El Efecto Mozart

Estoy escuchando las sinfonías de Mozart. Hoy empecé con la 21, y gracias a milagrosos avances tecnológicos, puedo llegar hasta la 30 sin tomarme la molestia de aplastar un botón. Tengo planeado organizarlas de diez en diez, aunque el último grupo será un poco más grande pues llegará hasta la 41. De acuerdo a algunos sabios de la intrigante psicología, el oír música del gigante austriaco hace más inteligente al que tiene la fortuna de escucharla. El Efecto Mozart, así bautizado por sus entusiastas proponentes, puede afectar positivamente a niños y adultos. Aclaro decidida y terminantemente que tan afamado efecto ha resultado nulo cuando menos en mí pues lo único que ha producido han sido incontables y emotivos momentos de paz, alegría e incredulidad de pensar que un joven compositor pudiera hacer tanto y tan bueno. Hay quien dijo que su Ave Verum es una obra perfecta. No sería muy desventurado el afirmar que todas las obras de Mozart, desde las que escribió de pequeñín, fueron perfectas. Mozart, quien naciera en Salzburgo en 1754, fue niño prodigio y sabía desde su tierna infancia tocar el piano y componía piezas musicales que su padre--también talentoso creador y compositor de la famosa Sinfonía de los Juguetes--transcribía al pentagrama seguramente sin sospechar que la fama y reputación de su hijo terminarían por opacarlo.


Wolfgang tenía un nombre de pila tan extenso y variado como lo fue su tan prolífica e influyente obra musical: Juan Crisóstomo Wolfgang Amadeo Teófilo Mozart. Aunque podemos afirmar que Mozart era austriaco, en sus épocas se hubiera dicho que su natal Salzburgo fungía como capital del Arzobispado del mismo nombre y que era territorio del Sacro Imperio Romano Germánico.


El nombre Crisóstomo viene de San Juan Crisóstomo patriarca de Constantinopla quien muriera a principios del siglo quinto y quien recibiera como apodo el de “Boca de Oro” (χρυσόστομος), del griego crisos (oro) y stomos (boca). Se decía en aquellos tiempos que no había habido ni abría nunca jamás un predicador con el talento de San Juan. Comentarios parecidos se han dicho, por cierto, acerca de Mozart y su música. El patriarca Juan “El Boca de Oro”, nacido en Siria, tuvo una predilección desde pequeño por el sacerdocio y soñaba con convertirse en ermitaño y acabar sus días en el desierto. Por consejos de su madre, Antusa, quien por cierto fuera también canonizada, Juan recibió clases de oratoria de los mejores predicadores antioqueños. Aunque siguiendo sus sueños se marchó al desierto sirio, volvió a su natal Antioquia después de seis años para ordenarse sacerdote. Sus sermones, que fueron coleccionados en trece volúmenes, han sobrevivido a nuestras épocas y dicen los que los han leído que son de belleza incomparable. San Juan Crisóstomo es patrono de los predicadores, por lo que habrá que sugerirle a mi hermano Tino, orador por excelencia, que se encomiende a él cuando prepare sus pláticas de los viernes en la señorial, imponente y siempre distinguida e histórica Catedral de San Miguel Arcángel de Orizaba.


Wolfgang es un nombre popular en tierras germánicas que significa “El Camino del Lobo”. En la mitología teutona Wolfgang era un héroe que caminaba siempre precedido por el Lobo de la Victoria. Y vaya que la música de Mozart fue victoriosa, aunque no así su vida personal, que se vio minada por la pobreza y por una triste, amargadísima e inoportuna muerte a muy temprana edad. Nunca sabremos a qué alturas hubiese llegado este lucentísimo compositor en caso de haber sobrevivido algunas docenas de años. Es impresionante, por ejemplo, comparar la naciente complejidad, belleza y profundidad de sus sinfonías jóvenes con la magnificencia de las compuestas en las postrimerías de su vida (la 40 en Sol Menor y la 41 “Júpiter”). Aprovecho para comentar que otro Wolfgang, éste de apellido Wagner, fue famoso y reconocido conductor de orquesta quien tuvo por bisabuelo a Franz Liszt y por abuelo a Richard Wagner. Wolfgang Wagner estuvo por muchos años a cargo del Festival de Bayreuth, Bavaria, que fuera fundado por su abuelo Richard para presentar sus óperas y que alcanzó tanta popularidad que había listas de espera hasta de una década para conseguir entradas. Wolfgang, pronunciado y notorio nazi y simpatizador de Hitler, fue favorecido por el Führer durante su vida artística.


Amadeo viene del latín y significa “El que ama a Dios”. Su ortografía es muy parecida en muchos otros idiomas, aunque no así su pronunciación, por la cual no respondo en idiomas que no conozco o aquéllos que comprendo que son muy difíciles para mí como el francés y el gallego-portugués. Así, tenemos como variantes de este agradable, revelador y significativo nombre, las siguientes: Amadeu (portugués, catalán, corso, y gallego), Amadeus (holandés, finlandés, inglés, latín, checo y danés), Amadéu (asturiano), Amédée (con dos acentos cuya función resulta incomprensible para el hispanoparlante que como yo, no se ha tomado la molestia de aprender las reglas ortográficas más elementales del idioma galo), Amadeusz (húngaro), Amedeu (rumano) , Amadėjus (lituano) y Amedèu (sardo). El 30 de marzo se celebra la fiesta del Beato Amadeo IX, Duque de Saboya, quien muriera en 1472 y fuera extremadamente generoso con los pobres. El pintoresco y siempre vistoso Ducado de Saboya, enclavado a ambos lados de la frontera que divide a Italia de Francia, fue por cierto también parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Su bandera era una cruz blanca plasmada sobre un fondo rojo.

De los cinco nombres de pila del gran músico austriaco autor de tan portentosas y variadas obras, el más común en nuestro querido castellano es indudablemente Juan. Este bíblico nombre llega al castellano después de una larga procesión que empezó en el hebreo (Yohannan, Fiel a Dios). De su hebraica cuna pasó al griego y al latín (Ioannes) y eventualmente hizo su llegada al castellano. Algunas muy interesantes variantes del nombre son Giovanni (aunque nos cuesta trabajo pensar en el queridísimo Juan XXIII como Giovanni), Jean (francés), Xuan, Huan, Chuan, Xoán, João, Joan y Ion (asturiano, extremeño, aragonés, gallego, portugués, catalán y rumano, respectivamente). Es interesante el percatarse que la pronunciaciones gallega y portuguesa son equivalentes aunque la ortografía difiera en forma considerable. Las variantes de Juan en el vascuence incluyen Jon, Yon, Ion y Joanes. Iván es su equivalente en idiomas eslavos como el bosnio, búlgaro, ruso y ucraniano. En serbio se escribe Jovan y en siciliano Guivanni. En inglés es John pero también Jack. En turco se escribe Yahya o Jan. En húngaro es János. En el desatendido esperanto se escribe Johano, mientras que en holandés es Jan, Johan y Johannes. Ésta última es también la ortografía alemana, donde también existen Hans y Johann. En castellano su patronímico son Ibáñez, Yáñez (Hijo de Iván) y todas sus curiosas variaciones. No solo es Juan un popular como nombre papal, sino que también lo han llevado varios santos. Desfilan por la mente en primer lugar el Bautista, venerado desde sus épocas no sólo por los cristianos sino también por los musulmanes y quien fuera hijo de Zacarías e Isabel. Los católicos celebramos su santo el 24 de junio, seis meses antes de Navidad, ya que los evangelios mencionan que Isabel tenía seis meses de embarazo cuando el ángel le anunció que María sería madre del Mesías. Los islámicos afirman también que Juan (Yahya) es también hijo de Zacarías y que nació de forma milagrosa. San Juan el Bautista, según Jesús, era el más grande de los hombres. Otro magno hombre de la Biblia es San Juan, autor de los elegantes y poéticos evangelios que llevan su nombre, además del Apocalipsis y sus epístolas. Su fiesta se celebra en diciembre y sus buenas nuevas poseen un distintivo y peculiar estilo muy apartado del que usaran los otros evangelistas. Otro destacadísimo santo que llevara el nombre que en hebreo se decía Yohannan fue San Juan de la Cruz, quien, como Santa Teresa, era originario de Ávila y quien con ella fundo la orden de los Carmelitas Descalzos. El abulense fue declarado patrono de los poetas de la lengua española en 1952. San Juan Nepomuceno, San Juan Capistrano, Santa Juana de Arco, San Juan de Sahagún (leonés y cuyo lugar de procedencia nos recordará con especial y duradero afecto al Químico Guillermo Sahagún, amigo de verdad), San Juan Bautista de la Salle (venerado por los que tuvimos la fortuna de emprender las primeras letras en escuelas de su orden) portaron también el nombre del bautista.

Teófilo fue el quinto de los nombres de la gloria de Salzburgo. Quiero especular que no contentos con afirmar que su hijo “amaba a Dios” en latín, sus padres quisieron también esto fuese proclamado en griego. Ignoro si Leopoldo y Ana María, los padres de Wolfgang, hayan escogido sus nombres sencillamente porque sonaban bien o por ser creyentes católicos. Quizá el recién nacido habría tenido familiares con tales nombres. Quiero pensar que tal coincidencia no fue fortuita, pero no podría afirmarlo categóricamente. El significativo nombre de Teófilo fue otorgado a otro gigante, aunque éste último no musical sino celestial. Se trata de un titánico cráter lunar, de unos 100 kilómetros de ancho y con paredes de más de tres mil metros de altura.

Es evidente que el ya señalado Efecto Mozart no ha acrecentado mi inteligencia, pero ciertamente sí ha servido incitado y satisfecho mi curiosidad. No dudo de que sus controvertibles efectos serán discutidos muchos expertos, quizás hasta que algún instruido, culto y acreditado erudito investigue los efectos de otras luminarias de la música como el ya mencionado Wagner, el admirable y extraordinariamente asombroso y excelso Beethoven, o inclusive hasta todo un género musical como lo son nuestra incomparable e inmortal zarzuela, el italianísimo Bel Canto, o el siempre solemne, apacible, majestuoso y evocador barroco.