En Defensa de Nuestra Reputación en la Vía Aurelia


La reputación, honor, e historia de la familia pendían precariamente de un estrechísimo y frágil hilo. Salíamos de la Casa Bonus Pastor, a unos pasos del Vaticano, donde nos hospedamos, y que más que un monasterio a mí desde el primer momento me dio la grata impresión de semejar un hotel de lujo. La Casa está en la antiquísima Vía Aurelia, a unos cuantos pasos de la vetusta, impenetrable, enigmática Muralla Vaticana, que siempre añosa y engalanada por centenarios ladrillos celosa cobija los inconmensurables y portentosos tesoros así como los incognoscibles y arcaicos secretos, milenarios e inescrutables misterios, ennoblecidas y a veces enmohecidas leyendas y los acentuadamente enmarañados entresijos de la Santa Sede. Hoy parece mentira que hayamos recorrido algunos tramos del orgulloso camino que desde hace más de dos mil años ya comunicaba a la inmortal, imperial y solemnísima Roma con la hoy celebérrima Pisa, y que en el apogeo del Imperio, había crecido hasta permitir tanto al emprendedor y venturoso viajero como al valeroso, esclarecido y siempre correcto soldado romano iniciar una jornada que le transportaría, llevado por otras sólidas y duraderas vías producto de inigualable y sublime agudeza arquitectónica, hasta el norte de la Galia e inclusive a la antigua Gades, ciudad esta última que eventualmente trocara su tan proverbial nombre a nuestro más conocido Cádiz. Interesante y apasionante me parece el dejar que la mente viaje en el tiempo para visitar a los soldados, centuriones, e ingenieros que de la Ciudad Eterna viajaron a la península ibérica para darnos su cultura y una versión de su idioma que luego portentosamente se extendiera por todo el mundo.


La red viaria de los romanos es digna de estudio, honra, y marcada admiración. Tenía más de 120 mil kilómetros e incluía formidables puentes, algunos de los cuales hoy podemos todavía pisar. Entre estas notables carreras estaban la ejemplar Vía Appia, que llegaba hasta Tarento (así llamada por los griegos que la fundaron en honor a Taras, hijo de Poseidón y de una ninfa de la región) y Brindisi (que en el talón de la bota itálica luce una añejísima columna que marca el final de la Vía); la Aemilia, que encaminaba al peregrino hasta la placentera Piacenza y la de célticas raíces y magnífica catedral, Milán; la Domitiana, que entroncaba con el idílico y evocador Nápoles; y por supuesto, la estimabilísima Aurelia que nos ocupa, en donde siglos después de la estrepitosa y notable caída del Imperio nos encontrábamos dispuestos a emprender otra giornatta en la milenaria urbe que alguna vez fuese regida por sus imperecederos césares.


Para iniciar esa soleada y apacible mañana habíamos acudido al comedor de la Casa Bonus Pastor para desayunar una sabrosa combinación de jugo de naranja (de dudosa procedencia pues más bien parecía provenir de la inteligente mezcla de polvos desconocidos y diversos productos químicos que de la suculenta fruta), crujientes pedazos de pan recién horneado—estos sí memorables—, yogurt, mermeladas de todos tipos y un exquisito café con leche que humeante y espumoso nos invitaba a iniciar el día. El hotel, con cuatro pisos que incluyen varias capillas, tiene al calce un campo rectangular rodeado de imperiosos árboles que cual celosos centinelas lo resguardan eternamente acompañados de impecables setos. El campo, de moderadas dimensiones, a fuerza de ser usado para practicar el fútbol ha sido despojado del césped que alguna mano laboriosa seguramente sembrara algún día ya perdido en lontananza; se encuentra unos cinco o seis metros por encima de la callecilla en donde se encuentra la puerta de la Casa. Esa calmosa mañana italiana en la que nubes parecidas a las que en mi natal Córdoba se les hubieran irremediablemente calificado de ser inequívocos presagios del arribo de un refrescante aguacero estaba marcada por la incesante y armoniosa algarabía de muchachillos que jugaban al balompié. No habíamos dado ni quince pasos cuando una pelota rodó aturdida desde la cancha hasta mis pies. Los chiquillos, esperanzados en evitar tener que bajar de la cancha hasta la calle y recorrer los diez metros que nos separaban, me exhortaban a que les hiciera llegar su balón con entusiastas gritos, “Il pallone, per favore, signore”.


Comprendí en esos momentos que nuestro honor dependía de la importantísima decisión que habría que tomar. En cuestión de solo unos pocos instantes enumeré las alternativas. Podría suplicarles a mis hijos que llevaran la ansiada pelota a los niños. Podríamos también fingir que al ir de prisa no podíamos retardarnos persiguiendo balones perdidos. Quizá, pensé, debería tomarla con las manos, caminar la distancia que nos separaba de la calle hasta la cancha y arrojársela a los pequeños. Me percaté en ese momento de que llevaba puestos un par de zapatos tenis que, por cierto, sirvieron de fieles compañeros en nuestras inexorables caminatas. Decidí que el único acto de carácter honorable sería intentar patear la pelota hacia la cancha.


Cual antiguo decurión levanté la pelota y con trepidante espanto y enfática consternación comprobé que el tiro sería difícil. El balón debería tener la altura adecuada para poder esquivar las traicioneras, inoportunas e improcedentes ramas que imprudentes afloraban de los estrictos y juiciosos troncos que generosos les daban vida y sustento. Los rigurosos e inconmovibles setos, cuya irreprochable e inmaculada geometría admirara unos minutos antes, parecían ahora presentarme un obstáculo más ominoso, fatídico y funesto que si se hubiera construido en su lugar la mismísima mura leonine, la magnífica, fastuosa muralla que el papá León IV erigiera a mediados del siglo IX.


Valeroso, asumí la posición de despeje consiguiendo que los chavales me animaran con alaridos y exclamaciones más propias del inolvidable Coliseo que de la reverenda Casa Bonus Pastor. Los clamores no fueron capaces de impedirme el rememorar las hazañas logradas por mi papá cuando en aquellas gloriosas épocas heroicamente defendía con indomeñable fiereza y dogmática enjundia los apreciadísimos colores blanquiazules de aquel Iberia añorado.


Recordaré por mucho tiempo los aplausos que como resultado de mi patada generosamente me otorgaron tanto los miembros de mi familia, como los futuros estrellas del calcio que la impaciencia propia de sus años esperaban su balón. Me imagino que al menos un par de aquellos críos habrán exclamado parole tales como molto bene, magnifico, o che buono.


En su trayecto de regreso al campo de juego, la polvorienta y maltratada pelota describió una prodigiosa y puntual parábola, evitó la severa y aviesa enramada, y realizando un hábil, meritorio y ventajosísimo esfuerzo, libró el perverso seto, rozándolo apenas en el último instante. No pude evitar el dar un satisfecho salto de alegría ante el tan inopinado como incontrovertible triunfo, y al elevar las manos en señal de victoria, fui premiado por una nueva ronda de vehementes y calurosas palmas. Los rapaces regresaron a su partida, pero estaba claro que el honor de la familia y de todo el país que orgullosamente representaba ante los pequeños gladiadores romanos había quedado intacto con aquella tan feliz y afortunada patada.


Junio 24, 2012