayudarán, creo, a sobrellevarlo. El único que puede hacernos salir de esta situación es precisamente Leo. De él depende todo.

–Pues a seguir queriéndolo a él y a sus chiquitos igual que siempre e igual que a los demás –exclamó Graciela, convencida.

–Eso tenlo por descontado, Amorcito. Una cascada hace caer cantidades exorbitantes de agua, sin importarle nunca hacia dónde fluya. Con una señalada elegancia y lozanía, esa espumosa y fresquísima agua brota de la montaña con la misma fuerza día tras día, año tras año, independientemente de que algún campesino la use para riego, para formar un estanque, para darse un chapuzón en algún caluroso día, o como dulce arrullo. Tal y como el infatigable revoloteo del agua sobre las desgastadas piedras del río persiste y no cesa en su empeño de buscar el mar, así es y serán nuestro cariño y amor ilimitado para cada uno de nuestros hijos y nietos. No importará nunca qué tanto recibamos de ellos en reciprocidad.

–Muy apropiada tu analogías de la cascada y del agua en el río –contestó Graciela, con una sonrisa–. Que así sea, y que el Señor nos dé la sabiduría, paciencia, fe y confianza en su misericordia. ¡Cómo necesitamos de estas virtudes en este trance!

–Que así sea –afirmó Joserra con su mirada fija en la oscuridad de la tormenta.

Callaron por un rato al tiempo que disminuía el ímpetu de la formidable tormenta, lo que les permitió abrir las ventanas de su habitación. Tomados de la mano, y con un espíritu lleno de una brillante luz que contrastaba con la oscuridad que había imperado durante la fiera tempestad, Graciela y Joserra disfrutaron por un rato más de la frescura de la noche, del insistente cantar de algún trasnochado grillo y del intoxicante aroma de los jazmines que adornaban su exuberante jardín.